El crimen del sistema métrico decimal

El crimen del sistema métrico decimal. Miguel Izu. Editorial Almuzara.

Por José Manuel López Marañón

Con motivo de la V Semana Negra que organiza la revista Cita en la Glorieta, el Sábado 24/11/2018 Miguel Izu, autor de «El crimen del sistema métrico decimal» protagonizada por el comisario Arróniz, y Javier Alonso García-Pozuelo, padre del inspector Benítez, protagonista de «La cajita de rapé», harán una Ruta por Madrid, recorriendo algunos de los escenarios de sus novelas y los lugares claves para entender cómo era y trabajaba la policía en el reinado de Isabel II (1833-1868).

A continuación, en la madrileña Librería Compás (calle Gasómetro, 11) y bajo el título «Policías isabelinos», tendrá lugar un coloquio sobre este período histórico. Pilar Santamaría, Miguel Izu y Javier Alonso García-Pozuelo, serán presentados y moderados por José Manuel López Marañón.

Con la publicación de la reseña sobre la novela de Miguel Izu El crimen del sistema métrico decimal, desde Abrir un libro queremos desear a Javier Alonso García-Pozuelo y José Manuel López Marañón (coordinadores de esta Semana Negra) todo el éxito que merecen sus esfuerzos organizadores.

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El navarro Miguel Izu ha elegido el siglo XIX para ambientar El crimen del Sistema Métrico Decimal. Así, literalmente sumergido en los comienzos del reinado isabelino (1833-1868), fragua Izu su segunda novela utilizando modos narrativos propios del realismo. Semejante mimetización autoral ha conseguido el portento de trasladarme al Madrid de 1849 con iguales garantías literarias que las ofrecidas por Emilia Pardo Bazán, Juan Valera o Benito Pérez Galdós, los tres maestros patrios en esta manera de escribir.

Otros novelistas de hoy como Javier Alonso García-Pozuelo (La cajita de rapé) o Juan Ramón Biedma (Londres, 1891) han conseguido salir también triunfantes en este reto de transformarse en narradores rigurosamente decimonónicos.

Mi entusiasmo por tales inmersiones novelísticas de época termina cuando en mis manos cae alguna de esas abundantes obras que, sirviéndose de técnicas narrativas de hace doscientos años, edifican tramas cuyas vicisitudes acontecen en este ya bien entrado siglo XXI. Saltándose a la torera el abanico de innovaciones que introdujo el siglo XX para revitalizar los ya exhaustos argumentos del pasado siglo, los que «inventan» hoy esta modalidad de escritores me resultan insulsamente apañados. Al revés de lo ocurrido con Izu, no veo el momento de finalizar sus pesados libros (de arrasador éxito en cuanto a cifras de ventas se refiere, que conste).

La ciudad: De los 200.000 habitantes de aquel Madrid de 1849, su mitad –y las dos terceras partes de las mujeres– eran analfabetos. Para los lectores La Gaceta de Madrid publicaba folletines que tenían gran éxito. Poe y Balzac eran conocidos por unos pocos.

Estaba dividido Madrid en seis distritos parcelados en barrios en los que a sus celadores los asistía el Cuerpo de salvaguardias. Celadores y salvaguardias, siempre bajo las órdenes de comisarios como Arróniz, venían apoyados por «La ronda de capa», encargada de patrullar las calles de cada distrito (iluminadas ya por farolas de gas, sustitutas de las de aceite), unas calles que, en el del Prado, abarcaban, a lo largo de casi media legua, desde Alcalá hasta Atocha.

Eran unos años en los que la gente bien se bañaba una vez por semana en Casa Cordero, donde por 8 reales te dabas una ducha de surtidor. Para diario, el aseo se hacía con agua en jofainas. Las casas tenían letrina en el patio para uso vecinal.

Había afición al teatro (sólo en el distrito del Prado estaban el de la Cruz, el de la Comedia y el Español) y eran normales alborotos entre cómicos que acababan en trifulcas. Se acudía a tertulias como las del café de Pombo y luego se iba a jugar al monte o al ecarté en casas de juego clandestinas.

Las obras del ferrocarril que algún día unirán Madrid y Aranjuez ni habían arrancado. Perduraba el telégrafo de torres que permitía comunicar Madrid con París en seis horas. Pronto llegará el telégrafo eléctrico.

La política: La constitución de 1845, que permite gobernar al partido Moderado del general Narváez con dos tercios del Congreso de los Diputados, está suspendida en 1849. Multitud de abusos son amparados con tal medida. Así, los jueces nombrados por el Ministerio de Justicia lo son exclusivamente por criterios políticos. Detener a alguien sin formularse una acusación formal es otro síntoma de los tiempos que corren, algo que lleva a la prensa a hablar de «Dictadura Legal», de cómo el gobierno está enfangado en la corrupción y el despotismo.

Mientras se terminan las obras del nuevo edificio (estará en la Carrera de San Jerónimo), el Congreso se reúne en el teatro de Oriente. Actualmente se discute en pleno la Ley de Pesas y Medidas, importantísima para el progreso de la nación y que sustituirá a esos galimatías de medidas de peso, longitud y capacidad existentes en todas las regiones… y nunca iguales. El proyecto de ley molesta a todo enemigo del progreso, aunque, curiosamente, tenga a sus principales detractores dentro del propio partido que lo ha propugnado –a través del ministro de comercio, Juan Bravo Murillo, y el diputado Alejandro Oliván, sus máximos impulsores–. Al partido Moderado lo azota una guerra de facciones y las reacias a cualquier adelanto ostentan mucho poder.

Un amigo de Arróniz –Eugenio Salvador– dice algo igualmente válido para hoy:

«Dependemos del favor del partido Moderado para seguir en nuestros cargos. Sabes que con cualquier cambio de gobierno podemos convertirnos en cesantes. Si volvieran a gobernar los progresistas, nos enviarían a casa sin dudar ni por un momento que nosotros somos el bando opuesto.»

La insurrección carlista de Cabrera en Cataluña, a punto de ser sofocada, pone telón de fondo a una época de atentados en los que tanto Ramón María Narváez como la propia Isabel II han ido salvando sus vidas de milagro.

El Comisario Arróniz: Pedro Arróniz vive en una casa-comisaría (como reza el letrero del portal: «Comisario del distrito del Prado») en cuyo despacho, abierto hasta en domingo, se atiende al público, aunque a él, uno de esos barojianos hombres de acción, gusta más acudir allí donde se produce el delito.

Destinado en Cuba, tanto la mujer como su hijo murieron allí de la fiebre amarilla. De regreso a Madrid, gracias al influyente político Fermín Arteta, Arróniz consigue el puesto de comisario. Aunque sirva al gobierno de Narváez es partidario del general Espartero, a quien admira «porque sus títulos los ha ganado en el campo de batalla, no como esos nobles absolutistas que sólo buscan enriquecerse bajo las reformas políticas de Isabel II». El comisario corteja a la también viuda Elena, una maestra de ideas feministas que enseña en un colegio para huérfanas.

Arróniz, que cita a Calderón y Shakespeare, anda atento a las lecturas de Elena. Esto tendrá capital importancia durante el desarrollo de El crimen del Sistema Métrico Decimal. Faltando medio siglo para que la Criminología de sus primeros pasos como ciencia empírica las investigaciones dependen de las intuiciones de quienes las llevan a cabo. No hay métodos; cada caso es único.

Elena lee las memorias de Vidocq, célebre delincuente que pasaría a convertirse en informador de la Prefectura de Policía de París, y, con el tiempo, en jefe de la Brigada de la Sûretè, dedicada a la investigación criminal. Tras su confesión de incapacidad, Elena regala a Arróniz unas pautas salvadoras:

«Acuérdate de los métodos de Vidocq. No te quedes con lo aparente, persevera en conseguir información, ten en cuenta los datos que tengas delante e intenta razonar como los delincuentes. En este caso, como tus jefes.»

Para, un poco más adelante, traer a colación nada menos que a Poe:

«Lo más importante es saber qué se debe observar, la calidad de la observación suele ser más importante que la validez de las deducciones que puedas hacer sobre la información que hayas obtenido.»

El doble crimen: En el atentado del 5 de mayo de 1849 contra el ministro de comercio Bravo Murillo y el diputado Oliván mueren un ayudante de este y un lacayo del ministro. Un sargento que encabezaba una columna de soldados ordenó disparar sobre los criminales, matando a uno e hiriendo a otro. Los dos políticos consiguieron huir ilesos.

Los motivos políticos son los primeros en sopesarse: ¿tendrá algo que ver el atentado con la Ley sobre pesos y medidas que se tramita en el Congreso de los Diputados? La investigación es encargada al comisario Arróniz, que deberá llevarla de manera extraoficial –y bajo palabra de confidencialidad–. Fernández Enciso, el engreído pero eficaz jefe superior de policía, y jefe de Arróniz, sólo responde frente al ministro de Gobernación.

Gracias a Bartolomé Rodríguez, celador de extenso conocimiento de cada rincón de la villa, se llega a la pensión de la Tomasa. Allí estuvieron alojados, con nombres falsos, los asesinos. Interrogada, Tomasa declara que una tarde vio a Martínez (el asesino muerto, un conocido salteador de caminos realmente llamado Cayetano García) con un señor alto y elegante al que se dirigía como «el catedrático», de apellido Jarauta.

La detención de Nicasio Jarauta Rodríguez del Valle, supuesto organizador del atentado, complica aún más una investigación que su comisario encara con la única ayuda de su intuición, de los celadores a su cargo y de la colaboración que le presta Fermín Arteta (ingeniero militar del partido Moderado a cuyas órdenes sirvió Pedro Arróniz durante la primera guerra carlista).

A partir del capítulo 23, con el suicidio de Juan Arribas –el criminal herido–, Miguel Izu desovilla la madeja de El crimen del sistema métrico decimal, novela que tiene, entre otras virtudes, la de no ahogar en datos históricos lo argumental. Por el contrario, la recreación del Madrid isabelino palpitando en cada página regala a la trama vida, no quedándose en simple marco.

¡Ah! La polémica Ley de Pesas y Medidas se aprobó en julio de 1849. Aplazamientos con excusas varias pospusieron la aplicación del sistema métrico nacional en España hasta 1880. Y es que no tenemos remedio…

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Nacido en Pamplona en 1960, Miguel Izu, doctor en Derecho y licenciado en Ciencias Políticas y Sociología, es vocal del Tribunal Administrativo de Navarra. Ha ejercido como abogado y como profesor asociado de Derecho Administrativo en la Universidad de Navarra y en su Universidad Pública. Ha colaborado como docente con la Escuela de Policía de Cataluña y con la Escuela de Seguridad de Navarra. Ha sido concejal del Ayuntamiento de Pamplona, presidente de la Mancomunidad de la Comarca de Pamplona y miembro del Parlamento de Navarra. En su extensa obra figuran novelas como El crimen del sistema métrico decimal (Berenice, 2017), El asesinato de Caravinagre (Siníndice, 2014), numerosos relatos, ensayos -Navarra como problema. Nación y nacionalismo en Navarra (2001), El régimen jurídico de los símbolos de Navarra (2011, VII Premio Martín de Azpilicueta), El régimen lingüístico de la Comunidad Foral de Navarra (2013)- y compilaciones de artículos de prensa.