Escritores victorianos: detectives y sospechosos. De A.C. Doyle a E.A. Poe

Escritores victorianos: detectives y sospechosos. De A.C. Doyle a E.A. Poe

Por Juan Mari Barasorda

En la era victoriana los escritores de novelas de detectives se interesaron por la literatura  sobrenatural y las logias mágicas y esotéricas. Otro día nos tocará analizar este tema apasionante pero hoy hablaremos de su interés en el mundo del crimen, no solo como estudiosos,  sino ocupando a veces el papel de investigadores y a veces el de sospechosos.

Patricia Cornwell no fue la primera en intentar descubrir la identidad del Destripador, aunque sí la primera en dejar una elevada suma de dinero en su investigación para defender la culpabilidad de Walter Sickert, uno de los modernos sospechosos de ser el Destripador.  Un famoso escritor de novelas policiacas había investigado el caso de Jack the Ripper. Se trata ni más ni menos que de Arthur Conan Doyle.

Protesta por la libertad de Sacco y Vanzetti en Londres, 1921.

El escritor era ya una celebridad en Inglaterra cuando, bien porque los misterios le subyugaban más allá de la creación literaria, bien como entrenamiento para seguir escribiendo nuevas historias, comenzó a investigar por su cuenta los casos que ocupaban portada en los tabloides de la época. Así, investigó el caso de George Edalji (a petición del propio Edalji, lo que convertía a Conan Doyle en un detective privado), el caso de Oscar Slater, el caso de Sacco y Vanzetti, o el del robo de las joyas de la corona irlandesa. Además colaboró con Scotland Yard en la investigación de los asesinatos de Jack el Destripador –Conan Doyle se decantó por la teoría de que el culpable se disfrazaba de mujer: Jill la Destripadora–, o la desaparición de Agatha Christie ocurrida el 3 de diciembre de 1926. En los papeles del caso del Destripador está documentado que Scotland Yard solicitó la colaboración  del  profesor  de Conan Doyle y excepcional forense Joseph Bell –su inspiración para crear a Sherlock Holmes–, ayuda para resolver los asesinatos. Al parecer Bell contó con la ayuda de un amigo –¿Henry Litlejohn?, ¿Arthur Conan Doyle? –, y ambos  señalaron al mismo culpable… y los crímenes finalizaron. Conan Doyle el investigador, el detective, el criminólogo, el lado más apasionante del escritor.

Peter Costello nos ha descrito, con la amenidad de una buena novela policial, esta faceta del escritor en “Conan Doyle, detective: los crímenes reales que investigó el creador de Sherlock Holmes”. No menos espléndida es la novela “Arthur & George” de Julian Barnes, escritor también de novelas policiacas con el seudónimo de Dan Kavanagh y capaz de crear una encantadora novela de misterio a partir del caso de George Edjali investigado por Doyle.

Con Julian Barnes, Doyle se convierte en un detective que se vale del racionalismo científico-policial, en el detective de la novela-enigma, lo mismo que Gores convirtió a Hammett en el detective modelo de la novela negra. Y otro buen escritor, Thomas Toughill, es el autor de “Oscar Slater: el caso inmortal de sir Arthur Conan Doyle” y el responsable del documental de la BBC: “Conan Doyle, un caso para la defensa”.

En realidad, Conan Doyle fue un investigador basado en el razonamiento científico en algunos de sus casos y muy poco ortodoxo con los cánones de la novela policial en otros. Cuando colaboró con Scotland Yard en la búsqueda de la dama del crimen, Conan Doyle se puso en manos de un vidente, Horace Leaf, gracias al cual se apuntó un tanto al afirmar que madame Christie seguía viva y que aparecería en pocos días. Un investigador ayudado por el espiritismo. Extraña conjunción que, sin embargo, se corresponde milimétricamente con la realidad, pues la relación de Conan Doyle con el espiritismo fue muy estrecha y está magistralmente detallada por Daniel Stashower en una apasionante biografia: “Teller of Tales: The life of Arthur Conan Doyle”, que le ha valido un premio Edgar.

 

Doyle se había afiliado a la Sociedad para la investigación psíquica en 1893 y desde 1916 impartía conferencias sobre espiritismo. Llegó a ser un defensor crédulo e irracional de las hadas de Cottingley, una historia relatada con profusión en artículos, novelas y hasta películas que descalabró su prestigio y que el propio Conan Doyle se encargó de contar en “El misterio de las hadas”. No mucho más tarde conoció a Harry Houdini, el mago, el rey de las fugas. Se hicieron amigos para acabar enfrentados: Houdini pretendiendo desbaratar los trucos de falsos médiums y espiritistas mientras Conan Doyle se tornaba en irredento defensor de aquellos –Daniel Stashower se ha basado en aquella relación para crear unas novelas deliciosas con las aventuras de Sherlock Holmes y Harry Houdini–. A pesar de su rendición ante el espiritismo, el prestigio de Conan Doyle en una sociedad victoriana apasionada por la criminología le llevó a ser tan reputado escritor como admirado investigador.

El Club de los Crímenes –The Crime’s Club, o, más exactamente “Our Society Crime Club” –, también fue conocido como Our Society. El 5 diciembre de 1903 sir Henry Irving (el primer actor en alcanzar dicho título), había invitado a cinco amigos a una cena en la que se habló de asesinatos y asesinos. Los seis pusieron en marcha un club, un club elitista en el que ingresaron médicos, jueces, y escritores, apasionados todos ellos por la criminología. Arthur Conan Doyle ingresó en 1904, al igual que otros escritores conocidos como A. W. Mason –“Las cuatro plumas”–, el divertido P. J. Wodehouse (que fue profesor de narrativa de Raymond Chandler), o E. W. Hornung (cuñado de Doyle y creador de Raffles, el más famoso ladrón de guante blanco), o Max Pemberton. El Club tenía un máximo de 75 miembros y sus veladas y tertulias tenían por objeto descifrar crímenes, robos y asesinatos como el caso del famoso asesino H. H. Crippen –Doctor Crippen–. La actividad de Our Society ha continuado hasta nuestros días. Jonathan Goodman, secretario a partir de 1993, resolvió el asesinato de Julia Wallace (1931) sesenta años después de producirse, y llegando a escribir una novela con la solución junto a Michael Gilbert, y ha sido calificado por Julian Simmons como “el primer investigador inglés de crímenes del pasado”.

A. C. Doyle fue en el Londres victoriano el más famoso miembro del Crime’s Club. Y su reputación como criminólogo e investigador creció a la vez que su reconocimiento como escritor. Un alto cargo de Scotland Yard llegó a afirmar:

«Si se hubiera dedicado sólo a investigar crímenes en vez de escribir, sir Arthur Conan Doyle habría llegado a ser un extraordinario detective».

Las visitas de Arthur Conan Doyle a Whitechapel en el transcurso de la investigación de los asesinatos del Destripador, además de su pasado como cirujano, le ha llevado a convertirse en uno más del elenco de sospechosos de ser el afamado Jack. Poco consistente acusación pero no es la única, pues Scotland Yard llegó a investigar la posible autoría de sir Arthur Conan Doyle de un asesinato.

Un tal Rodger Garrick-Steele, tras laboriosas investigaciones ayudado por el expolicía Paul Spiring, acusó a Conan Doyle de asesinar a Bertram Fletcher Robinson, abogado, periodista, escritor y amigo personal de Conan Doyle. Éste sería, según esta tesis, amante de la mujer de su amigo. ¿El móvil? Sir Arthur habría plagiado y publicado con su nombre la novela “El sabueso de Baskerville”, que habría sido escrita por su amigo Bertram Fletcher Robinson, experto en las leyendas del pantano de Dartmoor. ¿La acusación? Doyle habría convencido a la mujer de su amigo, y su amante a la vez, de envenenarle con láudano valiéndose de sus conocimientos en medicina ¿Pistas? Cuando Conan Doyle publicó la primera edición de esta obra en 1901 se podía leer un reconocimiento a Robinson: “Mi querido Robinson: fue su narración de una leyenda de la parte oeste del país lo que, por primera vez, hizo que la historia de este relato comenzase a surgir en mi cabeza. Por eso, y por toda la ayuda que me ha prestado durante la evolución de la novela, le doy las gracias. A. Conan Doyle”. Posteriormente esa dedicatoria fue eliminada por Doyle. Doyle explicó públicamente su teoría sobre la muerte de Fletcher Robinson vinculándola a una visita –desaconsejada por Doyle–, del finado al Museo Británico para contemplar una momia traída desde Egipto. En realidad Robinson murió por muerte natural. Este es el caso contra Conan Doyle. ¿Sospechoso? Tal vez. ¿Condenado? Imposible. No hay caso.

Cuando el 28 de julio de 1841 Mary Cecilia Rogers apareció asesinada en el río Hudson después de llevar tres días desaparecida, Edgar Allan Poe se había convertido ya en el creador del género policial. Con su relato “Los asesinatos de la calle Morgue”, había convertido a Auguste C. Dupin en el primer detective de ficción y Poe decidió que el suceso era merecedor de una nueva narración, convirtiéndose además el propio autor –según la información de la que disponemos hoy día–, en un detective aficionado en pos del asesino de Mary Rogers.

Mary Rogers in the river, 1841. American Antiquarian Society.

El caso de Mary Rogers, merecedor por sí solo de un articulo, conmocionó Nueva York. La “bella cigarrera” era una empleada de la tienda de tabaco más famosa de Manhattan, frecuentada por muchísimos varones que además de gastar en su vicio deseaban –enamorados quizá–, contemplar a Mary Rogers y su belleza. Uno de estos hombres era aquel joven escritor alcohólico. Poe investigó a todos los sospechosos. El jefe, el novio, el amante, la abortista… Y con su investigación escribió un relato: “El misterio de Marie Roget”, el segundo protagonizado por Auguste Dupin y, en definitiva, del género policial que el propio Poe había inaugurado. Un relato que sitúa la historia en París y el cadáver de la estanquera en las aguas del Sena, pero que, por lo demás, contiene una detallada descripción del crimen de Nueva York y de los sospechosos de aquel asesinato, formulando incluso la identidad –sin nombre– del asesino. Sin embargo el relato tuvo un doble efecto: consolidó la carrera de escritor de Poe y, a la vez y como consecuencia de los detalles del caso que incluyó en el relato (“no he omitido nada del caso…”, “reveló a un amigo…”, “salvo lo que deliberadamente he querido ocultar…”), lo convirtió en sospechoso para muchos.

¿Hasta dónde llegaron las sospechas de la propia policía de Nueva York? No lo podemos saber. Poe se atrevió incluso a modificar el final del relato con una nueva solución que coincidía con la pista seguida por la policía. El novio, uno de los sospechosos, aparece muerto en los mismos matorrales en que los testigos oyeron gritos en la noche en que murió Mary Rogers, el sitio que se considera el lugar donde la joven fue asesinada. Tiene una nota en el pecho que puede hacer pensar en suicidio, pero la policía manifiesta que no cree que sea el culpable. Más sospechas, pero el caso fue archivado. Sin culpable.

El fantástico libro de Daniel Stashower “Edgar Allan Poe y el misterio de la bella cigarrera” nos

regala una detallada descripción de aquel caso de asesinato y de los posibles sospechosos, sin colocar nunca a Poe entre ellos. Es un relato que nos guía por un misterio y que nos hace seguir el caso desde la perspectiva que pudo tener Poe. Irving Wallace, en su primer y magnífico libro “Argumentos fabulosos” (el mismo en el que describe la biografía de Joseph Bell, el profesor en que se basó A. C. Doyle para crear el personaje de Sherlock Holmes), sitúa por primera vez a Poe entre los sospechosos, y este es el mismo enfoque de otra novela sobre el tema, “The Blackest Bird”. Su autor, Joel Rose, se adentra en aquella investigación policial creando un policía sexagenario, Jacob Hays, quien con la ayuda de su hija investiga varios crímenes en aquel Nueva York gobernado por las bandas y donde todos son sospechosos, incluyendo a un alcohólico escritor, que conocía a la cigarrera y que, oculto bajo una capa negra, había sido visto junto a la escena del crimen. Una novela también excelente a cuya preparación dedicó Joel Rose diecisiete años y en la que la personalidad oscura y magnifica a la vez de Poe subyuga al investigador tanto como al propio lector.

Investigadores y sospechosos, pero a la postre dos grandes escritores victorianos que sentaron la base de la novela de detectives. El lector siempre quedará a merced de su imaginación desbordante que permitió la creación de un género. De eso sí que les podemos declarar los máximos responsables.

Y se lo agradecemos.

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Juan Mari Barasorda (Bilbao, 1960). Lector aficionado a la novela policial y especialista en literatura victoriana. Ha sido Vicegerente de RRHH en la Universidad del País Vasco y Director de RRHH de la Ertzaintza (policía autonómica). Forma parte del equipo redactor de la revista digital de novela negra y policial «Calibre 38» y es coordinador de los Encuentros literarios sobre género negro «Bruma Negra». 

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