El cuento de la criada

El cuento de la criada. Margaret Atwood. Traducción de Elsa Mateo Blanco. Salamandra.

Por @latitaquelee 

 

A estas alturas de la película, o de la serie mejor dicho, quien más quien menos ya sabe de qué va El cuento de la criada; la distopía futurista de la escritora canadiense Margaret Atwood y que ahora la HBO ha puesto de moda al adaptarla para la televisión. Antes de empezar advertir que en 1985, cuando se publicó la obra, la autora vivía en la parte occidental del Berlín dividido durante la Guerra Fría, por lo que es fácil reconocer ciertos aspectos de ese contexto en la novela.

«Todas las noches, cuando me voy a dormir, pienso: Mañana por la mañana me despertaré en mi propia casa y las cosas volverán a ser como antes. Esta mañana tampoco ha ocurrido».

Es la voz de Defred —Offred en la versión inglesa—, que nos detalla sus austeros y previsibles días en el estado totalitario de Gilead. Las cosas han cambiado mucho en los Estados Unidos: la vieja democracia liberal ha sido barrida tras un golpe de Estado perpetrado por los Hijos de Jacob Pro Tanques, un grupo totalitario de corte teocrático que ha logrado imponer sus valores puritanos y fundamentalistas a una sociedad aún conmocionada. Las mujeres —como nos estamos acostumbrando a ver—, se han llevado la peor parte. Sometidas y despersonalizadas no son más que objetos. En un mundo que se extingue por los escasos nacimientos viables, debido en parte por el maltrato continuo al medio-ambiente, la gestación es sagrada. Ese es el papel de las Criadas, mujeres reclutadas forzosamente, úteros intercambiables que se asignan a los Comandantes del régimen para perpetuar la raza.

Defred, que nunca nos revelará su nombre real, nos explica su historia recurriendo a flashbacks. Su pasado, que se difumina a golpe de monotonía, es su refugi y a él vuelve en sus muchos momentos de espera para escapar del presente. Sí, han logrado apoderarse de su cuerpo pero no de su mente. No es una auténtica creyente. Poderosa lección esta de Atwood que insiste en recordarnos lo difícil que resulta arrebatar nuestra individualidad.

Es verdad que la novela carece de una acción frenética —no olvidemos que la historia es un diario de una mujer que tiene limitada su capacidad de actuación al ámbito doméstico—, no obstante, consigue mantenerte alerta gracias a la atmósfera, casi claustrofóbica, que la autora logra recrear a través del lenguaje brutal, intenso y muy gráfico que utiliza una Defren rendida y resignada a su papel. Un ejemplo:

«Espero, lavada, cepillada, alimentada, igual que un cerdo al que se entrega como premio».

Pero pienso que el punto fuerte de la obra, está en las abundantes reflexiones que se vierten a lo largo de la novela. Atwood nos avisa: abre los ojos, no des nada por sentado, las libertades de las que disfrutas pueden desaparecer de un plumazo.

La novela nos habla de cómo los actos terroristas fueron utilizados para legitimar el levantamiento y la inmediata anulación de la Constitución Americana a favor de la nueva República de Gilead. Contra lo que cabría imaginar, el desmantelamiento de la democracia no obtuvo la resistencia esperada. Defred, al echar la vista atrás, reconoce la existencia de señales que indicaban el deterioro del sistema:

«Por supuesto, en los periódicos aparecían noticias: cadáveres en las zanjas o en el bosque, mujeres asesinadas a palos o mutiladas, mancilladas, solían decir; pero eran noticias sobre otras mujeres, y los hombres que hacían semejantes cosas eran otros hombres. Nosotras no conocíamos a ninguno de ellos. Las noticias de los periódicos nos parecían sueños o pesadillas soñadas por otros. ‘Qué horrible, decíamos, y lo era, pero sin ser verosímil’».

Es el terror como coartada para minar derechos conquistados. Por desgracia suena demasiado cerca para no escucharlo. Otro aviso importante: la unión es cuestión de vida o muerte. El régimen se alimenta del miedo, pero sobrevive si consigue que los propios ciudadanos se vigilen entre ellos. Colaboradores entusiastas, o gente decente mirando hacia otro lado, aquí Atwood, que conoció el nazismo, lo trae a colación. En Gilead son las propias mujeres las que someten a otras mujeres, no existe ninguna conciencia de clase, ni de género, ni de grupo. Haríamos bien en no sobre-estimarnos porque cualquiera de nosotros también puede ser un verdugo. Como decía la madre de Defren:

«La humanidad es muy adaptable. Es sorprendente la cantidad de cosas a las que llega a acostumbrarse la gente si existe alguna clase de compensación».

Hay más. Toques de atención sobre la manipulación de los medios y advertencias contra la intolerancia y el racismo. Es cierto que el futuro que nos plantea Atwood es aterrador, pero no se olvida de incluir algo de esperanza, sí, no olvidemos que el nazismo también fue derrotado y, aunque en el momento en que la novela se escribió el muro de Berlín aún estaba en pie, quedaban menos de cinco años para ser derruido y, sobre todo, recordemos a esos hombres y mujeres que formaron una resistencia y se jugaron sus vidas para salvar las de otros. En Gilead están; esperemos que en nuestro futuro también.

***

Margaret Atwood (Ottawa, 1939), es una de las escritoras canadienses de mayor renombre internacional. Autora prolífica, ha cultivado diversos géneros literarios y su obra ha sido traducida a más de cuarenta idiomas. Entre sus novelas destacan, además de El cuento de la criada, que ahora presentamos con una nueva introducción de la autora, Ojo de gato, Alias Grace y Oryx y Crake, que fueron finalistas del premio Booker, un galardón que obtuvo con su décima novela, El asesino ciego. Ha recibido también el Governor General’s Award, el Premio Montale, el Premio Príncipe de Asturias de la Letras, el Premio Crystal, el Premio Nelly Sachs, el Premio Giller y el National Arts Club Literary Award. La serie televisiva de El cuento de la criada se ha estrenado en abril de 2017.

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2 thoughts on “El cuento de la criada”

  1. ¡Hola!

    Estoy de acuerdo en todos lo puntos que mencionas. A veces me pregunto si seríamos capaces de aceptar un nuevo régimen totalitario como el que describe Margaret Atwood en este libro. Cualquiera diría que por supuesto que no. Pero la masa no es la suma de los pensamientos de los individuos.

    Hay frases que realmente me vuelven loco porque veo nuestra sociedad reflejada: “Ya estábamos perdiendo el gusto por la libertad, nos parecía que estas paredes eran seguras”.

    Y hay muchísimos más temas para debatir. Sin duda, creo que es una obra de lectura obligatoria.

    1. Gracias Francisco por pasar y comentar. Desde luego se trata de uno de aquellos libros “etiquetados” como distopía y en realidad no lo son sino que reflejan lo que ya está sucediendo actualmente. Esperemos que nuestra sociedad realice el vuelco que necesita no esté todo perdido. Saludos cordiales,

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