Lispector

Lispector

Por Liliana Souza.

Clarice y esa manera intransferible de transitar la vida, desde diciembre de 1920, desde Ucrania. Siendo aún bebé, su familia se instaló en Brasil. Estudió derecho. Una vida casi normal hasta sus 24 años, cuando con su primera novela “Cerca del corazón salvaje”, obtuvo el premio Graça Aranha.

«Soy tan misteriosa que no me entiendo»

Es tan misteriosa, que se convierte en una exquisita escritora. Una voz descarnada y singular la guía hacia un sentido de investigación y descubrimiento, siempre alerta a la caza de la matriz de las cosas. Ella es como el aire, enevolente, segura, esencial. Solitaria y bellísima. Camina con destreza la delgada línea que separa la realidad de lo que no lo es. Su escritura se basa en la obsesiva mirada, en el moderno estilo de observar. Allí es donde libera sus virtudes. Evita las metáforas y la proliferación de imágenes, para que el texto se sustente con lo interno, con lo que habita debajo de la superficie. Clarice Lispector es dueña de un pensamiento particular y de una producción frondosa. Hay en ella un tono, un sonido que creó. Un proyecto absolutamente propio. De su obra cabe destacar: “La manzana en la oscuridad”; “La pasión según G. H.”; “La legión extranjera”; “Aprendizaje o El libro de los placeres”; “Felicidad clandestina”; “Agua viva”; “Revelación de un mundo”. Aquí, una muestra:

“… vivía en una antigua pensión de la Calle Sao Clemente. Era voluminosa, y olía a gallina que llega medio cruda a la mesa. Tenía cinco dientes y la boca seca, árida. Su reputación pasada no había sido inventada: todavía hablaba francés con quien tuviera oportunidad, aun cuando la persona también hablara portugués y prefiriera no avergonzarse con la propia pronunciación. La ausencia de saliva le quitaba toda volubilidad a su voz, y le daba una contención. Había majestad y soberanía en aquel gran volumen sustentado por pies minúsculos, en la potencia de los cinco dientes, en los cabellos ralos que, escapando del rodete escaso, se agitaban a la menor brisa. Pero hubo un lunes de mañana en que ella, en vez de salir de su minúsculo cuarto, llegó de la calle. Se veía tersa y con el cuello limpio, sin olor a gallina. Dijo que había pasado el domingo en casa de su hijo, donde había pernoctado. Estaba con un vestido negro de satén ya sin brillo. En vez de ir al cuarto para cambiarse de ropa, y vestir uno de sus vestidos de algodón barato, y ser sólo una persona sola que vive en una pensión, se sentó en la sala de visitas, prologando el domingo, y dijo que la familia era la base de la sociedad. A propósito de cualquier cosa, se refirió de paso a un baño de inmersión que había tomado en la confortable bañadera de la nuera –lo que explicaba la falta de olor y el cuello sin mugre. Descolocando a los pensionistas todavía en pijama y robe, se quedó sentada horas junto al jarrón de la sala, sólo manteniendo conversaciones adecuadas con un supuesto salón invisible. A la tarde se notaba que los zapatos abotinados ya le apretaban demasiado los pies. Siguió, sin embargo, como dama en la sala de visitas, con la gran cabeza de profeta en alto. Pero, en el momento en que elogió la magnífica cena en la casa del hijo, sus ojos se cerraron con náusea. Apurada se dirigió al baño, y la oyeron vomitar, rehusó ayuda cuando le golpearon a la puerta del cuartito. A la hora de cenar, apareció y pidió sólo una taza de té: estaba con ojeras marrones, con el largo vestido de estampadito con motivos vegetales, y otra vez sin cinturón y soutien. Lo que todavía le había quedado de raro era la piel más clara. Algunos pensionistas evitaron mirarla en su derrota. No habló con nadie. Estaba inmóvil, grande, despeinada, limpia. Había sido feliz inútilmente …”

«’la antigua dama’ de ‘revelación de un mundo’»

El reino que atesora es la palabra y lucha por agregarle valor. Sus escritos se entrelazan en un espacio en el que exploran situaciones de tensión y desequilibrio. Un espacio en el que alternan estallidos y repliegues. Clarice no oculta sus dificultades, su malhumor, su impotencia. Todo lo contrario. Nos hace partícipes de ese mundo donde despliega la escritura. Ese mundo en el que cuenta verdades tan intensas que hacen doler. A partir de la década del ´60, la crítica literaria la ubica en el centro de la nueva literatura brasileña, por “la exaltación de la vivencia interior y por el salto de lo psicológico a lo metafísico”. Mientras su fama crece, ella se obliga a ir más allá de los límites que se atreve a trazar. Su obra muta, es íntima, rigurosa y de una belleza no convencional. Abarca el realismo, el naturalismo, la prosa poética, el romanticismo y el simbolismo. Deja un legado importante en novelas, además de una línea menor de relatos infantiles, poesía y pintura. Y desde luego, sus notas periodísticas, esa apertura a otro plano infinito. Un incendio destruye su dormitorio y le ocasiona quemaduras en gran parte del cuerpo. Pero es su mano derecha la más afectada, la que nunca recupera la motricidad. Fue una madrugada, en 1966. El incidente modifica su ánimo y su destino. Las cicatrices le recordarán siempre, un pasado mejor. Clarice Lispector y esa manera intransferible de transitar la vida, hasta el 9 de diciembre de 1977. Desde entonces, la envuelve una aureola de atemporalidad.

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Liliana Souza nació en 1958,  en Avellaneda. Actualmente reside en Don Bosco, Quilmes, Pcia. Buenos Aires, Argentina y donde coordina un Taller Literario.

Como poeta obtuvo 19 primeros premios nacionales,  y  reconocimientos en España y EE.UU.

Sus trabajos se incluyen en antologías, diarios, revistas y sitios web. También en libros publicados en Méjico y España.

Difundió poesía editando los espacios “Quilmespoesía”,  “poemás”  y  “poemás o menos”,  con el auspicio de la Universidad Nacional de Quilmes y Biblioteca Pública José Manuel Estrada.

Colabora con Agenda del Sur, Diga 33,  Paloma y La palabra que sana,  escribiendo artículos sobre literatura.

En 2010 publicó “esa otra forma”.

En 2012 “cuarto de costura”.

En 2015 “la doliente”.

 

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