Hernández

Hernández

Por Liliana Souza.

Exige una lectura lenta y dedicada. Su obra promueve el recoveco, el esquive, una salida oblicua. Se posa en los márgenes, busca nuevos ejes sin anclar tampoco allí.

Volver a su literatura implica un viaje en el tiempo, viaje lleno de temblor y paradojas.

Hablo de Felisberto Hernández, compositor, pianista, escritor uruguayo. Considerado un hacedor brillante, inconfundible. Nace el 20 de octubre de 1902.

Publica desde muy joven, aunque en vida no alcanza mayor repercusión. Sus cuentos y novelas cortas rayan lo fantástico, recrean el universo de infancia y juventud. Liberan entre dientes lo que sorprende o duele. Muestran una mirada extravagante. Sus libros han sido traducidos al alemán, francés, inglés, italiano, griego y portugués. El primero, “Fulano de tal”. Otros, “Libros sin tapas”; “El caballo perdido”; “Nadie encendía las lámparas”; “Las hortensias”; “La casa inundada”. La obra póstuma, “Tierras de la memoria”.

«Yo diré una vez: mis cuentos fueron hechos para ser leídos por mí, como quien le cuenta a alguien algo raro que recién descubre, con lenguaje sencillo de improvisación y hasta con mi natural lenguaje de repeticiones e imperfecciones que me son propias. Y mi problema ha sido: tratar de quitarle lo urgentemente feo, sin quitarle lo que le es más natural; y temo continuamente que mis fealdades sean siempre mi forma más rica de expresión.»

Su forma más rica de expresión, el verdadero secreto de sus textos, reside en el don que tiene para embaucar. Para convencer. Hacernos creer que eso que narra es o ha sido así.

«Cuando yo tenía ocho años pasé una larga temporada con mi abuela en una casita pobre. Una tarde le pedí muchas veces una pelota de varios colores que yo veía a cada momento en el almacén. Al principio mi abuela me dijo que no podía comprármela, y que no la cargoseara; después me amenazó con pegarme; pero al rato y desde la puerta de la casita —pronto para correr— yo le volví a pedir que me comprara la pelota. Pasaron unos instantes y cuando ella se levantó de la máquina donde cosía, yo salí corriendo. Sin embargo ella no me persiguió: empezó a revolver un baúl y a sacar trapos. Cuando me di cuenta que quería hacer una pelota de trapo, me vino mucho fastidio. Jamás esa pelota seria como la del almacén. Mientras ella la forraba y le daba puntadas, me decía que no podía comprar la otra y que no había más remedio que conformarse con ésta. Lo malo era que ella me decía que la de trapo sería más linda; era eso lo que me hacía rabiar. Cuando la estaba terminando, vi como ella la redondeaba, tuve un instante de sorpresa y sin querer hice una sonrisa; pero enseguida me volví a encaprichar. Al tirarla contra el patio el trapo blanco del forro se ensució de tierra; yo la sacudía y la pelota perdía la forma: me daba angustia de verla tan fea; aquello no era una pelota; yo tenía la ilusión de la otra y empecé a rabiar de nuevo. Después de haberle dado las más furiosas “patadas’ me encontré con que la pelota hacía movimientos por su cuenta: tomaba direcciones e iba a lugares que no eran los que yo imaginaba; tenía un poco de voluntad propia y parecía un animalito; le venían caprichos que me hacían pensar que ella tampoco tendría ganas de que yo jugara con ella. A veces se achataba y corría con una dificultad ridícula; de pronto parecía que iba a parar, pero después resolvía dar dos o tres vueltas más. En una de las veces que le pegué con todas mis fuerzas, no tomó dirección ninguna y quedó dando vueltas a una velocidad vertiginosa. Quise que eso se repitiera pero no lo conseguí. Cuando me cansé, se me ocurrió que aquel era un juego muy bobo; casi todo el trabajo lo tenía que hacer yo; pegarle a la pelota era lindo; pero después uno se cansaba de ir a buscarla a cada momento. Entonces la abandoné en la mitad del patio. Después volví a pensar en la del almacén y a pedirle a mi abuela que me la comprara. Ella volvió a negármela pero me mandó a comprar dulce de membrillo. (Cuando era día de fiesta o estábamos tristes comíamos dulce de membrillo). En el momento de cruzar el patio para ir al almacén, vi la pelota tan tranquila que me tentó y quise pegarle una “patada” bien en el medio y bien fuerte; para conseguirlo tuve que ensayarlo varias veces. Como yo iba al almacén, mi abuela me la quitó y me dijo que me la daría cuando volviera. En el almacén no quise mirar la otra, aunque sentía que ella me miraba a mí con sus colores fuertes. Después que nos comimos el dulce yo empecé de nuevo a desear la pelota que mi abuela me había quitado; pero cuando me la dio y jugué de nuevo me aburrí muy pronto. Entonces decidí ponerla en el portón y cuando pasara uno por la calle tirarle un pelotazo. Esperé sentado encima de ella. No pasó nadie. Al rato me paré para seguir jugando y al mirarla la encontré más ridícula que nunca; había quedado chata como una torta. Al principio me hizo gracia y me la ponía en la cabeza, la tiraba al suelo para sentir el ruido sordo que hacia al caer contra el piso de tierra y por último la hacía correr de costado como si fuera una rueda. Cuando me volvió el cansancio y la angustia le fui a decir a mi abuela que aquello no era una pelota, que era una torta y que si ella no me compraba la del almacén yo me moriría de tristeza. Ella se empezó a reír y a hacer saltar su gran barriga. Entonces yo puse mi cabeza en su abdomen y sin sacarla de allí me senté en una silla que mi abuela me arrimó. La barriga era como una gran pelota caliente que subía y bajaba con la respiración. Y después yo me fui quedando dormido.» (“la pelota”)

En Felisberto Hernández, el escritor eclipsa al pianista, aunque su obra es rítmica y está impregnada de musicalidad.

Las historias se mueven bajo una luz que resalta ángulos e imperfecciones. También, bajo sombras. Hay autores que sólo permiten una lectura literal. Otros que por su densidad obligan al lector a interpretar, disentir, conjeturar, apropiarse de sentido, ser parte del misterio e intentar develarlo. Entre estos últimos, Felisberto es quien deja huella y resiste el devenir del tiempo. Con su visión melancólica y desencantada de las cosas. Con la liviandad de pájaro en cada movimiento. Con la leucemia aguda. Con el deseo loco de prolongar la vida, como única certeza. Muere, el 13 de enero de 1964.

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Liliana Souza nació en 1958,  en Avellaneda. Actualmente reside en Don Bosco, Quilmes, Pcia. Buenos Aires, Argentina y donde coordina un Taller Literario.

Como poeta obtuvo 19 primeros premios nacionales,  y  reconocimientos en España y EE.UU.

Sus trabajos se incluyen en antologías, diarios, revistas y sitios web. También en libros publicados en Méjico y España.

Difundió poesía editando los espacios “Quilmespoesía”,  “poemás”  y  “poemás o menos”,  con el auspicio de la Universidad Nacional de Quilmes y Biblioteca Pública José Manuel Estrada.

Colabora con Agenda del Sur, Diga 33,  Paloma y La palabra que sana,  escribiendo artículos sobre literatura.

En 2010 publicó “esa otra forma”.

En 2012 “cuarto de costura”.

En 2015 “la doliente”.