Londres, 1891 (Tus Magníficos Ojos Vengativos Cuando Todo Ha Pasado)

Londres, 1891 (Tus Magníficos Ojos Vengativos Cuando Todo Ha Pasado). Juan Ramón Biedma. Ediciones B / Zeta.

Por José Manuel López Marañón

«Londres es una nación, no una ciudad». (Benjamin Disraeli, Primer Ministro inglés).

En Londres, 1891 (subtitulada con un verso de Oscar Wilde, Tus magníficos ojos vengativos cuando todo ha pasado), Juan Ramón Biedma –Sevilla, 1972– ambienta las múltiples historias que conforman su séptima novela durante el victorianismo tardío: 1873-1901. Algunos apuntes, tanto del Londres de aquella época como de su situación sociopolítica, favorecerán que los interesados por esta obra dispongan de alguna referencia previa.

La ciudad: durante los 5 días (23-27 de abril de 1891) en los cuales transcurre la ficción, una niebla procedente del Támesis que no termina de aclarar y se expande por las callejuelas londinenses sin iluminación, oscurece –y no solo metafóricamente– las esperanzas de gran parte de la población obrera y colabora en ocultar los vicios de las clases superiores. Estos eran: visitar burdeles, ir a salas de juego, depravarse en los fumaderos de opio de Limehouse (el uso de drogas era algo consuetudinario, la misma reina Victoria mascaba chicles con cocaína, y no digamos Sherlock Holmes que se la metía en vena…), o acudir al Fenix’s (un teatro de variedades que retrotrae al London Palladium de Los 39 escalones –Alfred Hitchcock, Inglaterra 1935– y que, como aquél, está superpoblado por hombres solos solazándose ruidosamente con atracciones circenses y coreografías pornográficas).

Más de 1.200 prostitutas que hacían la calle por unas pocas monedas y procedentes de los más diversos países –Londres era una capital pujante y un destino muy popular en los flujos migratorios– abarrotaban Whitechapel. En 1891 habían transcurrido ya 3 años desde los crímenes de Jack el Destripador pero sus 5 asesinatos dejaron entre las prostitutas un reguero de histeria, más que nada por su espeluznante modus operandi ya que cargarse a una meretriz era un delito habitual que solía quedar impune.

«En aquella maldita nación, las clases bajas son masacradas y callan, las clases medias procuran distraerse y callan, la clase dominante no necesita callarse, pero mantiene el escenario en perfectas condiciones con toda discreción». (Juan Ramon Biedma).

Otra forma de entretenimiento era todo lo relacionado con sucesos paranormales como la hipnosis, la comunicación con los muertos o la invocación de fantasmas y espíritus. La literatura vivió días gloriosos. Dos escritores reconocidos escriben sus mejores obras en 1891: Oscar Wilde (1854-1901) El retrato de Dorian Gray y Arthur Conan Doyle (1850-1930) la que para muchos entendidos es su mejor obra: Las aventuras de Sherlock Holmes.

La situación sociopolítica: en 1891 el Reino Unido era gobernado por el conservador Robert Gascoyne-Cecil, III Marqués de Salisbury. Aun siendo un político extremadamente frío llevó a cabo medidas sociales como la implantación de la educación pública gratuita. Además realizó cambios en el ámbito laboral, como responsabilizar a los patrones de los accidentes laborales en casos de negligencia. Sin embargo, leyendo Londres, 1891 nos enteramos de cómo la lepra aún campaba por las calles, no siendo suficiente para contenerla lazaretos como el ubicado en el antiguo monasterio de Greenwich; de que había prisiones para niños que contaban con ejecutoras (así la «verduga» de Billinsgate, personaje de importancia no menor); y de la existencia de ese aberrante «Jardín Zoológico de Aclimatación Hagenbeck» que exhibía en jaulas a representantes de etnias de todo el mundo y que es el más original de los escenarios seleccionados por el autor.

La doble moral sexual era propia de la era victoriana. Es conocido cómo la reina alargó los manteles de palacio para que cubrieran las patas de la mesa en su totalidad ya que –decía– podían incitar a los hombres al recordar las piernas de una mujer. Paralelamente a esas estrictas costumbres se desarrollaba un mundo sexual subterráneo donde proliferaban el adulterio y la prostitución. Existía un ambiente callejero de drogas y sexo que no escatimaba en orgías, espectáculos, relaciones homosexuales, abuso de menores y azotes. En esta Inglaterra se desarrolló el primer preservativo en látex.

La novela: dividida en 5 partes más un epílogo –«Desembocaduras»– donde Biedma sutura hasta el más ínfimo hilo de las tramas, su obra, siendo una acabada muestra de ficción detectivesca perteneciente a lo que vendríamos en llamar «Escuela británica» participa –y en no pocos momentos– tanto del género gótico como del de aventuras. Asimismo la «Escuela estadounidense» de novela policíaca, que deja en segundo plano la importancia del enigma para subordinarlo al suspense –siempre con el fin de subrayar los aspectos sociales del crimen y la denuncia de una sociedad corrupta– aporta muchísimo a Londres, 1891; tanto como para convertirla en una novela negra, coral, de ambientación urbana, donde el crimen está en la calle, en ambientes miserables: allí donde más se cuestionan los valores materialistas de la sociedad de consumo (en 1891 el capitalismo era feroz y a nadie interesaba aún darle «rostro humano»). Esa sociedad podrida es responsable, en última instancia, de la miseria y el crimen. Un esmeradísimo ensamblaje de géneros ofrece Londres, 1891, arrebatadora lectura que no conviene dejar pasar.

El secuestro de las 4 niñas: una nieta de la reina Victoria, otra del arzobispo de Canterbury, la hija del lord Canciller (el duque de Dilke) y la del Primer Ministro, están en poder de la organización de James Moriarty. Ex catedrático de matemáticas en la Universidad de Manchester es ahora el organizador de todo el crimen cometido en Londres. «El Napoleón del crimen», como lo llama John Watson, es un filósofo, un cerebro de primer orden que ya no ejecuta –para eso tiene a sus agentes–, sólo planea. Sherlock Holmes teje obsesivamente su red para atraparlo. Dispone de poco tiempo. La policía, en un meticuloso operativo, quiere desmantelar la organización de Moriarty, quien, ajeno a ello, apura en esos momentos un letal plan en su guerra contra el gobierno más importante del mundo. Con el dinero obtenido por el secuestro de las niñas Moriarty pretende revitalizar su falansterio en Suiza (que recoge a 1620 personas repartidas en talleres sociales, comedores y viviendas). El falansterio, su proyecto más querido, pretende ser su último refugio…

Los detectives salvajes: auténtico protagonista de Londres, 1891 Rystone Erasmo Cox –40 años, pelo largo y cejas arqueadas en una constante expresión de enfado– fue profesor universitario de Filosofía del Derecho hasta su expulsión, hace 11 años, por «forzar» a la hija del rector. Conocido como el «Revientacadáveres» ahora visita habitualmente el cementerio de Kensal Green para extraer sus dientes a los muertos. Cox maldice su suerte y sueña con una vida mejor. Tras recibir una paliza es conducido a la terrible prisión de Newgate (en ella hasta los niños son torturados) donde el inspector Lastrade le informa de cómo está ahí por desvalijar tumbas. Sólo se librará de la horca si encuentra al hermano del cochero de los Dilke –Wael Mann– otro revientacadáveres implicado en el secuestro de la hija de los duques. El enrevesado y angustioso periplo de este detective aficionado, acompañado en su tramo final por Rambalda (la madre de la niña, que resulta ser la alumna que Cox «forzó»), nos pasea por un siniestro derrotero que incluye los combates entre criados y osos, al referido Jardín Zoológico de especies humanas (destaca su administrador, el viscoso Tyco Sprouse) o rondas por zonas tan poco recomendables como el East End, donde abundan burdeles, cementerios, concursos suicidas de resistencia bajo el agua… y todo ello para una resolución que no termina muy bien que digamos para el esforzado investigador Rystone Cox.

Los partidarios de un Sherlock Holmes cerebral que resuelve sus casos con solo fijarse en su cliente y escuchar qué ha sucedido, pueden cambiar de libro. Londres, 1891 convoca a un Sherlock hiperactivo y bien provisto de gadgets para un combate definitivo contra su perfecto antagonista: James Moriarty. Detener al ex catedrático se ha convertido en la razón de su vida (en paralelo su enemigo, también en desesperadas pesquisas de sabueso, persigue al incontrolado «fotógrafo» Daniel Frederiksen). Informado Sherlock de cómo queda muy poco tiempo antes que Scotland Yard aprese a Morirarty, tampoco desconoce que el bajo fondo se ha unido para evitarlo. Recurriendo a disfraces, pateando callejuelas abarrotadas de mendigos, limpiabotas, leprosos, veteranos de guerra mutilados, etc., Holmes sólo cuenta con la ayuda de un grupo de valientes chiquillos, «Los Irregulares». Tras una brutal pelea comprende que aclarar el suicidio del capitán Loughty, a quien Moriarty preparó para superar las pruebas de oficial del ejército, resulta esencial. No menos eléctrico y tortuoso que el de Cox, el itinerario de Sherlock no acaba en Londres, sino en Suiza, en un téte à téte con James Moriarty que deja helados a los rendidos lectores de Londres, 1891.

Con esta obra Juan Ramón Biedma alcanza la cumbre de su talento y se sitúa en la primerísima fila de los narradores en castellano. A la hora de elegir un título para regalar estas Navidades, el sevillano lo ha puesto fácil.

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Entre las numerosas biografías falsas que circulan sobre Juan Ramón Biedma, podemos concluir sin demasiadas garantías que nace en Sevilla, estudia Derecho,  y se dedica durante años a la gestión de emergencias, actividad que ha compartido con la de locutor de radio, guionista y crítico cinematográfico, así como con la colaboración en diversas publicaciones y antologías.

El manuscrito de Dios (2004) supone su debut literario, al que le siguen otras seis novelas entre ellas El imán y la brújula (2007), y consigue el premios Hammett, NOVELPOL y Crucedecables a la mejor novela policíaca. En el 2015 publica Tus magníficos ojos vengativos cuando todo ha pasadoobra galardonada con el Premio Valencia de Novela Negra.  Sus obras, continuamente reeditadas, citadas y seguidas por un numerosísimo grupo de lectores incondicionales, han sido traducidas hasta ahora al portugués, griego, alemán, ruso y turco.

Más información en www. juanramonbiedma.es

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