Déjame que te explique un cuento

Déjame que te explique un cuento

Por Cristina de @abrirunlibro

Es conciso, fabulista y trolero. Te enreda para después aconsejar. Te puede hacer sentir miedo y  a la vez te enamora. Por él, pasas noches en vela. A veces es ángel y en otras es satán. Es soberbio porque se sabe rey. Es el cuento.

Érase una vez una tradición narrativa, primero oral, donde los relatos que se reproducían —en su mayoría atávicos sobre mitos y leyendas—, se sucedían de persona a persona y de generación en generación por el boca a boca. Poco a poco estas historias se empezaron a escribir a través de narraciones breves, dando lugar a lo que hoy ya conocemos como “cuento”: una obra corta de ficción donde se contará una historia lineal —debido a su brevedad—, con pocos personajes y donde la historia se ceñirá a un hecho y se presentará al principio, continuará con un desarrollo y, habitualmente, el clímax coincidirá con el final. Como en cualquier otra obra, son diversos los géneros: fantasía, misterio, policial…

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El cuento está escrito para ser leído o relatado de principio a fin. Sin cortes y sin esperas. Una pequeña creación —pequeña por extensión, no por menoscabo—, que algunos se empeñan en desprestigiar al considerarla menor por la falta de extensión, personajes, saltos temporales, o por los diversos momentos de clímax que puede proporcionar la novela o el maquillaje del que se nutre la misma. Juan Rulfo, como escritor de cuentos, decía: uno debe reducirse, sintetizarse y, en unas cuantas palabras, decir o contar una historia que otros cuentan en doscientas.

(No puedo imaginar a según qué autores actuales intentando escribir un cuento ceñido a un hecho, a una única historia. Condensando el propio argumento sin contenidos diversos como historias cruzadas, innumerables personajes, los ya habituales y cansinos flashbacks —para aquí quién escribe, una técnica abusiva—, y, en general, dotando a la narración de un gran interés sin los afeites propios de la novela).

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Muchos fueron, y son, los “cuentistas” célebres defensores como Gabriel García Márquez, Jorge Luis Borges, Alice Munroe o Roberto Bolaño. Éste último, hablando sobre la novela, aducía sobre la posibilidad de que cuando la novela despierte de su sueño de hierro, el cuento siga allí.

Un cuento siempre adquiere los colores que le otorga el narrador, el ámbito en que se cuenta y el receptor, decía Jostein Gaarder haciendo alusión a una figura maravillosa en el cuento y que es la del narrador oral llamado “cuentacuentos”: aquel que obtiene historias de la literatura o de la tradición, y las relata verbalmente a su concurrencia mediante el arte de la expresión y la comunicación. Habitualmente lo expone como propio testigo; con técnicas de narración, hace que el público se integre en la historia. (Recordar los cuentos de fantasmas siempre alrededor del fuego del hogar, hábito de la época victoriana y tradición navideña). 

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El cuento, ese gran olvidado y al que es imprescindible conocer como parte de nuestro legado cultural. El soberano de la literatura por derecho propio gracias a su técnica. El más capacitado para abarcar una historia. La esencia del arte narrativo y al que se debe reivindicar. ¡Qué siga el cuento!

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