Tiempo de ratas

Tiempo de ratas. Marc Moreno. Editorial Milenio.

Por José Manuel López Marañón

Con todo merecimiento viene Marc Moreno (Barcelona, 1977) de ganar el 8º premio Crims de Tinta con su sexta novela, la deslumbrante Tiempo de ratas.

Para quienes no se hayan enterado Mario Vargas Llosa, aparte de un excepcional novelista, es un eximio profesor: disfrutando de La verdad de las mentiras o con este último libro suyo, Conversación en Princeton (Alfaguara, 2017), los aspirantes a escritor aprenderán muchísimo tanto del oficio como del puro goce –y esto va ya para cualquier aficionado a la literatura que es la lectura. Pues bien, el Nobel peruano conoce mejor que nadie la importancia que tiene la voz del narrador:

«El narrador es el personaje principal de toda novela. Hay alguien que cuenta lo que ocurrió y ese alguien nunca es el autor, sino una voz que inventa al autor.»

Y entre las múltiples virtudes que atesora Tiempo de ratas esa voz que se ha inventado Moreno para «despersonalizarse», creando el personaje –Charly– que narra la dura historia de Eloy, está en primerísimo lugar.

Charly es un amigo de Eloy y Mentiendes, que forman el típico grupo de marginales de barrio, procedentes de familias desestructuradas, sin trabajo ni estudios –el No future de hoy–, y que echan el día en parques y bares, entre porros y cubatas, y cuya máxima aspiración es bajar de cuando en cuando al Raval a la busca de «patrocinadores» para pillar unos gramos de fatu (cocaína). Resulta relativamente novedoso en nuestra literatura actual que el narrador sea también un personaje de la historia. Cuando ello sucede, al contar desde «dentro», este narrador puede expresar sus reacciones y sus juicios, opinando desde el punto de vista de uno más de los actores de la trama. Moreno borda, trabajando con gran solvencia técnica, esta elección y, lo mejor, da con ella frescura a su relato y esa sensación casi cinematográfica de unas vidas que pasan frente a nuestros ojos. Así, en el capítulo 37, cuenta Charly:

«Y los jóvenes elegimos los referentes equivocados. Caminos que solo conducen a más elecciones equivocadas. Cuando la primera elección que haces es errónea, reconducir el rumbo es complicado si te mueves en un mundo que no perdona un resbalón. Porque los resbalones se pagan. Por eso, cuando Eloy y yo nos detenemos en un banco del parque de la plaza de la Verneda y él ve de lejos al Rueda y al Sánchez junto al M3 azul de El 23, sabe que está resbalando.»

En nuestra época, determinada por el mercado, la mayoría de las novelas carecen de textura literaria y apenas se distinguen de los guiones de cine. Sin embargo, esta banalización de la prosa no impide la aparición de algunas obras resistentes y con consistencia. Tiempo de ratas es una de estas excepciones (el año pasado la sorpresa vino a cargo de Ful –Rafa Melero Rojo, Alrevés–). Escrita con capítulos cortos (algunos de una hoja), fundamentada en personajes que beben de arquetipos de la novela suburbial (fundada hace 50 años por autores como Marsé y Rabinad) y que son eficazmente trazados gracias a un par de vertiginosos trazos, la novela de Moreno, rápida asimismo en sucintas descripciones, tiene otro indiscutible punto fuerte en sus abundantes y siempre brillantísimos diálogos. Y es que se requiere mucha profundidad espiritual para hacer hablar con semejante precisión a un paisanaje arrancado de un desesperado estrato social y exaltarlo hasta convertirlo en un hito creativo.

Anatole France bautizó como belleza invisible a «esa forma de comunicación brutal, sucia, espesa –lo que se quiera– pero que me parece mil veces más verdadera, más mía, más caliente, que todas las bellas cosas que pudiera escribir y he escrito.» Ejemplos de esa invisible belleza los tenemos en cada página de Tiempo de ratas. Así:

Página 104: «Él eligió la mala vida con una sonrisa en la cara y ahora la mala vida se burla de él con una carcajada perversa.»

Página 183: «La incomodidad de caminar sin rumbo por unas calles llenas de inmundicia y de basura fuera de los contenedores, repletas de paro y desolación en los bancos de unos parques donde nunca pasa nada.» 

En su novela corta de 1947, La perla, John Steinbeck narraba como Kino, modesto pescador, halla una perla de incalculable valor con la que tanto él como su mujer creen haber encontrado la manera de salir de la miseria. Las calamidades que a partir de ese momento suceden les hacen ver lo equivocados que estaban… En Tiempo de ratas su vecino Andreu le pasa a Eloy una mochila con 8 kg de cocaína para que se la guarde. Animado Eloy por sus colegas Charly y Mentiendes todos empiezan a consumir de la droga y pronto se convierten en los reyes de La Verneda, lo que conlleva acostarse con pibones como la Jessica. Enterados los Lodowinsky, capos de la droga en el barrio, de la existencia de estos advenedizos, y apercibidos sus camellos de confianza –Chicho y El 23– de lo que está pasando, la aplicación de drásticas medidas no se hará esperar. Dos mossos d’esquadra –los corruptos El Sánchez y El Rueda– complican aún más si cabe la vida a Eloy, quien no tarda en comprender que la mochila abarrotada de droga, en realidad, fue un regalo envenenado…

Dudo que en este momento alguien pueda dar con una novela de la agilidad, sabiduría narrativa y entretenimiento como las que atesora Tiempo de ratas. En cualquier caso, háganse con ella. Se la recomiendo sin un solo pero.

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Marc Moreno (Barcelona, 1977) es periodista y director de la editorial especializada en novela negra Llibres del Delicte, además de comisario del festival de literatura y cine negro Vilassar de Noir. Como periodista ha trabajado para La VanguardiaPúblicoLonely PlanetTVE CatalunyaRàdio 4, entre otros medios. Como escritor ha publicado las novelas Cabdills (2011), Independència d’interessos (2013), Els silencis dels pactes (2014), La reina de diamants (2014) junto a Sebastià Bennasar, Llort y Salvador Macip, Contra l’aparador (2015) y Temps de rates (2017), con la que ganó el premio Crims de Tinta de RBA.

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