«Tengo frío» de J. D. Martín Bartolomé, un cuento de fantasmas para esta Navidad

«Tengo frío» de J. D. Martín Bartolomé, un cuento de fantasmas para esta Navidad

La Navidad es época de tradiciones y, literariamente hablando, también época para evocar los cuentos de fantasmas. Son aquellas historias, ghost stories, que recobrarían todo su esplendor durante el siglo XIX en nochebuena al calor de una chimenea —ver aquí—. Hoy, el escritor J.D. Martín Bartolomé tiene a bien de regalarnos una historia suya para seguir con dicha tradición: un cuento de fantasmas ambientado en la época actual y muy alejado de Ebenezer Scrooge y Charles Dickens. Y, aunque «Abrir un libro» no es All the Year Round, nuestra aportación para los seguidores de la página. Abríguense, este cuento puede aterir el alma. Cristina de @abrirunlibro.

«Tengo frío» de J. D. Martín Bartolomé.

—No os mováis, ya voy yo…

Laura lo dijo en tono de broma, porque ya sabía que ni Marisa ni Carmen, sus compañeras de piso, se molestarían en ir a abrir la puerta.

Eran las dos y media de la madrugada, en una noche de enero fría y húmeda como sólo pueden serlo en el norte de Castilla. La niebla, la «meona», según la denominaban los lugareños, ocultaba el mundo como si jamás hubiese existido, convirtiendo las calles en sombras de neón, y las farolas en ovnis estrafalarios y ausentes.

Laura, Carmen y Marisa estudiaban Enfermería, y compartían una pequeña casa en las afueras de la ciudad universitaria. Era una casa baja, algo aislada, pero no muy lejos de la universidad, la catedral y sus increíbles trabajos de mampostería, además de estar próxima a un supermercado y una farmacia, y de la parada del autobús.

Resultaba mucho más conveniente que un piso en el centro, porque pertenecía a la tía de Marisa, y no tenían que pagar alquiler.

Aquella noche, ya a medio camino entre el viernes y el sábado, las chicas habían invitado a algunos amigos y amigas a tomar una copa. La cosa acabó como resulta habitual en esos casos, aunque mereció la pena aguantar la música demasiado alta, los zapatos de tacón para estar mona y los invitados espontáneos.

Laura, de natural tímida, había conocido a un joven encantador, Marcos, y abrigaba la esperanza de que fuese él quien llamaba a la puerta, tal vez con la excusa de haber olvidado el móvil o la cartera. Y a lo mejor…

Abrió la puerta sin ni siquiera echar un vistazo por la mirilla, retrocediendo ante el golpe físico de las agujas de frío que saturaban el aire opaco.

—Tengo frío— dijo la niña. Laura se quedó aún más sorprendida. En el umbral, una criatura de apenas diez, quizá once años, la miraba con ojos grandes y vítreos. Como un dibujo manga, pero de carne y hueso.

La niña llevaba un vestido corto, junto con unos leotardos y unos zapatos negros, brillantes de humedad saturada. Sólo una chaqueta de punto fino, a todas luces demasiado ligera para la época, la protegía del árido clima.

—Pero… pero…—balbuceó Laura—. Entra en casa, niña.

Tomó la mano de la pequeña, sorprendida ante su tacto de mármol muerto, y la arrastró al interior, mientras se asomaba fuera, oteando la oscuridad. No había nadie.

Las farolas de la calle se apagaron en ese instante, y Laura se sobresaltó al escuchar el maullido lejano de un gato callejero. Cerró la puerta, echando la llave y el pestillo.

—¿Dónde están tus padres, guapa?— preguntó mientras descolgaba un abrigo del perchero y cubría el enjuto cuerpo de la niña.

—No lo sé— respondió ella, refugiándose agradecida en sus brazos. —Me he perdido.

—Tranquila, guapa. ¿Cómo te llamas?

—Teresa— dijo la pequeña.

Laura llevó a la niña hasta la cocina y sirvió un vaso de leche que metió en el microondas. Marisa entró en ese momento. Aún estaba algo afectada por la bebida y la marihuana que había consumido durante la fiesta. Era evidente en su voz pastosa.

—¿Y ésta de dónde ha salido?— preguntó.

—No lo sé— dijo Laura, sacando la leche caliente y sirviendo una generosa ración de galletas en un plato—. Se ha perdido. No sabe dónde están sus padres—.

—Tengo frío— repitió la niña.

Marisa abrió el frigorífico y sacó una lata de refresco.

—Pues llama a la policía o algo— dijo, cortante—. No quiero líos aquí.

—No tengo batería en el móvil— dijo Laura.

Marisa se encogió de hombros, mientras bebía de la lata.

—Déjame el tuyo— pidió Laura.

Marisa sacudió las manos, sin dejar de beber. Cuando ya no pudo resistir el ardiente burbujeo en su garganta, bajó la lata y soltó un fuerte eructo.

—Joder, qué hipo tenía— dijo—. Mira, no sé dónde está el teléfono y quiero dormir. Así que haz lo que te dé la gana, llévala a comisaría o algo, pero a mí no me líes, que como montemos alguna mi tía nos pone en la calle.

Laura miró a la niña, que bebía con ansia la leche caliente, y luego se cruzó de brazos delante de su amiga.

—¿Cómo puedes ser así, tía?— protestó.

Marisa miró a la niña, y ella le devolvió una mirada dulce y cálida. La joven se encogió de hombros otra vez.

—Estoy pedo, fumada y malfollada. No es mi mejor noche.

Y, sin más, empujó a un lado a Laura y se fue a la cama.

—Espera en el salón, guapa— dijo Laura, indicando a la niña el camino con amabilidad. Después se dirigió a la habitación de Carmen, esperando encontrar allí la ayuda que Marisa le negaba.

Pero, cuando abrió la puerta, se encontró a Carmen completamente dormida, presa de un sueño etílico que casi rozaba el coma. Trató de despertarla y su amiga se limitó a girarse, lanzar un ciego bofetón que ella esquivó por los pelos y taparse la cabeza con la almohada.

—Carmen, despierta— suplicó—. Hay una niña perdida que…

—A tomar por culo— gritó Carmen, con la voz ahogada por la almohada.

Laura se rindió. Sus amigas estaban demasiado borrachas como para ayudarla. No, se corrigió. Eran demasiado egocéntricas. Siempre lo eran, bebiesen demasiado o no. Suspiró y fue al salón tras calentar otro vaso de leche que llevó a la niña. Pero Teresa ya no lo necesitaba. Se había quedado dormida, arropada por el abrigo. Laura sonrió, acariciando el suave y húmedo cabello.

Le quitó los zapatos, tapándola después con una manta, y se sentó en una butaca. En algún momento se quedó dormida. Al día siguiente, un inmisericorde amanecer plúmbeo y destellante la despertó colándose por las ventanas para recordarla que la vida seguía, indiferente a su jaqueca. Extrañada, vio que Teresa había desaparecido.

Se levantó asustada, temiendo que a la niña le hubiese sucedido algo durante la noche. Sobre la mesa del salón, en precario equilibrio entre una botella vacía de Dyc y un vaso de tubo pringoso, había una nota.

«Gracias por todo.

Me he ido con mis papas. 

Teresa».

Fue lo último que supo de la niña.

Por algún tiempo.

El siguiente fin de semana, Laura tenía una cita con Marcos, el encantador chico de la fiesta. Habían quedado en el centro para ir al cine y luego a tomar algo.

Laura estaba muy ilusionada. Era su primera cita en dos meses.

Cuando se estaba preparando, su teléfono móvil sonó y en la pantalla vio un número desconocido. Descolgó preguntándose quién sería. Y esperando que aquella llamada no ocupase demasiado tiempo, porque eran las diez de la noche y había quedado con Marcos para la última sesión.

—¿Sí?

—¿Laura?— era la voz infantil de Teresa—. ¿Puedes ayudarme?

Laura se sobresaltó. Era la última persona de quien esperaba una llamada.

—¡Teresa! ¿Dónde estás, Teresa? ¿Qué ocurre?

—Estoy aquí, al final de tu calle— dijo la voz de la niña—. Ven, por favor.

Laura pudo captar la tensión, tal vez el miedo, en la quebrada voz infantil.

Sin pensarlo dos veces salió de casa, buscando con la mirada a la niña. Al final de la calle, bajo una farola teñida de penumbra y niebla, una pequeña figura agitaba los brazos. Laura cerró la puerta y caminó hacia ella, pero la niña se dio la vuelta antes de que pudiera alcanzarla y se alejó corriendo, como si su presencia la asustase.

Laura, sin dejar de llamarla, la persiguió hasta perderla. La niebla ocultó a la niña al llegar a un cercano parque y Laura, desorientada, no pudo encontrar su rastro. Trató de llamar desde su teléfono al número que la niña había utilizado. Nada. Ni señal, ni tono de ocupado, ni mensaje de la operadora. El miedo de la joven crecía por momentos, miedo por la niña y por ella misma.

La niebla había descendido completamente, cubriendo las calles. Era como estar sumergido en la nada, fuera del mundo. Laura estaba nerviosa, asustada y desorientada. Durante la siguiente media hora buscó a la niña, intentó llamarla de nuevo, y empezó a asustarse de verdad.

Finalmente el frío empezó a vencerla. El sudor, provocado por los nervios, se helaba sobre su piel y el vestido no la protegía en absoluto. Decidió volver a casa, coger un abrigo y llamar a la policía. De camino llamó a Marcos, explicándole lo que ocurría. El joven le dijo que no se preocupase, que iba para su casa de inmediato para ayudarla a buscar a la niña.

Laura llegó a la puerta, encontrándosela abierta. Pero recordaba haber cogido las llaves y cerrado la puerta al salir. Asustada, pensó en esperar a Marcos.

Pero luego, al darse cuenta de que sus amigas estaban en la casa, decidió entrar. Todas las habitaciones estaban a oscuras. Ninguna luz funcionaba. Ningún interruptor respondía.

Cada vez más asustada, aterida por el frío que parecía reinar en la casa, Laura encendió su mechero. Cogió una vela del cajón de la entrada —uno de los recursos de emergencia compartidos por las tres, junto a las monedas sueltas y la caja de condones—, y se armó de valor.

Llegó a la habitación de Carmen. Allí, sobre el colchón, estaban sus dos amigas.

Frías, inertes. La piel azul, casi negra bajo la triste luz de la vela. Los ojos eran cuentas de cristal, y las expresiones, máscaras de sorprendida cerámica. Sobre el pecho de Carmen, bien visible, había un folio.

«Estoy bien, sólo quería que salieses de casa porque iba a hacer frío. 

Fuiste muy amable conmigo, no como ellas.

Ya no tengo frío, de momento. 

Adiós. Teresa».

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