Retuerta

Retuerta. Jorge Omeñaca. Editorial Adeshoras.

Por José Manuel López Marañón

A la hora de reseñar esta opera prima del escritor Jorge Omeñaca (Zaragoza, 1981) hay que decir que, esencialmente, cuenta una historia de iniciación a la vida adulta: la del niño ciego Israel sobre los terrenos de una ficticia comarca. Antes de abordarla citamos dos novelas cuya presencia deja impronta en Retuerta.

La carretera, de Cormac McCarthy (publicada en 2006), era un angustioso relato de supervivencia en el que un padre y su pequeño hijo trataban de encontrar un refugio duradero en un mundo al que había llegado el Apocalipsis. La prosa desgarrada de McCarthy no se andaba con remilgos a la hora de revivir un recorrido lleno de peligros y abarrotado por vagabundos y caníbales. El lector compartía con los protagonistas los mismos terrores, sus exaltaciones y también la tentación de acabar con todo para no prolongar más el sufrimiento.

Para su debut con Intemperie (2013), Jesús Carrasco elegía otra historia de formación con niño. En este caso se nos hablaba de las esencias de la vida con profundidad y sutileza gracias a ese protagonista –un chico escapado de casa– quien, acompañado por un viejo cabrero, lograba mantener la pureza en otro durísimo derrotero de fuga angustiosa. La alucinada prosa de Carrasco, detallista e hipnótica, obligaba a una lectura pausada, maravillada, que acompañaba bien a aquella obra conmovedora.

La mirada del niño ciego Israel es la auténtica protagonista de Retuerta. A través de esa imaginación e intuición que cualquier invidente debe desarrollar, los lectores «vemos», oímos, sentimos y olemos lo que acontece durante las 250 páginas de una narración bien sostenida en primera persona y completada con esa prosa que la acompaña sin ahogarla en barroquismos (nos ha recordado la del mejor Delibes) ni enredarla tampoco gracias a un exceso de terminología rural (aunque a veces debamos recurrir al diccionario para averiguar los significados de paridera y huebra, el autor no ha abusado de ello).

El recorrido de esta novela indaga de abajo arriba la –suponemos que imaginaria– comarca de Retuerta: desde sus tierras bajas del sur (donde Israel, ese chaval de 14 años que perdió la vista a los 10, ha vivido con su madre) hasta las montañas del norte (donde está la cabaña de su padre). Así, de «una casa con muros de piedra caliza sin revocar y techos altos cerrados por gruesas vigas de madera», lugar tan querido y pronto añorado por Israel, pasamos a esa «cabaña de troncos, que ni tiene porche».

Israel y su padre –Octavio– escapan de dos hombres que los persiguen desde el mismo instante en que Octavio se presentó en la casa, a la muerte de su mujer, parece que con intenciones de hacerse cargo del chaval. La inopinada llegada del malo de la historia –Arcadio– acompañado por su hermano pequeño, «El mudo», trae consigo la destrucción y el fuego. Buscan a la madre del niño por toda la casa y, aunque Israel les informa de cómo ha muerto, no lo creen. Los hermanos encuentran al padre en el sabinar y en la pelea Octavio mata al Mudo con su navaja desgarrándole el cuello. Arcadio destroza e incendia la casa y la paridera, carbonizando a las 37 ovejas.

Lo que Jorge Omeñaca se encarga de contarnos después es el durísimo itinerario que Israel y Octavio hacen para arribar a la casa norteña, a esa idealizada cabaña que los aguarda en las montañas de Retuerta. El interés de la novela quizá decaiga algo en capítulos más meditabundos, así cuando padre e hijo especulan sobre la existencia de Dios (en el 9), o en esos otros dedicados a mostrar aprendizajes varios (el capítulo 22 explica cómo limpiar correctamente la cornamenta de un ciervo; el 31 es un pequeño tratado sobre caza) y, asimismo sucede esto con algún sueño insertado. El autor se las arregla para acoplar esos tiempos muertos a la trama.

Durante la huida a Israel le surgen serias dudas sobre la identidad de su padre (hay recuerdos, certeros flash-backs que lo ponen en guardia), pero las vicisitudes de la fuga, una fuga trufada de peligros por la siempre amenazante sombra de Arcadio que quiere vengar la muerte del hermano, y, –ya de paso–, ajustar cuentas del pasado con Octavio, no dejan tiempo para todo lo que no sea saltar a pozas desde encrespados barrancos, sortear diestros disparos de escopeta, cazar escuálidas piezas con artesanales cepos y, sobre todo, pasar mucha hambre y sed.

El camino hacia el norte se hace eterno, convirtiéndose en una pesadilla para Israel y Octavio (hasta algún personaje trazado para resultar positivo –como ese comerciante Hermes que les da cobijo– ofrece sospechas). Cuando lleguen a la cabaña del padre, las dudas del hijo se resolverán, por fin, con el brutal desenlace de esta historia con legítimos aromas de fábula steinbeckiana.

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Jorge Omeñaca (Zaragoza, 1981) vivió en Villafranca de Ebro y estudió Administración y Dirección de Empresas en la Universidad de Zaragoza. En diferentes períodos de su vida pasó por Italia, Reino Unido y Taiwán antes de afincarse definitivamente en Madrid en el año 2009. Ha desarrollado su carrera profesional en el campo de la consultoría estratégica, actividad que compagina desde años con la escritura. Retuerta es su primera novela. En la actualidad trabaja en un segundo libro.