En la orilla

En-la-orillaEn la orilla. Rafael Chirbes. Editorial Anagrama.

Por Cristina de @abrirunlibro

Esta reseña fue publicada el 7 de octubre del 2015 en Revista Vísperas.

“En la orilla es un libro totalmente centrífugo, como un pulpo que quiere tocar todas las cosas. No quiere ser un libro de personajes sino de un tiempo”, decía Rafael Chirbes en una entrevista en el año 2013 refiriéndose a su novela, Premio Nacional en Narrativa al año siguiente: la antítesis de lo expuesto en su momento por John Gardner quien aseguraba que los personajes son la vida de una novela y el ambiente sólo el entorno para que éstos se muevan.

Y es que el entorno es crucial para En la orilla: un ambiente sin alegría, sin esperanzas; un libro poblado de personajes tristes y acabados donde se respira el derrumbe moral y social a causa de la ruina económica que ha asolado este país.  

La novela se inicia con el descubrimiento de un cadáver en el pantano de Olba. Esteban, el principal protagonista y septuagenario, ha cerrado el negocio familiar, una carpintería, y ha dejado a los trabajadores en el paro. El padre de Esteban, anciano y enfermo terminal que era cuidado por una muchacha colombiana, pasará al cuidado de Esteban al no poder pagar éste el salario de la mujer.   

Con párrafos extensos a modo de soliloquio incesante, con una redacción sobresaliente y con muy pocos diálogos, en la novela se diseccionará, se examinará y se analizará la crisis de este país a través de los protagonistas, aunque la voz predominante entre todos ellos será la de Esteban. Utilizando metafóricamente el pantano de Olba y lo que alberga y oculta, como símil de todo lo que esconde la crisis y las almas que la pueblan.

A En la orilla y su antecesora, Crematorio, se les ha llamado las novelas de la crisis. Así como en Crematorio se narraba el por qué del ladrillazo en España, En la orilla explica cómo ha afectado a la sociedad esta crisis. Leer este libro es como estar viendo la desolación hecha palabra, que el autor, además, describe excepcionalmente bien.

En la orilla no es un libro de fácil lectura y es especialmente denso. Clasificado como novela negra -y técnicamente lo es-, ésta es una novela que no dispone de trama -no es la primera ni tampoco será la última donde se establece como algo no imprescindible en un libro-, y donde lo de menos serán los personajes, el argumento, ni tampoco el muerto que aparece en las primeras páginas y, sorprendentemente, lo de menos será el desenlace.

“En libros como Crematorio o En la orilla, se busca, dado que el lector se enfrenta a cosas que no le hacen ninguna gracia, y que le hablan de sí mismo de un modo no muy gratificante, que el lector no te deje”añadía Chirbes en la entrevista citada. ¡Y vaya si lo consigue! Gracias a un estilo absolutamente dominante, aquel lector que quiera escoger su tempo para realizar una lectura a su aire y delimitar los momentos más propicios según su conveniencia, lo va a tener complicado. Aquí la fuerza es unilateral y el lector no podrá ir a contracorriente del autor porque sería como luchar contra molinos de viento; Chirbes domina esta prosa de 440 páginas y su estilo recuerda al de un acorazado: fuerte, impasible y blindado. Con una narrativa muy diferente a la que nos inunda actualmente, el escritor sorprende por la cantidad de información que dispara -con un estilo exquisito-, tan demoledora y apabullante. Uno, sencillamente, deberá dejarse llevar por el parlamento perpetuo de Rafael Chirbes y, a partir de ahí, la lectura será más fácil.

El estilo y la prosa de Rafael Chirbes es sobresaliente, como para compensar tanta desgracia y podredumbre. Una literatura no ya de calidad sino de brillantez, sabiendo mantener la alerta constante del lector en un libro que prácticamente es sólo discursivo y muy compacto. Si añadimos el entorno degradado y unos personajes rotos, decir que este libro es magnífico, sería decir muy poco.

Hablar de la dureza de los tiempos que corren y ser lírico -no de manera meliflua ni romántica -, con ferocidad y con mucha crudeza, es un arte que domina -dominaba, desgraciadamente-, el escritor a la perfección. Su lenguaje no es un lenguaje comedido ni afectado sino que puede ser hasta salvaje y, por qué no, también aniquilador. El autor hablará crudamente y sin tapujos de drogas, pelotazos, sexo o vejez:

“Después de usadas, a las putas de la carretera se las echa de nuevo a la cuneta. Cuando las abandona un chófer vuelven a estar dispuestas para dar placer, servir de desahogo de los conductores que aparcan junto a los cañaverales sus coches, las furgonetas, vehículos semiocultos, las matrículas tapadas por la vegetación para que los vecinos no los reconozcan. Que alguien te vea negociando junto a la carretera supone que te acepta como compañero en el último círculo del infierno, ser que no domina sus vicios –o, mucho peor, un desgraciado que no domina su economía, que no tiene para pagarse algo mejor-, un condenado a sufrir alguna de las múltiples enfermedades infecciosas que esas mujeres transmiten. Y qué otra cosa es una empresa en quiebra, sino una infección que se transmite sin dar servicio a nadie. Clientes y proveedores fingen no haber tenido que ver con ella, esconden su relación, porque contamina la mera sospecha del contacto.”  

Hay veces en que es necesario salir de la zona de confort donde nos sentimos seguros leyendo y ahondar otros territorios que no sean los generalmente establecidos en la novela de corte clásico, donde el árbol de construcción de introducción-desarrollo-clímax-desenlace, es el habitual. En la orilla es un perfecto ejemplo de cómo una novela sin trama, donde prima el ambiente de pesadumbre social y con la tensión del discurso, puede ofrecer una calidad excepcional en narrativa de ficción.   

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