4 3 2 1

4 3 2 1. Paul Auster. Traducción de Benito Gómez Ibáñez. Seix Barral.

Por José Manuel López Marañón

«Hay quien escribe para agradar a la gente; para emocionar, para asustar… Yo no tengo opción. Los artistas trabajan para sí mismos».

Siete años desde su última novela y cuatro desde el último libro eran bastantes para que los austerianos de todo el mundo, al leer esa frase premonitoria del dios Paul, nos frotáramos las manos ante la llegada de 4 3 2 1.

Y la espera ha resultado ser una decepción.

Auster es consciente de haber llegado a los 70 años con varias obras importantes en su haber. Gustando tanto a lectores como a crítica, es muy libre de escribir «para sí mismo», pero también debería tener en cuenta que por ese ególatra camino lo que se suele conquistar es el más rotundo bostezo de sus lectores, por muy fieles que éstos sean. Lejana su época de esplendor (1989-1992) en la que dio sus tres principales obras (El palacio de la luna, La música del azar y Leviatán), la redacción de 4 3 2 1 comenzó en 2013 y terminó en 2016. El libro, de casi 1.000 páginas, ha sido parido, como es su costumbre, en máquina de escribir.

Tanto Invisible (2009) como Sunset Park (2010) aportaban poco al universo creativo del autor. Invisible, tras una buena primera parte (el asesinato del chico negro durante el apagón, la estancia en París) perdía bastante, convirtiéndose en una novela forzada. Auster andaba más inspirado en Sunset park, aunque también empezaba muy fuerte para terminar ofreciendo menos de lo deseado (temas tan queridos para él como la relación paterno filial y la juventud perdida ya empezaban a cansar). Dos libritos autobiográficos, Diario de invierno (2012) e Informe del interior (2013), cajones de sastre donde se rememoraban instantes cruciales de una vida como la infancia y los viajes, que se leían bien y servían para mantener el interés de sus devotos, «telonean» a este monumental tocho que muchos tendrán ahora en sus manos y al que no sabrán por dónde meterle el diente (como me ha pasado a mí con él, y ahora con esta reseña).

Resulta obvio que la pretensión austeriana ha sido convertir 4 3 2 1 en una summa, en una enciclopedia no sólo del archivo temático de su narrativa precedente, sino también de sus elementos formales, para con todo ello tratar de construir una «epopeya del yo». Desdoblado en cuatro fergusons, en esta novela de formación y de relevo de generaciones, su personaje central –Archie Isaac Ferguson– comparte cronología y geografía con el autor (además de las películas y los libros citados, que son los mismos que marcaron a Auster). La línea entre autobiografía y ficción resulta difusa –y confusa–, y a ello colabora el inapropiado empleo de la tercera persona (en otro ambicioso proyecto narrativo que comparte no pocas semejanzas con este, el noruego Karl Ove Knausgard, en los 6 tomos que conforman Mi lucha, no se anda con rodeos y usa la primera persona resultando más nítido y contundente).

Con un inicio que recuerda al de Llámalo sueño, la obra maestra de Henry Roth (y, para mí, La Gran Novela Norteamericana), el abuelo del protagonista llega a la Isla de Ellis en 1900, procedente de Bielorrusia. Es judío y poco tarda en morir en un atraco, quedando la madre, Fanny, al cargo de los hijos del matrimonio: Lew, Arnold y Stanley. Stanley, tras un rápido noviazgo con la bella Rose Adler se instalará en Newark, donde nace Archie Ferguson el 3 de marzo de 1947. Con decenas de historias que se cruzan, con centenares de personajes que entran y salen durante el período que abarca el tronco de la narración (1947-1971), todo pivotará, sin embargo, en torno a Archie y sus posibles vidas.

Su más vieja obsesión narrativa, el azar (al que Auster prefiere referirse como «lo inesperado») vuelve a resultar fundamental en esta última obra, presentada al modo de un juego metaliterario: las cuatro posibilidades vitales de su protagonista tomando como pilares acontecimientos trascendentales que las dirigirán hacia uno u otro destino (desde la muerte por un incendio doméstico de Ferguson 1 a los logros periodísticos y literarios de Ferguson 4, que será quien redacte 4 3 2 1). Con el otro gran tema recurrente en su narrativa rodando como segundo eje –la relación entre padres e hijos– y ahondando ahora en las promiscuas relaciones sexuales (bisexuales en uno de los Archie, que, al fin y al cabo, estamos en los 60), Auster nos presenta a un protagonista que –según ha declarado– no es él:

«He tomado de mi propia vida los sitios y la época. También lo que se cuenta de las actividades sociales y políticas es históricamente riguroso. Incluso se toca una experiencia central de mi vida. Nos pilló una gran tormenta y a uno de los chicos del campamento lo mató un rayo. El muerto pude ser yo. Es algo que me ha marcado toda mi vida».

La figura paterna, Stanley Ferguson, dueño de una tienda de electrodomésticos, que sucesivamente muere carbonizado al intentar salvar su negocio de un incendio provocado, y logra evitar, en otro capítulo, ese mismo incendio prosperando hasta crear una cadena de 7 tiendas que le permitirá, a los 50 años, irse a vivir a Florida con su mujer Rose (o, en otra vida de Archie, separarse de Rose, volverse a casar y morir, al final del libro, a los 54 años jugando al tenis), resulta, una vez más, fundamental. Hijo de un padre arruinado o de uno adinerado, la situación financiera influye decisivamente en las vidas de los cuatro chicos del libro. En los momentos de desazón que muestran esas existencias, a veces su único consuelo es la madre, figura que Auster borda en la novela (un personaje que logra convencer). Rose Adler se convierte en una mujer inolvidable porque nos lleva, no a nuestras propias madres en la infancia, sino al recuerdo sentimental y distorsionado que guardamos de las madres que quizás nunca tuvimos pero que deberíamos haber tenido.

Dicho todo esto insisto en que la historia me ha parecido deshilachada, imprecisa en su construcción y que requiere, en todo momento, de la activa participación del lector (es cierto –y ello va a favor del autor– que no estamos ante uno de esos «pasapáginas» tan del gusto de quienes entran a una librería), un esforzado lector que, pronto agotado, se preguntará desorientado el porqué de su animoso interés. Auster trabaja con materiales reciclados para su nuevo proyecto. Pero en su pretensión de triturar sus fórmulas narrativas para, desde el polvo, edificar algo radicalmente nuevo, tan deslumbrante como desazonante, lo único que consigue es erigir un edificio monstruosamente grande, feo y sin encanto. Sin calcular la resistencia de sus materiales, como si fuera un descuidado arquitecto, ha logrado un desequilibrio en el que cada elemento descompensa al otro, casi lo neutraliza, lo esfuerza o niega.

Estoy convencido de que el poco acierto de su última experiencia narrativa se basa en que la novela no está atada al autor, en no destilar eso que se llama «verdad literaria»; en no saber colocarse a la altura de sus propios personajes, incluso de los que pueden parecernos abyectos. Una novela es una maquinaria que funciona en conjunto y no admite que se rompan sus resortes y se desmiembren las piezas. Auster no consigue darnos esa potente impresión suya de contradictoria vida (esta vez se ha quedado en una simple deconstrucción posmoderna), ni tampoco muestra su proverbial capacidad para convertir la memoria en desazón, porque, en el complejo juego de desequilibrios que es 4 3 2 1, la memoria acaba por ser solo una guarida en la que agazaparse, la complacencia de una legitimidad, nunca una forma de intemperie.

El ambicioso esfuerzo –también eso hay que reconocérselo a Auster– de la novela por recuperar el tiempo perdido, por repasar las injusticias, queda convertido en un respetable fracaso. Acabo con la frase de una amiga, austeriana hasta la médula: «4 3 2 1  es un puzzle de mesa con tantas piezas repetidas que resulta imposible terminarlo».

***

Paul Auster, Newark, Nueva Jersey, 3 de Febrero de 1947.

Es escritor, traductor y cineasta. Es autor de los libros Jugada de presión (1982), escrito bajo el pseudónimo Paul Benjamin; La invención de la soledad (1982); La trilogía de Nueva York (1987), compuesta por las novelas Ciudad de cristal (1985), Fantasmas (1986) y La habitación cerrada (1986); El país de las últimas cosas (1987); El Palacio de la Luna (1989); La música del azar (1990); Pista de despegue (1990); Cuento de Navidad (1990); Leviatán (1992); El cuaderno rojo (1992); Mr. Vértigo (1994); A salto de mata (1997); Tombuctú(1999); Experimentos con la verdad (2000); El libro de las ilusiones (2002); Historia de mi máquina de escribir(2002); La noche del oráculo (2003); Brooklyn Follies (2005); Viajes por el Scriptorium (2006); Un hombre en la oscuridad (2008); Invisible (2009); Sunset Park (2010) y Winter Journal (2012); y de los guiones de las películas Smoke (1995) y Blue in the Face (1995), en cuya dirección colaboró con Wayne Wang, y Lulu on the Bridge (1998) y La vida interior de Martin Frost (2007), que dirigió en solitario. Ha editado el libro de relatos Creía que mi padre era Dios (2001). Y su obra poética ha sido publicada por Seix Barral en el tomo Poesía Completa.

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