Han asesinado a Caperucita Roja

Por @mossen_a (Montse Galera)

Tal vez alguien esté interesado en saber que han asesinado a Caperucita. La niña, rubia y vestidita de rojo, cruzaba el bosque portando una cesta. Se dirigía a casa de su abuela. En esta ocasión se llamaba Gritli Moser y era suiza.

¿Qué puedo decir? El acto ha sido atroz, sus padres están desolados, su comunidad consternada.

¿Y el lector? Pues agradecido, claro, por el atrevimiento.

 ¿Quién ha osado cometer tal villanía? Para saber quién, de entre el elenco de personajes, ha sido el asesino os tenéis que leer La promesa -Réquiem por la novela policiaca– que yo no voy a soltar prenda. En cuanto al asesino último, el sicario autor de la obra, no desvelo ningún misterio si digo que se trata de Friedrich Dürrenmatt (1921-1990). Tampoco creo cometer sacrilegio si confieso que lo que menos me interesa sea la titularidad del asesino. En cambio, la habilidad que tiene el autor para destrozarle la vida a un personaje —me refiero al comisario Mattäi, cuyo tránsito por la novela es desgarrador—, creo que es conmovedora y admirable.

A pesar de estar escrita en 1957, no llego tarde a esta novela en caso de ser cierto aquello de…si la dicha es buena. I sí, la dicha es inconmensurable: no solo he tachado un renglón en mi lista de pendientes —trabajo “sísifico”, la maldita no para de crecer—, sino que, además, he satisfecho una necesidad que me acuciaba: leer algo realmente bueno, que se saliera de los círculos propagandísticos. Quería leer una novela cuya calidad no esté superada por la de sus reseñas. Leyendo La Promesa, por fin, me las hube con una obra de la que me habían dicho “es imprescindible” y era verdad. Es de agradecer que la editorial Navona la reeditara en 2013, recuperándola.

De La Promesa se conocen como mínimo dos versiones cinematográficas: “El cebo” (1958), producción hispano-suiza-germana dirigida por Ladislao Vajda, de la que, su vez, existen un mínimo de dos ediciones, la íntegra y la censurada, cuyo guion fue escrito por el mismo Dürrenmat de forma muy pareja a la novela; y “The Pledge” —el juramento— (2001) —, esta vez dirigida por Sean Penn.  (Ver reseña reciente en Somnegra aquí).

A pesar de que la novela te vence, no lo hace por KO dejándote noqueado, sino que te estimula. De un lado te invita a la reflexión y al debate porque te plantea dilemas morales— relata situaciones improbablemente posibles que traspasan líneas que no deberían cruzarse, o sí—, y de otra parte te expones a que se despierte en ti una gran curiosidad por el autor.

Dürrenmatt, quien se manifestaba abiertamente admirador de Borges a la par que confesaba su desinterés por otros autores de renombre como Umberto Eco o Günter Grass, empezó su carrera literaria en Suiza en plena posguerra de la Segunda Guerra Mundial llegando a ser, junto a Max Frisch (1911-1991), el máximo representante de la literatura suiza escrita en alemán.

Aunque se le conoce especialmente como dramaturgo (escribió ex profeso su última obra teatral en 1983 argumentando que ya no le satisfacía como medio de expresión), también fue poeta, ensayista, guionista radiofónico y cultivó las artes plásticas. Estamos hablando, pues, de un hombre multidisciplinar capaz de dotar su obra con una impronta muy particular: sus ficciones tendrán al hombre como eje. Sus personajes serán sorprendidos por situaciones límite, acompañadas de una gran dosis de incertidumbre, que no siempre podrá solucionar a veces por culpa del azar al que trata como un elemento determinante. La intención última del autor siempre es la de realizar una ácida crítica social tratando aspectos como la verdad, la dignidad, la libertad del individuo y la relación de éste con su entorno y sus semejantes. Dürrenmatt construye crisis que el lector o el espectador pueda calzarse. Quiere que nos veamos andando por las circunstancias de sus protagonistas con los zapatos que a estos le han tocado en suerte. ¿Cómo consigue causar ese efecto? Qué sé yo, tal vez, como él mismo explica, se deba a qué:

“La historia de mi escritura es la historia de mis materias. Materias son impresiones transformadas. Uno escribe como hombre en su conjunto, no como literato o gramático, todo tiene que ver, porque todo llega a relacionarse, todo puede ser igualmente importante, decisivo, mayoritariamente a posteriori, inesperado”. (Dürrenmatt, F.: Literatura y Arte. Ensayos, poemas y discursos, 2000).

Y con sentencias así ¿Quién puede resistirse a bucear en el mundo de Dürrenmatt?

Sin olvidar la enorme influencia que el escritor recibe de su ámbito familiar en cuanto a la religión cristiana protestante (su padre era pastor), podría decirse que la cosmovisión de Dürrenmatt se alimenta de tres cordones umbilicales:  el que le une a la mitología griega, a la filosofía europea y a la ciencia del siglo XX. 

Se vale de la mitología y de sus arquetipos arcaicos para dibujar al ser humano y sus emociones: así por ejemplo en el mito del minotauro y el laberinto verá un símil para el hombre desorientado en un mundo desconocido; en el de Edipo el símil de lo inevitable y Prometeo personificaría la rebeldía y la racionalidad humana.

Dürrenmatt estudió filosofía entre 1941 y 1946. Muy interesado por la teoría del conocimiento (parte de la filosofía que analiza la capacidad y los límites que tiene el ser humano a la hora de conocer), bebió de las tres grandes preguntas de Kant: ¿Qué puedo conocer?, ¿Qué debo hacer?, ¿Qué me cabe esperar? Formuladas en su “Crítica de la razón pura” (1781) e inició su peregrinaje hacia el ateísmo. Gracias a Kant, Dürrenmat asumió la libertad individual como la condición indispensable de los seres humanos que ha de ser complementada con la justicia, valor fundamental de la convivencia entre individuos; a Kierkegaard (1813-1855) concibe al hombre como el eje alrededor del cual suceden las cosas; a Nietzsche (1844-1900) la utilización metafórica del lenguaje rehuyendo de las verdades absolutas de la metafísica racionalista y a Vaihinger (1853-1933) esa forma de escribir sus ficciones como si fueran reales provocando la reflexión.

Así mismo es ampliamente conocido el interés de Dürrenmatt por la epistemología (Teoría de los fundamentos y métodos del conocimiento científico), astronomía, física y cosmología. Y se vale de todo ello para encofrar sus obras.

Meditando sobre todo ello, y sabiendo que me he quedado a las puertas, me cuesta entender como alguien osa catalogar el Negro como un género menor. Alguien que tenga en sus manos La promesa, una obra breve con la que Dürrenmatt reinventó la novela negra, no puede mirarme a los ojos y decirme que esta obra no ha de ocupar un lugar preferente en la historia de la literatura prescindiendo de las etiquetas. Claro que la que escribe es una simple lectora a la que le ha encantado que mataran a Caperucita, de la que Ana María Matute decía algo así como que era una boba porque cuando una se acuesta con el lobo, ya sabe que es el lobo. Quien sabe, tal vez Dürrenmat no fuera tan osado. Al fin y al cabo, la de Capurecita ya era una historia de terror antes que de que Perrault la pusiera por escrito y los hermanos Grimm se inventaran un cazador dispuesto a fastidiarnos un final macabro.

Obras consultadas: Cosmovisión y literatura en Friedrich Dürrenmatt de Esperanza San León Jiménez. Tesis doctoral.

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