Una suerte pequeña

Una suerte pequeña. Claudia Piñero. Alfaguara.

Por Liliana Souza.

Amanece, y arrastro una noche sin dormir. Imposible detener la lectura. Hasta la página doscientos treinta y tres, la historia de María Elena, o Marilé, o Mary, resulta apasionante.

Es la vida de una mujer que después de veinte años regresa, pero la que vuelve es otra. No luce igual, hasta su voz es diferente. La que regresa, es una mujer dañada.

Para que brille en la mayor oscuridad, vuelve de la mano de Claudia Piñeiro, quien recrea aquello que está en penumbra, oculto, inconfesado. Lo hace de una manera pulida y acertada, con un realismo que aborda la confidencia, el medio tono. La que recrea, nació en Buenos Aires, en 1960. Es escritora, dramaturga, guionista. Es autora de: “Las viudas de los jueves”, Premio Clarín de Novela 2005. “Tuya”. “Elena sabe”, Premio LiBeraturpreis, 2010. “Las grietas de Jara”, Premio Sor Juana Inés de la Cruz, 2010. “Betibú”. “Un comunista en calzoncillos”. “Una suerte pequeña” es el anteúltimo trabajo, editado en mayo de 2015. Todavía conquista al público que lee a Claudia Piñeiro. Y la lee incondicionalmente, porque su prosa es ágil. Con cierta amplitud de miras y una avidez implacable para explorar. La lee, porque ella conoce el oficio, que, como cualquier ritmo vital, se debe conservar y proteger.

La protagonista siente que está privada, que le falta algo. Todo se transformó. Cambió de sentido a partir del accidente. No fue su voluntad. Sí, es responsable. Sí, es su error. El accidente, esa desgracia que ya no puede evitarse.

La protagonista cruzó la línea del horizonte. Cada punto de su piel se va destejiendo. Las manos, vacías. Sólo sombras, se escurren como arena.

« … y entonces bajo la vista y busco su nombre en el listado, el nombre que reemplaza a quien debió presentarse originalmente. Y su nombre escrito en el papel se me incrusta en el medio del estómago. Levanto otra vez la vista. Su mirada, inocente, joven, libre de culpa y cargo, clavada en la mía. Su voz, otra voz, que me pregunta si soy Mary Lohan. Y yo que no puedo responder. Ni puedo levantarme de la silla, aunque lo intento. Que no logro hacer el mínimo gesto para indicarle que sí, que lo soy, que soy Mary Lohan también para él. Porque ahí, frente a mí, en el lugar que nunca sospeché -¿por qué no allí?- está él, quien a pesar de mi falta de respuesta avanza dos o tres pasos hacia mí y me informa que es el profesor de Historia del colegio -History, dice-, que tenemos una cita para primera hora de la mañana siguiente y que quería chequear si en la lista figura su nombre o el de la Sra. Marta Galíndez a quien reemplaza desde hace un mes. Él. Después del vértigo y de la alarma, ahora lo sé. La certeza de saber quién es aunque hayan pasado más de veinte años. Y compruebo que el corazón no se detuvo porque ahora late de una manera tal que estoy convencida de que, con poco esfuerzo, él podría oírlo aun a esa distancia que nos separa. Las manos me transpiran. La lapicera con la que estaba escribiendo cuando entró a la oficina se me resbala y rueda por el piso. Él se agacha a levantarla, da unos pasos más y me la extiende mientras dice su nombre que yo ya conozco: Federico Lauría. Su mano junto a mi mano, para llevar a cabo un acto tan banal como entregarme la lapicera que se acaba de caer. Una mano que conocí, que aún hoy conozco. Su mirada en la mía. Y luego su mirada que baja y se detiene sobre mi mano. La lapicera como un puente entre los dos. Por fin levanta la vista y me dice: “Nos vemos mañana”. Otra vez mira mi mano -que ahora aferra la lapicera-, y se queda con la vista clavada allí. Parecería que el entusiasmo y la energía con los que entró en mi oficina un rato antes se le hubieran gastado y necesitara reponerlos. Permanece así un instante que no puedo calcular en segundos, tampoco en palabras. Yo me habría quedado así, sin movernos, sin decir nada. Pero al rato él agita la cabeza con suavidad, como si se despertara de un sueño o regresara de un pensamiento que lo alejó. Me saluda y se va. Mi hijo se va».

Hay ausencias. Grandes y pequeñas. Provisorias y permanentes. Pero todas, atraviesan la memoria, generan recuerdos.

Para María Elena, o Marilé, o Mary, ya no hay línea de tiempo, hay un remolino. Hay ausencias que la aturden y pueden convertirse tanto en sueño como en pesadilla, porque la que regresa es una mujer dañada. Manos vacías, sólo sombras, cruzando la línea del horizonte.

«Volví para sentir que era capaz de soltarme en el vacío, de caer para ser —al fin—libre».

Dice la protagonista de esta historia que arrebata y sorprende. Dulce, sentimental a veces, pero capaz, también, de una crueldad penetrante. Amanece, y arrastro una noche sin dormir. Imposible detener la lectura. Una vocación irrefutable que empuja al deseo: leer hasta la página final. “Una suerte pequeña”. Un libro que se atreve a los extremos. Un libro, aparentemente calmo.

***

Liliana Souza nació en 1958,  en Avellaneda. Actualmente reside en Don Bosco, Quilmes, Pcia. Buenos Aires, Argentina y donde coordina un Taller Literario.

Como poeta obtuvo 19 primeros premios nacionales,  y  reconocimientos en España y EE.UU.

Sus trabajos se incluyen en antologías, diarios, revistas y sitios web. También en libros publicados en Méjico y España.

Difundió poesía editando los espacios “Quilmespoesía”,  “poemás”  y  “poemás o menos”,  con el auspicio de la Universidad Nacional de Quilmes y Biblioteca Pública José Manuel Estrada.

Colabora con Agenda del Sur, Diga 33,  Paloma y La palabra que sana,  escribiendo artículos sobre literatura.

En 2010 publicó “esa otra forma”.

En 2012 “cuarto de costura”.

En 2015 “la doliente”.

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