Tacos altos

Tacos altos. Federico Jeanmaire. Editorial Anagrama.

Por Liliana Souza.

El lugar que se habita, el que contiene y refugia, es un mundo en sí mismo, aunque parezca pequeño. Sin lentes de aproximación, la literatura es aquello que busca mapear mientras el síntoma se repite en todas latitudes.

Suzhou, es una de las ciudades más antiguas de China, situada en la parte baja del río Yangtsé, a orillas del lago Tai. Su nombre fue oficialmente escrito por primera vez en el 589 durante la dinastía Sui. Su clima es particular, veranos calientes y húmedos e inviernos fríos y nublados con nevadas ocasionales. Pero Suzhou, es más que un sitio en el mundo, es el presente de Lin Su Nuam.

Glew, es una localidad del sur del Gran Buenos Aires, perteneciente al área de la pampa húmeda. Está constituida por llanos, carente de formaciones elevadas notorias. Posee tres zonas bien diferentes, rural, urbana y comercial. Pero Glew, es más que un sitio en el mundo, es el pasado de Lin Su Nuam.

“… también me compran zapatos. De tacos altos. Les digo que nunca pude caminar sobre esos tacos, que son imposibles. Ellos, se ríen.”

Esta anécdota da título a la novela: “tacos altos”, cuya primera edición es de marzo de 2016. Su autor, Federico Jeanmaire, nacido en Baradero, provincia de Buenos Aires, en 1957. Es licenciado en Letras. Ha escrito numerosas novelas, algunas de las cuales lo llevaron a obtener importantes premios literarios en nuestro país, como el Rojas, Emecé y Clarín. En sus textos se advierte el desarrollo, el principio y el fin, el ambiente en que suceden los eventos, las voces de hombres y mujeres que pueblan sus páginas, mientras, al mismo tiempo ocurre algo especial que se escapa y no. Lin Su Nuam, protagonista del texto que nos ocupa, tiene quince años. A esa edad, el tiempo es una cuerda extraña que une a todo, y puede medirse de diversas formas. Le cuesta el pasado, y el futuro también, confirma el autor. Creo yo, que la condena su necesidad de ritualizar la memoria.

«Aquella tarde, no vuelvo al monoblock tan rápido como Lin Jang Xian me ordena. Camino a tientas, con la cabeza repleta de dudas. Mi madre llora encerrada y mi padre pelea solo contra una multitud de hombres. Dos actitudes bien distintas, las actitudes de mis padres. ¿A cuál de los dos me parezco más cuando sea grande? Es cierto que me esfuerzo en mi lucha por aprender los infinitos tiempos verbales castellanos, las diferencias entre los plurales y los singulares, tantas cosas. Pero también es cierto que mi esfuerzo no es el mayor de los esfuerzos posibles. ¿Qué hago yo, en el futuro, si soy la dueña de un supermercado y una multitud quiere robarme? ¿Qué hago to, también en el futuro, si soy la mujer del dueño de un supermercado que una multitud quiere robar? Las preguntas parecen similares. Sin embargo, no lo son. No es lo mismo un hombre chino que una mujer china. Lo sé. lo sé de memoria. Aunque en ese momento viva en Glew y no es Suzhou. Creo que si fuera la dueña, les doy lo que me piden y más tarde, sola, lloro por mi novedosa pobreza. Si en cambio soy la mujer del dueño, creo que me levanto de la cama en donde lloro, me seco las lágrimas, salgo de mi encierro, corro hasta el supermercado y le grito a mi marido hasta que lo convenzo de que es una locura pelear contra la multitud. Y cuando llego a ese punto tan alto de mis pensamientos, me doy cuenta de algo muy importante que se me está pasando por alto: desde una actitud diametralmente opuesta, mi padre está igual de encerrado que mi madre. Se parecen. Los dos son adultos. Aquella tarde, entonces, determino que la adultez supone la incapacidad humana para salir con facilidad de un encierro cualquiera. Ahora, lejos de la plaza de Glew, aquí, frente al Gran Canal, en Suzhou, también me doy cuenta de otro asunto. En ningún momento de esa lenta caminata hasta el monoblock me pienso a mí misma con alguna posibilidad de hacer algo que cambie esta historia. No me involucro. O me pienso sin la capacidad suficiente para torcer la voluntad de los adultos o me pienso afuera, como una adulta en el futuro. Dos maneras, me da la impresión, de no ser yo misma durante aquella tarde infernal. Dos maneras que, también, ahora mismo me llenan los ojos de lágrimas».

El autor elige lo fragmentario, los cambios de foco, los saltos temporales. Planta dos escenarios y genera un interesante paralelismo, dos ciudades, dos tiempos. Y el reflejo de esa época de mudanzas.

Lin Su Nuam, sufre su identidad cruzada. Nacida en China, criada en Argentina. Reniega de la incertidumbre, de su historia de iniciación, del tránsito de niña a mujer que se materializa en esos tacos altos, imposibles. Ella escribe en su cuaderno, porque escribir es ganarle espacio a lo indecible. La muerte, no siempre puede nombrarse. Escribe sentada. En la puerta del supermercado sobre la escasa comodidad de un cajón de maderas, o a orillas del Gran Canal sobre el revés de una palangana de plástico que su abuelo no utiliza, o sobre un tronco gordo y seco observando el agua marrón del Río de la Plata. Escribe, porque no existen razones para celebrar.

El lugar que habita, el que la contiene y refugia, es un mundo en sí mismo, aunque parezca pequeño. Sin lentes de aproximación, “tacos altos”, lo es.

***

Liliana Souza nació en 1958,  en Avellaneda. Actualmente reside en Don Bosco, Quilmes, Pcia. Buenos Aires, Argentina y donde coordina un Taller Literario.

Como poeta obtuvo 19 primeros premios nacionales,  y  reconocimientos en España y EE.UU.

Sus trabajos se incluyen en antologías, diarios, revistas y sitios web. También en libros publicados en Méjico y España.

Difundió poesía editando los espacios “Quilmespoesía”,  “poemás”  y  “poemás o menos”,  con el auspicio de la Universidad Nacional de Quilmes y Biblioteca Pública José Manuel Estrada.

Colabora con Agenda del Sur, Diga 33,  Paloma y La palabra que sana,  escribiendo artículos sobre literatura.

En 2010 publicó “esa otra forma”.

En 2012 “cuarto de costura”.

En 2015 “la doliente”.

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