El silencio de tus manos

El silencio de tus manos. Luisa Máñez Palop. Ars Poetica. 

Por José Manuel López Marañón

El primer poemario de Luisa Máñez Palop (Valencia, 1979) lleva como título El silencio de tus manos. En su introducción (esos «momentos de unión con la figura femenina anhelada…, ya que por medio de ella se expresa el espíritu enamorado…»), adivinamos que los versos tienen a otra mujer como destinataria. «Es un deseo absolutamente femenino que se expresa a través de unos versos directos y cálidos» me revela la autora personalmente.

Leo, queda claro, una poesía amorosa escrita por una mujer y dedicada a otra mujer. Ahora bien, si yo como hombre heterosexual me siento conmovido leyéndola, ¿querrá esto decir que la poesía de Luisa Máñez Palop trasciende el amor entre mujeres y alcanza al Amor, en general? ¿Yo –varón intruso–, debería sentirme extraño, cuando no culpable, por la intromisión?

Dejó dicho Jaime Gil de Biedma (sí, otra vez él. Reconozco que es mi faro para cualquier duda poética): «La voz que habla en un poema no es casi nunca la voz de nadie real en particular, puesto que el poeta trabaja la mayor parte de las veces sobre experiencias y emociones posibles, y las suyas propias solo entran en el poema –tras un proceso de abstracción más o menos acabado– en tanto que contempladas, no en tanto que vividas.»

Queriendo expresar su pasión, Luisa Máñez Palop, trabajando sus versos, ha logrado esa abstracción sobre sus experiencias individuales. Por eso las composiciones de El silencio de tus manos pueden ser sentidas y asumidas por cualquier naturaleza que haya sufrido las luces y sombras del sentimiento amoroso. Para esta autora sus vicisitudes han pasado de vividas a contempladas. Y de ese esfuerzo creador se deriva la clave de mi empatía hacia el resultado.

El silencio en tus manos consta de dieciocho intensísimas composiciones amatorias –así, a secas– coronadas por una última pieza (la única que lleva título: «Dolor») cuya lectura supone un replanteo al contenido de las demás.

Englobamos en un primer grupo poemas que suponen una parcial o total celebración del amor. Así en el I la autora renace al sentir cómo por sus venas circula la primavera; en el II resuenan ímpetus de enamorada en sus acercamientos a su amor-diosa; el III festeja el amor físico entre las amantes donde hasta la piel sobra en su ascenso al paraíso; no hace falta culminaciones tan exageradas: el poema IV recoge un momento de felicidad doméstico como el de peinarse una a otra; en el V las ansias de besar vienen anticipadas por una sonrisa; el VI nos cuenta cómo la telepatía une a los amantes verdaderos; el X canta al amor descomunal y liberador con felicidad exuberantemente contagiosa; el XI es una declaración a un amor imposible que acaba por ser divinizado; el XII incide de nuevo en los placeres físicos del amor: pasión y delicadeza fundiéndose; el XIII nos trae otra imagen cotidiana como resulta ser esa vigilancia del sueño de la amada que hace una entregada amante; el XV asegura cómo el simple hecho de escribir el nombre de la amada enloquece el corazón de su pareja; el XVI supone una enumeración de las prendas físicas antes del deseo carnal y el XVII es una marina de cálidos versos donde se metaforiza el amor con motivos marítimos.

Un segundo grupo ensombrece no poco los anteriores júbilos y va preparando al lector para la hecatombe. El poema VII plantea la incógnita de en qué quedarán las palabras que se dice la pareja, en si el recuerdo será capaz de poetizarlas; el VIII está atiborrado de noches de sexo sin amor imaginadas en moteles de carretera de oscuras habitaciones; en el IX cobra protagonismo, ante la ausencia temporal de la amante, la presentida soledad; el XIV hace un recuento de espacios celestes y urbanos por los que transita la enamorada pareja, espacios condenados a un silencioso vacío sin ella tras su desaparición y el penúltimo poema, el XVIII, alcanza ya el desastre: los deseos de la poeta porque de su vida desaparezcan los recuerdos de quien tanto la atormentan crecen hasta ponerla frente a un precipicio no tan metafórico…

El poema número XIX «Dolor» da un tremendo giro al poemario obligando a reinterpretar todas las composiciones que lo preceden, iluminadas ahora –todas ellas– con los claroscuros más dramáticos del cruel desamor. Con esta dolorosísima composición, en la que la poeta rememora una fecha trágica –que la ha volteado en el más puro dolor–, acaba ella por confesar cómo «mi alma ha muerto». Este desahucio espiritual me retrotrae aquellas palabras de Shakespeare en El mercader de Venecia: «¡Adiós, pues, llama de amor que me sostenía! ¡Te saludo, frío glacial del desengaño!».

Hacer poemas y no engañarse con ellos ni engañar al lector sólo lo consiguen poquísimos. Luisa Máñez Palop pertenece al selecto club.

XV

«Escribo tu nombre / y se me deshace el alma entre tus manos / para pasar a ser la tinta que lo besa en el papel. / ¡Corazón enaltecido, enloquecido! / porque parece que, / por un instante, / te hayas hecho realidad…»

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Luisa Máñez nació en Valencia en 1979, aunque actualmente reside en Castellón. Técnico Superior en Salud Ambiental de profesión y filóloga hispánica frustrada por devoción; amante del romanticismo alemán, del modernismo y de la sutilidad que envuelve la realidad invisible que sólo proporciona la poesía. El Silencio de tus manos es el primer poemario que escribe, siendo éste la búsqueda de un estilo, un faro entre tanta oscuridad personal. En él, la autora logra definirse mediante la búsqueda.