El último encuentro

El último encuentro. Sándor Márai. Traducción de Judit Xantus Szarvas. Salamandra.

Por Liliana Souza.

Cada lector sabe lo que comprende de un libro. Sabe, la dimensión privada, el estremecimiento de reconocerse cuando el relato estalla y se astilla una y otra vez. Sabe, cuando un personaje, cualquiera, resulta un campo de prueba, ensayo y error. Sándor Márai, sabe y escribe:

«uno siempre teme tanta felicidad ordenada»,

y su palabra es voluntad. Y la voluntad es el acto que la recrea. Al menos, sucede en El último encuentro.

Nombro a Sándor Márai, y nombro al húngaro nacido el 11 de abril de 1900. El que abandonó definitivamente su país en 1948 con el arribo del régimen comunista. El que emigró a Estados Unidos, tramitando allí, esa nacionalidad. El que compró un arma para suicidarse el 22 de febrero de 1989, en San Diego, California, a cuatro años de la muerte de su esposa, y a pocos meses antes de la caída del muro de Berlín.

Nombro al escritor que labró un gran prestigio por la claridad y precisión de su prosa, absolutamente realista. Pero, que también escribió poesía, teatro, ensayo. Y múltiples artículos periodísticos. El que produjo un pequeño sismo en los círculos literarios y ese temblor fue extendiéndose hasta nuestros días.

Entre sus libros, traducidos a numerosos idiomas, son de lectura imprescindible: Divorcio en Buda, La herencia de Eszter, La hermana, ¡Tierra, tierra! y El último encuentro, que da origen al escrito.

Esta novela, a pesar de ser narrada en presente, como una máquina del tiempo que inicia su acción para transportarnos, hace continuos guiños al pasado. Cuarenta y uno años, y cuarenta y tres días atrás, ocurre un hecho que instala la espera, angustiante por cierto. Con esmero, se desdibujan las huellas de lo que alguna vez fue hermoso y anhelado. Una especie de exorcismo que se percibe liberador, que conjura contra el amor que hiere, y cómo. Porque de amor se habla, del amor en sus diversas formas. Sándor Márai es un maestro, que dice poco, lo justo, en el momento preciso. Hay algo en su escritura, que exhibe la impronta de un bordado íntimo.

« … Uno envejece poco a poco, primero envejece su gusto por la vida, por los demás, ya sabes, todo se vuelve tan real, tan conocido, tan terrible y aburridamente repetido … Eso también es la vejez. Cuando ya sabes que un vaso no es más que un vaso. Y que un hombre no es más que un hombre, un pobre desgraciado, nada más, un ser mortal, haga lo que haga … Luego envejece tu cuerpo, no todo a la vez, no, primero envejecen tus ojos, o tus piernas, o tu estómago o tu corazón. Envejecemos así, por partes. Más tarde, de repente, empieza a envejecer el alma: porque por muy viejo y decrépito que sea ya tu cuerpo, tu alma sigue rebosante de deseos y de recuerdos, busca y se exalta, desea el placer. Cuando se acaba el deseo de placer, ya sólo quedan los recuerdos, las vanidades, y entonces sí que envejece uno, fatal y definitivamente. Un día te despiertas y te frotas los ojos, y ya no sabes para qué te has despertado. Lo que el nuevo día te traiga, ya lo conoces de antemano: la primavera, el invierno, los paisajes, el clima, el orden de la vida. Ya no puede ocurrirte nada imprevisto: no te sorprende ni lo inesperado, ni lo inusual, ni siquiera lo horrendo, porque ya conoces todas las posibilidades, ya lo tienes todo visto y calculado, ya no esperas nada, ni lo bueno, ni lo malo … y esto precisamente es la vejez. Todavía hay algo vivo en tu corazón, un recuerdo, algún objetivo vital poco definido, te gustaría volver a ver a alguien, te gustaría decir algo, enterarte de algo, y sabes que llegará el día en que ya no tendrá tanta importancia para ti saber la verdad, ni responder a la verdad, como creíste durante las décadas de espera. Uno acepta el mundo, poco a poco, y muere. Comprende la maravilla y la razón de las acciones humanas. El lenguaje simbólico del inconsciente … porque las personas se comunican por símbolos, ¿te has dado cuenta? Como si hablaran un idioma extraño, chino o algo así, cuando hablan de cosas importantes, como si hablaran un idioma que luego hay que traducir el idioma de la realidad. No saben nada de sí mismas. Sólo hablan de sus deseos …»

Hay ciclos, cada época construye un estilo con retazos de otros tiempos y con innovaciones propias. Dos hombres mayores, que de jóvenes habían sido amigos inseparables, se citan a cenar. No tienen mayor proyección que su potencial evocativo. Son incompletos, extraños, insignificantes semillas que contienen en su interior el germen de la duda y el horror, en igual medida. Dos hombres mayores, que diseccionan el presente, analizan el pasado y piensan las alternativas de lo que vendrá. Y lo que vendrá, será la muerte.

«Uno siempre responde con su vida entera a las preguntas más importantes. Uno acepta el mundo, poco a poco, y muere».

Cada lector sabe lo que comprende de un libro. Sabe, que algunos le permiten respirar y otros lo asfixian. Sabe, que la literatura lo lleva a tensar su realidad. El último encuentro es un interrogante y una confesión. Un sitio donde la vida se devela. Es el país de las últimas cosas, para que todo sea, como nunca fue.

***

Liliana Souza nació en 1958,  en Avellaneda. Actualmente reside en Don Bosco, Quilmes, Pcia. Buenos Aires, Argentina y donde coordina un Taller Literario.

Como poeta obtuvo 19 primeros premios nacionales,  y  reconocimientos en España y EE.UU.

Sus trabajos se incluyen en antologías, diarios, revistas y sitios web. También en libros publicados en Méjico y España.

Difundió poesía editando los espacios “Quilmespoesía”,  “poemás”  y  “poemás o menos”,  con el auspicio de la Universidad Nacional de Quilmes y Biblioteca Pública José Manuel Estrada.

Colabora con Agenda del Sur, Diga 33,  Paloma y La palabra que sana,  escribiendo artículos sobre literatura.

En 2010 publicó “esa otra forma”.

En 2012 “cuarto de costura”.

En 2015 “la doliente”.

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2 thoughts on “El último encuentro”

  1. Fue el primer libro que leí de Märai y quedé enganchada a su narración.
    Tremenda la reflexión sobre la amistad y la condición humana.
    También recomendable “La mujer justa”
    Un abrazo

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