El hombre de las checas

El hombre de las checas. Susana Froutchmann. Editorial Espasa.

Por José Manuel López Marañón

En uno de los prólogos que Jorge Luis Borges redactó para su Historia universal de la infamia (1935), aclaraba que la palabra infamia aturdía en el título, pero que bajo los tumultos de sus personajes no había nada. Que todos ellos no eran otra cosa que vacua apariencia, superficie de imágenes. Para su cuarto libro, El hombre de las checas, la escritora barcelonesa Susana Froutchmann investiga a Alfonso Laurencic, personaje poco sosegado y al que Borges hubiera incorporado, gustoso, a su primer libro de prosa.

Alfonso Laurencic «el artista de la tortura», se lee en la portada, y la boca se me hace agua. Doy por sentado un interminable rosario de servicias en aquella Barcelona de 1937 dominada por el SIM (estalinista Servicio de Información Militar) y el PSUC, tras defenestrar, a sangre y fuego, al POUM de Andreu Nin (partido obrero de unificación marxista que nunca fue –aún hay que aclararlo– trostkista). Para sobresalir en esta durísima época, incluso como virtuoso de suplicios, era necesario un empeño que desconociera el descanso.

Así las checas de Laurencic, y sigo relamiéndome ante lo que viene, debieron ser un precedente a los campos de concentración nazis, pero también inspiración para centros de detención como los de Argentina en su dictadura militar, siniestros emplazamientos de cuya actividad da cuenta, dantescamente, el Informe Nunca más sobre la desaparición de personas. Y que no parezcan desatinadas o fuera de lugar estas derivas: el refinamiento en cualquier actividad, y más si es artística –e incluir la tortura aquí hará que muchos se lleven las manos a la cabeza–, parte siempre de un dilatado conocimiento de lo ejecutado con anterioridad.

Checas, en fin, para cuya construcción y diseño cuenta el SIM con este Alfonso Laurencic del que no tengo noticia y al que atribuyo una malignidad sin fisuras. Ese ser perverso en estado puro, me digo, no tendría cabida dentro de aquella banalidad con la que la filósofa alemana Hannah Arendt caracterizó las culpas innegables de Adolf Eichmann. Para quienes lo desconozcan, el organizador del transporte de los judíos a los campos de concentración nazis actuó siempre amparándose en órdenes recibidas. Eichmann solicitaba –exigía, terminantemente y por escrito, y cuanto más claras mejor– órdenes y más órdenes firmadas. Nunca hizo una sola sugerencia. En el juicio que lo llevaría a la horca trató de exculparse usando un concepto que hará furor en los procesos a tanto genocida sudamericano de uniforme: la «obediencia debida».

Ha llegado el momento de adelantar cómo la vida de nuestro protagonista, gracias a las minuciosas investigaciones que conforman El hombre de las checas, se convierte no en carnaza para la desmitificación, sino en crónica de un desmontaje: el de Alfonso Laurencic como consciente agente del mal («ese genio tenebroso que, al igual que Fouché, implantó el terror», Rafael López Chacón dixit). Un «Monstruo» que, ante nuestro estupor, deviene en un desprejuiciado vivales a quien su desahogado modo de vida acaba por llevar a la cárcel. Para sobrevivir en ella se ve obligado a interpretar un papel (punto de partida similar a la película El general de la Rovere); así, apoyado en una titulación falsa de arquitecto, Laurencic se postula a sus guardianes para diseñar innovaciones en las celdas de la checa en la calle Vallmajor, adonde ha sido trasladado. Tarea que repite en otra checa no menos importante de Barcelona, la que funcionó a pleno rendimiento en la calle Zaragoza.

Nacido en 1902 en Enghien-les-Bains, Alfonso es hijo de un próspero matrimonio austríaco obligado a salir de París tras el final de la Primera Guerra Mundial. Sargento de la Legión Extranjera y luego oficial en el Ejército yugoslavo, Laurencic llega en 1933 a Barcelona, donde su currículo empieza a inflarse: director de orquestas de variedades, pintor, ingeniero, políglota y… ¡Arquitecto! Afiliado a la UGT y a la CNT (para estar registrado como artista eran obligatorias tales afiliaciones), se hace espía. Con ese sueldo afronta los gastos que el selecto mundo al que pertenece desde su infancia obliga.

El «arquitecto» graduado en una supuesta Escuela Técnica vienesa ha sido detenido porque, aprovechándose de su posición como agente de contraespionaje, vende pasaportes falsos cobrando importantes sumas. Ingresa en uno de estos campos de concentración urbanos bautizados como «checas» y que desde mayo de 1937 –en lo que se denominó «el terror rojo»– controla un SIM de efímera vida pero de brutal eficacia en sus labores de represión sobre la retaguardia republicana.

Sin la menor simpatía ideológica hacia sus captores (siempre fue apolítico), Laurencic es aceptado para modificar las celdas de las checas y hacerlas, si cabe, más inhabitables. Con ello sólo pretende mejorar su estatus de preso.

«El ideólogo e impulsor de checas» ni fue arquitecto, ni músico, ni decorador. En las mazmorras de Vallmajor, en un régimen de libertad vigilada (que incluye poder ir a casa, asearse, vestirse y hasta recuperar el coche requisado), Laurencic perfecciona sus innovaciones. ¿En qué consistían? Fundamentalmente en elementos escenográficos. Así, sus celdas «psicotécnicas» aparecen plagadas de ladrillos colocados de canto por el suelo para dificultar los pasos del retenido. De las paredes colgaban dibujos del propio Laurencic inspirados en artistas de la Bauhaus berlinesa. Inventa las celdas-armario: con altura graduable de 1,40 a 1,60 metros medían 50 centímetros de ancho por 40 de profundidad impidiendo al preso permanecer firme. Los camastros, todos de cemento, tenían una inclinación de 20 grados para que nadie descansara de seguido. Metrónomos amplificados a diferentes velocidades, relojes que retrasan cuatro horas por día, y el color verde (que, dicen, potencia la tristeza) de las paredes ponen la guinda a la singular ergonomía de estos reducidos espacios.

Pero las mazmorras de las checas ya eran un horror antes de las aportaciones de Laurencic. Demonizarlo por esos cuadros, similares a los que hoy se disputan los mejores museos, o porque un metrónomo haga ruido o un reloj retrase y confunda, para Froutchmann solo ofrece una explicación. Tras la aplastante victoria a Franco le era imprescindible para sus fines propagandísticos sacar el mayor rendimiento de las salvajadas cometidas por ese «cautivo y desarmado» Ejército rojo, cuyos mandos principales –en una gran mayoría– habían podido huir del país con anterioridad al 1 de abril.

Retenido Alfonso Laurencic, y sin opción de fuga, para el dictador se convierte en un perfecto chivo expiatorio.

Sostiene asimismo su biógrafa cómo jamás participó en los interrogatorios a los presos de las checas, y que si, anteriormente, trabajó para los servicios de inteligencia republicanos se debió a que, en tiempos tan desesperados, supo desplegar sus innatas habilidades. Pero en realidad él despreciaba a la clase proletaria, era un «pijo» de la época. Capacidad de aventura, supervivencia y liderazgo no se le pueden negar. Falta de humanidad, soberbia y chulería, tampoco.

El hombre de las checas es una obra excepcional que surge de un proceso de búsqueda (a veces novelesco, siempre detectivesco) que sabe combinar prolijidad y audacia, mucha audacia por parte de Susana Froutchmann. La familia Laurencic desfila bajo la cruda luz de su flexo, casi policial. Y ella a todos dedica espacio, ya que en cada miembro encuentra claves que despejan la vida en sombras de Alfonso. Los padres, Julio y Melitta, el hermano Eugenio y –sobre todo– la mujer, quien años después será institutriz donde los Froutchmann: la silenciosa Meri, cuyos orígenes despiertan la curiosidad de la autora dando inicio a lo que acaba por convertirse en algo muy distinto a lo previsto: este libro, de cuya hechizante lectura salimos convencidos de que nada se ha quedado en el tintero. Me pasa con las mejores biografías, cuando digo: «Sólo me ha faltado tocar al biografiado» (y, muy rara vez, al biógrafo). Con El hombre de las checas vengo de tocar a ambos.

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Susana Frouchtmann Corachán es periodista, escritora, traductora, profesora de escritura creativa, comisaria de exposiciones y asesora en Comunicaicón y Gestión Cultural, a nivel nacional e internacional. Ideó, impulsó y colaboró con los equipos de nutrición del Hospital Germans Trias i Pujol y con el Institut Català d’Oncologia en la Guía de recomendaciones dietéticas- nutricionales en oncología que, desde marzo de 2012, se proporciona de forma gratuita a los pacientes de todos los centros públicos de oncología. Ha colaborado en La Vanguardia, El Observador, El Periódico de Cataluña, The Economist, Radio Nacional y Woman, entre otros. En la actualidad es contertuliana habitual en diversos medios audiovisuales.