Esperando a los bárbaros

Esperando a los bárbaros. J.M. Coetzee. Traducción de Concha Manella y Luís Martínez Victorio. Debolsillo.


Por Montse Galera @mossen_a

Nos dan miedo los otros, los que son distintos. Preferimos colonizarlos y temerles que conocerlos. Construimos ficciones que justifiquen su sometimiento bajo nuestros zapatos. Somos capaces de levantar imperios a su costa a la par que victimizarnos para justificar las agresiones y las torturas que les impartimos. Edificamos fronteras entre ellos y nosotros.  Fronteras de doble filo entre víctima y verdugo fáciles de traspasar de un lado a otro. Desde luego Coetzee lo explica infinitamente mejor en Esperando a los bárbaros, novela de lectura obligada, -por favor-, y condenada, me temo, a la eterna vigencia.

La novela transcurre en un lugar cuyo nombre no se menciona, aunque se especula que bien pudiera ser Sudáfrica. De hecho, no importa. La transversalidad de lo que allí acontece impide que la mayor parte de los países colonizadores pueda tirar la primera piedra.

Escrita en primera persona, es la voz del viejo magistrado de un pueblo fronterizo quien nos conduce por la novela, por los paisajes geográficos y humanos. El trabajo de este personaje sin nombre es rutinario y consiste en mantener el equilibrio, velar por la paz y las relaciones comerciales entre los vecinos del lugar y las gentes de los poblados «los que siempre estuvieron allí». Pero llegaron policías, primero, los militares después «preparados para realizar heroicas campañas» en defensa del Imperio. Según parecía, los bárbaros constituían una amenaza a erradicar.  El magistrado cuestiona los motivos y las maneras, descubre las torturas y se implica de una forma peligrosamente crítica pasando de ser considerado «uno de los nuestros» a «uno que está contra nosotros»

«En cierto modo se demasiado; y una vez que uno se ve infectado de este saber no parece haber recuperación posible. Nunca debí haber cogido el farol para ver lo que estaba pasando en la barraca junto al granero. Por otro lado, no me era posible dejar el farol después de haberlo cogido. El nudo se enreda en sí mismo; no puedo deshacerlo.»

Coetzee pone a sus personajes en situaciones tan al límite como equidistantes, aunque perfectamente verosímiles, escribiendo así un mapa topográfico de las entrañas humanas y sus relieves.

«Pero a mis torturadores no les interesaban los distintos grados de dolor. Únicamente les interesaba demostrarme lo que significaba vivir en un cuerpo, solo como un cuerpo, un cuerpo que puede abrigar ideas de justicia solo mientras esté ileso y en buen estado, y que las olvida tan pronto como le sujetan la cabeza y le meten un tubo por la garganta y echan por él litros de agua salada hasta que tose y tiene arcadas y sufre convulsiones y se vacía. (…) Vinieron a mi celda para enseñarme el significado de la palabra “humanidad”, y me enseñaron mucho en el espacio de una hora.» 

[…]

«Él se ocupa de mi alma: todos los días me abre la carne y expone mi alma a la luz; puede que haya visto muchas almas en el transcurso de su vida de trabajo, pero el cuidado de las almas no le ha dejado más huella de la que el cuidado de los corazones deja al cirujano

El alma del viejo magistrado alberga todos los colores de la paleta. No es un héroe, es un ser humano que se planta y paga el precio que eso supone. Es un hombre con todos sus defectos y bajos instintos. Que se relaciona con las mujeres anclado en sus ventajas sociales de clase y que aun así confiesa, ante el lector, su ternura y sus miedos.

Esperando a los Bárbaros es una obra magistral escrita en los años 70. Éste trabajo de ingeniería, por sí solo, ya justificaría, a mi modesto entender, la concesión del Premio Nobel de literatura del 2003 al Sudafricano John Maxwell Coetzee ( Ciudad del Cabo,  1940), según el acta de la Academia Sueca por «la brillantez a la hora de analizar la sociedad sudafricana».

Podemos escuchar al propio autor leer un fragmento de la obra (subtitulado).

 

 

Esperando a los bárbaros podría estar inspirada en el precioso y terrible poema del mimo título de Constantino Cavafis. De lo que no hay duda es que novela y poema se dan la mano. Aquí, Josep María Pou, hace una fantástica lectura dramatizada que os invitamos a disfrutar, sabiendo que no os va a dejar indiferentes.

 

 

Coetzee cosecha, entre muchos otros logros y ya mencionado el Nobel, ser el primer autor al que se le concede en dos ocasiones el prestigioso «Premio Booker». Recibe este galardón por las obras Vida y época de Michael K. (1983) y Desgracia (1999);  cabe mencionar que «In the Heart of the Country» (En medio de ninguna parte) fue adaptada al cine, dirigida por Marion Hänsel, bajo el título de «Dust». Por su parte, Steve Jacobs, dirigió «Desgracia».

Nada más. Solo confesar que después de leer esta novela de Coetzee ansío que caigan otras, ojalá todas de este escritor tan exquisito. Entre tanto, releo y medito sobre lo que nos dice el viejo magistrado durante una ardua travesía por el desierto:

«He oído que en situaciones extremas los bárbaros extraen la sangre de los caballos. ¿Viviremos para arrepentirnos de toda esta sangre profusamente desperdiciada en la arena?»

***

J.M. Coetzee nació en 1940 en Ciudad del Cabo y estudió en Sudáfrica y en Estados Unidos. Ha sido profesor de literatura en diversas universidades de prestigio, traductor, lingüista, crítico literario y, sin duda, es uno de los escritores más importantes que ha dado Sudáfrica, ganador del premio Nobel de Literatura en 2003. En 1974 publicó su primera novela, Tierras de poniente. Le siguieron En medio de ninguna parte (1977), con la que ganó el CNA, el primer premio literario de las letras sudafricanas; Esperando a los bárbaros (1980), también premiada con el CNA; Vida y época de Michael K. (1983), que le reportó su primer Booker, el premio más prestigioso de la literatura en lengua inglesa, y el Prix Femina Étranger; Foe (1986); La edad de hierro (1990); El maestro de Petersburgo (1994); Desgracia (1999), que le valió un segundo Booker; Infancia (1998), Juventud (2002), Elizabeth Costello (2003), Hombre lento (2005), Diario de un mal año(2007) y Verano (2009). También ha publicado varios libros de ensayo, entre ellos Contra la censura (1996), Las vidas de los animales (1999), Costas extrañas (2002) y Mecanismos internos(2007). Asimismo, le han sido concedidos el premio Jerusalem y el Irish Times International Fiction Prize. En España ha sido galardonado con el Premi Llibreter 2003 y el Premio Reino de Redonda creado por el escritor Javier Marías.

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