Irina

Irina. Empar Fernández. Versátil Ediciones. 

Por Cristina de @abrirunlibro

La diáspora de «Los niños de la Guerra» durante la Guerra Civil española, aquellos hijos de republicanos evacuados fuera del país a causa del avance de las tropas franquistas en las zonas llamadas «rojas», es un drama por el que ha sobrevolado durante muchos años, casi, el fantasma de la indiferencia.  De ello bien se encargó el propio franquismo negando la existencia de exiliados durante la dictadura y donde incluso, en 1950, la RAE eliminó de su diccionario la palabra «exilio». El aislamiento y el vacío político de aquellos niños fue únicamente socorrido por los países de acogida y, entre esos países, uno fue la lejana y fría Rusia. Casi 3.000 fueron los niños enviados a la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas entre 1937 y 1939 donde recibirían un caluroso y afectuoso amparo; pero el fatalismo les perseguiría ya que pronto el país se vería envuelto en la Segunda Guerra Mundial. Y los aquellos aún niños, volverían a sufrir los rigores de otra guerra pero esta vez en un país extraño y a miles de kilómetros de sus casas. 

Empar Fernández recrea en su nueva novela Irina, aquellos niños alejados del calor de sus familias a través de los ojos de una criatura que sobrevive a la tragedia de los que fueron llamados también «Niños de Rusia»: una niña de la Pola de Lena que un día embarca camino de la Unión Soviética contando con tan sólo ocho años de edad. 

Santiago Cadavieco, un hombre asocial y rutinario, conocerá de forma imprevista el pasado de Irina gracias a una muchacha, Oxana, recién llegada a Barcelona desde Moscú. Oxana, que además es una bellísima mujer, hará saltar por los aires la indiferente vida de Santiago. Éste se verá envuelto en la peligrosa urgencia de tener que tomar decisiones rápidas, algo a lo que no está acostumbrado, y verá cómo la amenaza altera el corriente día a día. 

La mujer de los ojos azules, la piel alba y los dedos largos era todo un misterio y hacía peligrar la tranquilizadora consistencia de sus hábitos. No sabía qué pensar. Se vio obligado a reconocer, contra lo que dictaba a voces su naturaleza contemplativa, que no le disgustaba el hecho de que Oxana volviera a irrumpir en su vida dos días después tal y cómo había prometido. Recordó haber leído algo referente a la incontestable atracción del abismo, de todos los abismos, de cualquier abismo. Algo que decía que si uno lo miraba fijamente, el abismo te devolvía la mirada. Por el momento, le echaría una mirada de refilón.

La evolución de Empar Fernández como autora de ficción es, para mí, algo muy necesario dentro de la literatura actual. Si parecía que la escritora iba a encaminar su bibliografía hacia la novela negra, de pronto aparecen dos libros bien alejados de las modas actuales. Libros como son Hotel Lutecia y ahora Irina, ambos enmarcados o clasificados dentro de lo que sería narrativa histórica. Dos espléndidas historias escritas con una excepcional sensibilidad y, aunque ambos tratan temas diferentes, disponen de una peculiaridad que los hace casi hermanos: el minucioso trazado del perfil de los protagonistas. 

En la novela de Irina confluyen pocos personajes pero la gran estrella es la niña evacuada de los horrores de la guerra civil. Con una característica esencial, Irina será de aquellos personajes que no sólo nos acompañará durante la lectura sino que es muy posible que nos acompañe también el resto de nuestra vida lectora. Un ser inventado pero tomado de la historia reciente a través de un libro con una gran carga social. Hablar de niños olvidados en una época en que las mentiras son consideradas verdades y las verdades una rebelión, es muy gratificante descubrir una novela donde el drama verdadero y real se encuentra en personas anónimas. 

Si en la primera y segunda parte conoceremos a un hombre asocial, deprimido —aunque él no es consciente—, vacilante, con un orden auto-impuesto, que verá cómo sus costumbres se ven alteradas por la vida de una tal Irina a la que no conoce de nada, y por una mujer, Oxana, que despertará en él emociones desconocidas —entrañable también el personaje de Santiago, tan extraviado y gris—, el final se convertirá en toda una serie de sucesos donde el crimen, el peligro y las huidas de todo tipo, dotarán de un sorprendente desenlace a una novela que nos explicaba la odisea no pretendida de una niña. Un cruce de argumentos que bien podría parecer en un primer momento difíciles de encajar pero que después se comprueba que casan más que bien en una trama espléndidamente recreada, narrada con la elegancia y delicadeza a la que ya nos tiene acostumbrados la escritora para una novela profunda que se hace dolorosamente breve.

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Empar Fernández (Barcelona, 1962) alterna la docencia con la escritura, tanto de ficción como de no ficción. Con su primera novela, Horacio en la memoria, obtiene el Premio Cáceres. Resulta finalista del IX Premio Unicaja de Novela Fernando Quiñones con El loco de las muñecas. Posteriormente publica, entre otros, Hijos de la derrotaLa cicatriz (Premio Rejadorada de Novela Breve) y Mentiras capitales. Ha quedado finalista del Premio Medellín Negro 2013 y del Ciudad de Carmona 2014. Con Maldita verdad (Versátil, 2016) obtuvo el Premio Tenerife Noir y ha sido finalista del Premio Hammett. En 2017 publicó Hotel Lutecia (Suma de Letras). Colabora ocasionalmente en prensa, como columnista, y como guionista en la producción de documentales históricos.

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