No te enamores

Por @hojaenblanco1

(Este artículo fue publicado el 20 de abril de 2015 por Isaac Belmar, escritor, en su web Hoja en Blanco)

Es posible que ésta sea una buena recomendación en general, no lo sé, pero creo que sí lo es para la escritura. El auto-odio es una de las fases inevitables de la creación, si no lo sufres, sospecha. A veces te vas al lado contrario de la ecuación, a veces nos enamoramos de nosotros mismos y escribimos para gustarnos y sólo para eso. Cada uno puede tener el motivo que desee para escribir, puede ser para que le adoren otros, para ganar dinero o por alguna de las razones verdaderas que la mayoría calla. La cuestión para mí es que escribir para gustarnos y vivir enamorados de lo que hacemos, lleva a una mala escritura.

Los que escriben sufren una especie de bipolaridad donde manía y depresión se pueden dar a la vez, se montan, se mezclan y discuten. Sospecho que todos los que escriben piensan en secreto que lo hacen mejor que los demás y, los buenos, además, viven hundidos hasta las rodillas en un cierto auto odio. Y sí, son dos nociones diferentes, pero pueden convivir en el mismo sitio.

Uno de los varios libros en mi mesilla de noche ahora (en realidad no tengo de eso) es Mujeres, de Bukowski. Tras bastante tiempo vuelvo a leer al viejo borracho. De toda su prosa (su poesía me gustó bastante más y no leo poesía a menudo), Mujeres creo que es lo que más me está gustando. En ella, el alter ego de Bukowski, Hank Chinaski, se encuentra varias veces con otros escritores, en lecturas de poemas o porque vienen a verle. Los intenta evitar a toda costa, pero tarde o temprano, coincide con otros que escriben. No desvelo nada si digo que Bukowski es un misántropo y éste es un extracto de uno de esos encuentros.

“Hay un problema con los escritores. Si lo que había escrito un escritor se publicaba y vendía mucho, muchos ejemplares, el escritor pensaba que era magnífico. Si lo que había un escritor se publicaba y vendía un número aceptable de ejemplares, el escritor pensaba que era magnífico. Si lo que había escrito se publicaba y vendía poco, pensaba que era magnífico. Si lo que había escrito nunca se publicaba y no tenía dinero suficiente para publicárselo él mismo, entonces pensaba que era, más que magnífico. La verdad, sin embargo, es que había muy poca magnificencia. Era prácticamente inexistente, invisible. Pero podías estar seguro de que los peores escritores eran los que más confiaban en sí mismos, los que menos dudas tenían. De cualquier manera, los escritores eran seres que había que evitar, y yo trataba de evitarlos, pero era casi imposible. Pretendían que existiera una especie de hermandad, de unidad”.

No confíes en los escritores ni en lo que has escrito. Existe un concepto útil, “El equipo Rojo”. Ese equipo rojo está formado por gente ajena a un proyecto y lo critican con el cuchillo entre los dientes, sólo se centran en lo que está mal, en las debilidades. Lo hacen y atacan al proyecto con saña, porque esa es la única manera de hacerlo mejor y más fuerte. El equipo Rojo siempre es despiadado y nunca se enamora. Pienso que en toda fase de escritura, de reescritura (lo mismo es), ha de haber una fase en la que nos vistamos de rojo e intentemos que lo que hemos hecho sangre del mismo color. No resolveremos todo, no será perfecto ni debemos hacer caso a todo lo que surja cuando seamos de ese color, pero algo sí saldrá de todo eso.

“Pero esa es la tarea de un editor”, dicen algunos, “uno no puede ser su propio crítico“. Ja, que no puedes, claro que puedes, puedes ser y debes ser tu peor crítico. El editor tiene su tarea y será intentar corregir lo que tú no ves por la ceguera inevitable y luego tirar de la obra para hacerla más a su gusto. Pero uno tiene un enorme margen de maniobra para corregirse y hacerse lo mejor que pueda, según su entendimiento del arte de escribir y las aspiraciones que tenga. Que sea doloroso, o que sea más fácil no mirar mucho es otra cosa, pero no ésta.

El amor es ciego, tópico pero verdad, por eso el amor a lo que has escrito es peligroso, y cada uno puede tener los motivos que quiera para escribir, pero no creo que enamorarse conduzca a escribir mejor.

Entre claridad y enamoramiento, la claridad. El amor siempre es confuso, termina, duele. Bastante duele escribir a veces, como para añadir sal en la herida con enamoramientos.

Y que mantenerse promiscuo permite el influjo de las cosas nuevas, permite cambiar, a lo mejor aprender, con suerte avanzar.

Para enamorarse o ser despiadado, mejor ser despiadado con la escritura, no conformarse, no esculpir un ídolo y ponerte a adorarlo. Con ese poco de suerte (que ya es mucho decir que aparezca) a lo mejor la escritura lo acaba agradeciendo.

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