La piel del agua

La piel del agua. Pedro Tenorio. Editorial Cuadernos del Laberinto.

Por José Manuel López Marañón

La piel del agua, último poemario del laureado Pedro Tenorio –Madrid, 1953–, sigue a Los castigos y las hostilidades (Premio «Gil de Biedma» de Nava de la Asunción. Segovia, 2010), La luz se calla (La Discreta ediciones. Madrid, 2013) y A este lado de Evila (Premio «Poeta Juan Calderón Matador». Madrid, 2014). Su nuevo libro viene dividido en tres partes reuniendo 59 composiciones.

CLAMORES. En un club de jazz, donde poeta y musa comparten espacio escénico, está también su omphalos (ombligo o lugar de nacimiento, pero también centro cósmico). Al modo de la torre Martello, en el primer capítulo del Ulises, sustituyendo aquí las sarcásticas referencias eucarísticas por el canon jazzístico, sus protagonistas –como los personajes joyceanos–, encuentran en este club terreno fértil para el cobijo y la (re)creación, pero es una parada transitoria que deberán abandonar, tal como se confirma en el desabrigado poema final, donde se descubre la intemperie de una calle por la que ni circulan taxis. Antes el poeta ha revelado varias epifanías de Evila, unas a ritmo de ragtime y otras, menos incorpóreas, como ésa con Killing me softly with this song como canción favorecedora. No quedarán al margen de esta serie aspectos no menos cardinales de cualquier cava, como la atmósfera cargada (capaz de marchitar una rosa), los goces visuales que se experimentan viendo tocar el piano a una bella mujer mientras se bebe, o la identificación del acto mismo de cantar con un inefable temblor. Por el club desfilan clásicos como Somebody you’ll be sorry de Louis Amstrong adecuados para la voz cálida y agria de la cantante, unas notas que brotan de su incrédula boca y hacen brillar su mirada azul, brillo interpretado por el poeta como favorable augurio para la amorosa batalla. Un blues susurrado que hace arder la noche realza ese cuerpo de cristal que anuncia el inicio del exilio. El penúltimo poema presenta un agónico muestrario de imágenes de Evila bailando; derrengada, sueña –ya dormida–, con una playa donde se escuchan los últimos compases y aplausos.

«La música delgada de tu voz, que traspasa / los reflejos violeta de tantas lentejuelas / con que te quedas sola, / la música sutil de tu voz que se extiende / más allá de tu piel azul y terca».

LA ESPALDA DEL AGUA es la parte más extensa del libro y consta de cinco subdivisiones. Los poemas de Albada coinciden en alabar las bellezas de una mujer innominada en la que puede adivinarse a la Evila del club de jazz. Tampoco es descabellado suponer que, ante tanta desolación exterior, el poeta haya optado por refugiarse amorosamente en el cuerpo de su amada para encontrar ahí su nuevo e íntimo omphalos. Los fervorosos recorridos corporales abarcan diferentes cumbres de la pasión: el éxtasis cuando ella abre los humedecidos labios; las pasajeras dudas del amante ante el insultante esplendor de su amada; las reencarnaciones de la amada en amazona y pantera, dueñas siempre de sus amantes, pero también la más pura tristeza del poeta ante la deshecha cama del amor que solo encuentra atenuación al sumergirse en esas sábanas llenas de besos. El sol –que anticipa la felicidad del día que se avecina–, y un caleidoscópico aljibe en el que acaba de bañarse la amada, ponen algo de optimismo a esta insuperable serie. La tarde de las buganvillas insiste en celebrar a la amada. Así, el grito del gozo vendrá precedido por su encendida piel; tal es el éxtasis, que la rendición del amante llega al extremo de duplicarse en los encantos de ella, contagiándose de su esplendor. Finalmente se asegura que la dicha amorosa desconoce la consunción porque la perseverancia del amante lo impide. En Los nombres de tu cuerpo se canta la belleza inmaterial, avisando de los riesgos de la posesión. Coinciden la mayor parte de los poemas en alabar el nombre de la amada por encima de sus prendas físicas (que generan gozo y dudas al mismo tiempo). La mirada, el aura y la voz serán otros ejemplos de dones incorpóreos. La desnudez del mundo supone un violento regreso a los aspectos carnales de la pasión. Aquí el poeta enuncia a su amada, bien usando motivos marinos, bien comparándola con esa amazona en pleno galope –una habitual metáfora del orgasmo– o con un ave metamorfoseada en áspid. Tiene cabida aquí una audaz descripción de la erección del miembro viril: «esa rama de mi almendro florecida». Centrada en las consecuencias del amor físico el tono desalentado impregna Ángeles de alas negras. Ecos de una educación religiosa resuenan en «esa mujer desterrada» y pecadora que reina en el paraíso terrenal y con la que su amante se conforma. Amadas a las que se le licuan los ojos de puro placer, amantes a los que corresponden brasas del amor efímero…, el diálogo entre ambos aparece amenazado por la tormenta… Y es que sólo algunos cuerpos parecen capaces de despertar los deseos de saber; la mayoría están condenados a recibir besos nada más.

«Y no he de acabar nunca de abarcar tu mirada, / de naufragar contigo en la espalda del aire / y reducir entonces tu piel en cada sílaba, / como si te nombrara para alumbrar el mundo».

LOS ALJIBES Y LAS ROSAS. La última parte es un canto, no monocorde, de las sensaciones que predominan en la convivencia de una pareja. Tenemos las de felicidad hogareña, en las que la mirada de la amada hace que las cosas pierdan su espesura, o esas en las que la felicidad se consigue gracias al cobijo que ella ofrece, incluso en una estación de adioses como suele ser el otoño. A esas sensaciones felices se oponen otras de fugacidad terrenal, con envejecimientos incluidos (mientras el poeta se deleita leyendo a san Juan de la Cruz), o evocadores flashbacks del club de jazz donde tuvieron lugar aquellas epifanías de Evila, rememoradas ahora desde la perspectiva que da al poeta la posesión de su amada, incluido el deseo de arrugarse juntos. Y para terminar esta parte y el poemario, su autor, quizá a modo de aviso, ofrece una vieja foto con los dos amantes esperanzados y felices sobre los que se cierne –por obra del fuego–, un inquietante porvenir.

«Derramo mi mirada / y adquiero la costumbre del mosto en el otoño / y en ti misma fermento / el zumo que reservas en tu interior bodega».

Es La piel del agua un libro vital y excepcional. En él, Pedro Tenorio muestra la madurez de su arte con prodigalidad. Desde los muy celebrados versos amorosos (y heterosexuales) de Pedro Salinas no se recuerda algo de tal intensidad. Se acerca san Valentín. Si tienen la suerte de que su pareja sea leída y sensible –un milagro hoy en día–, regálenle este poemario y quedarán divinamente.

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Pedro Tenorio (Madrid 1953).
Ha desarrollado la mayor parte de su actividad profesional en Talavera de la Reina como docente de Lengua y Literatura, tanto en institutos de secundaria como en el centro asociado de la UNED.
Además de artículos en revistas especializadas y de diversos libros de didáctica de la literatura, ha publicado los siguientes poemarios:
• Muertos para una exposición. Accésit al Premio Internacional de Poesía Rafael Morales. Colección Melibea. Talavera de la Reina, 1984.
• Los cuerpos y las noches. Finalista Premio Aso-ciación ApoloyBaco. Sevilla, 2010.
 Los castigos y las hostilidades. Premio «Gil de Biedma» de Nava de la Asunción. Segovia, 2010.
• La luz se calla. La Discreta ediciones. Madrid, 2013.
• A este lado del Evila. Premio «Poeta Juan Calderón Matador». Madrid, 2014.

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