Los casos del comisario Croce

Los casos del comisario Croce. Ricardo Piglia. Anagrama.

Por José Manuel López Marañón

Aquejado de la terrible enfermedad que nos lo llevó, el grandísimo escritor argentino Ricardo Piglia (1941-2017), paralizado por una esclerosis lateral amiotrófica (ELA), pudo completar su última obra gracias a un hardware llamado Tobii que permite escribir con la mirada. Acostumbrados a los vertiginosos avances de la informática casi no sorprende ya enterarse de la existencia de prodigios como este, que lindan con el milagro. Y de gran tamaño debe serlo el Tobii, porque el libro que el aquejado Piglia compuso utilizándolo, Los casos del comisario Croce, está ideado desde la plenitud de sus facultades intelectuales, y redactado –se percibe– con la más regocijante serenidad creativa.

Tobiis aparte siempre hemos tendido a imaginar las últimas obras de los grandes autores como resultado de titánicos esfuerzos, fruto, en algunos casos, de la abnegación sobrehumana que debe ser escribir entre postreros estertores. Se sabe que Marcel Proust remató En busca del tiempo perdido encerrado en su célebre habitación acolchada, alimentándose de croissants y cafés con leche, y entre los feroces accesos de asma que terminaron por conducirlo a su sepultura en Père-Lachaise. También es conocida la arrebatada vehemencia de Roberto Bolaño para concluir a tiempo su obra más extensa, 2666, en una carrera contrarreloj con la muerte, prácticamente con un pie en la tumba y a la espera de un trasplante de hígado que nunca llegó.

No debe temer el comprador de Los casos del comisario Croce estar frente a uno de esos «libros póstumos» encontrados ‘inesperadamente’ en algún cajón de ese autor famoso, recientemente fallecido, y que no tarda en salir al mercado. A menudo resultan ser vergonzantes manuscritos, saldos de aficionado que la figura consagrada desechó para la publicación y que sólo conservaba –es de suponer–, como eficaz advertencia para no repetir errores. Siendo un excepcional narrador, el prestigio del chileno Roberto Bolaño tras su fallecimiento en 2003 –que coincidió con la publicación de 2666–, se ha visto mermado con la aparición de una avalancha de títulos muy mediocres (la excepción sería Los sinsabores del verdadero policía) que jamás debieron entrar en la imprenta, algo solo explicable por la insaciable voracidad editorial.

Afortunadamente, decía, no es esta la circunstancia del último libro de Piglia. Autor de varios volúmenes de cuentos y de tres imprescindibles diarios, son sus cinco novelas las que lo convierten en autor de culto en el mundo entero. Si hubiera que elegir una sin duda me quedaría con Plata quemada (Anagrama, 2000), esa infaltable obra maestra de la literatura en castellano. En ella se narra con extraordinario y mantenido pulso el robo a un banco de Buenos Aires y la posterior huida de los atracadores a Montevideo, donde acaban siendo cercados por la policía. El Nene Brignone y el Gaucho Dorda, los homosexuales extraviados por la droga y sin entrañas de esta violentísima crónica policíaca son –para mí–, los mejores personajes de ficción en lo que va de siglo. La trama sortea cualquier previsible territorio del noir para convertirse en una profunda e inolvidable radiografía de la mente psicótica.

Croce, protagonista de Los casos del comisario Croce, aparecía ya en aquella buena novela que fue Blanco nocturno. Ambientada en un pueblo de la provincia de Buenos Aires se investigaba el asesinato de un joven que se había liado simultáneamente con las hijas de una de las principales familias del lugar.

De secundario en Blanco nocturno a personaje central en la obra póstuma de su padre literario, el progreso de Croce resulta evidente. Antes de comentarlos digamos que los casos que investiga y desentraña nuestro comisario suponen un repaso a la literatura policíaca escrita hasta la fecha y que en ellos encontraremos perceptibles rastros tanto de Chesterton, Conan Doyle, Poe o Borges (Piglia se ocupa de los grandes: a las mediocridades del género las ignora olímpicamente).

El método de investigación del comisario (en varios relatos ex comisario ya) consiste «en buscarle siempre la quinta pata al gato»:

«Nunca me preocupo por las causas de un crimen, solo me interesan las consecuencias, lo que ha sucedido después. El crimen es un mensaje. No debe ser analizado en sus motivaciones, sino en su forma –las pistas, los rastros–, y sobre todo en la relación que mantiene con la multitud de detalles inadvertidos.»

En La música Croce ayuda a un yugoslavo preso a demostrar su inocencia en el crimen que costó la vida a una camarera. Al hablar el encarcelado solo en croata, el comisario y él deben entenderse con dibujos. En La película una cinta porno con la que se pretende chantajear al Ministro del Interior, resulta estar interpretada por una mujer cercana al comisario: durante la proyección, y antes de decidir comprársela al chantajeador, Croce no puede evitar las lágrimas. En El astrólogo, relato de memorable aroma ‘arltiano’ (lean Los siete locos, por favor), el comisario Croce recuerda sus vanos intentos de apresar a Leandro Lezín, un terrorista que atracaba joyerías para proveer de fondos a su revolución. En El jugador Croce se enfrenta al extraño ahogamiento de un abogado, ludópata de casino que la noche anterior a su muerte había ganado gran cantidad de dinero. La chamarra del finado ayuda a establecer conclusiones. En La excepción el fusilamiento hace 100 años de un cirujano en la batalla de Caseros (librada entre federalistas y unitarios), intriga a Croce y a un historiador. Siguiendo su particular metodología policial, los análisis, casi ‘borgeanos’, de los versos que dejó el cirujano desentrañan el motivo real por el que fue llevado al paredón. En El impenetrable la búsqueda de un ingeniero que ha abandonado su cómoda vida para terminar trabajando de tornero en un astillero esconde una parábola sobre la pérdida de los ideales políticos. En La señora X, un confuso y, a propósito, mal contado relato (se pasa arbitrariamente de la primera a la tercera persona y el lenguaje resulta entre chabacano e incoherente) servido por una mujer que gana bastante dinero en un casino y que luego es secuestrada y violada por dos hombres, se pone de manifiesto el aserto: «La mentira es a veces un camino para que triunfe la ley». En La promesa un curandero roba la Virgen de Luján (Virgen Patria y Patrona de la Argentina) y organiza procesiones de peticionarios que pagan con dinero y exvotos. Escenas ‘felinianas’ con televisión y radio las 24 horas del día ilustran el dicho de que «la fe es una demencia colectiva». En La conferencia Croce, un joven investigador policial, asiste, junto con la bibliotecaria del pueblo, a un coloquio que sobre la literatura policial (cuatro páginas que no tienen desperdicio) ofrece el ya ciego Jorge Luis Borges. Después al maestro aún le quedan neuronas para desentrañar un crimen local. En El tigre, y ejemplificándolo con tres casos, se desentraña el método de inferencia silogística empleado por Croce (o sus hipótesis de sentido común), como método de trabajo. Aunque en el caso de un jugador de póquer afortunado que es asesinado por sus dos oponentes el método no responda, sí lo ayuda a entender a ese hijo que rescata a su padre del cementerio, o a dilucidar los motivos de los crímenes cometidos por un discapacitado intelectual, en exceso sensible a que dañen su dignidad. En La Resolución, investigando varias muertes, el comisario Croce vuelve a poner en práctica su método, al que resume en tres puntos. 1) Extraordinaria capacidad de observación, algo que lo emparenta con un rastreador. 2) La deducción arriesgada, las inferencias hipotéticas y la disposición casi adivinatoria para sacar conclusiones: sus «corazonadas» o «pálpitos». 3) Pensar con la cabeza del asesino o su intuición para razonar como si fuera «el otro».

«Cuando uno está metido en crímenes y delitos y anda buscando a fugitivos, se le endurece el corazón y se le nubla la vista. Pero si pasa del otro lado y se vuelve un perseguido, comprende mejor la vida. Todo es turbio y malvado en la existencia. La línea del mal y el bien es frágil y se va de un lugar a otro en un suspiro.»

Los casos del comisario Croce de Ricardo Piglia: un regalo para acertar en estas Navidades.

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Ricardo Piglia (Adrogué, Buenos Aires, 1940), profesor emérito en la Universidad de Princeton, está unánimemente considerado un clásico de la literatura actual en español. Ha publicado en Anagrama sus cinco novelas, Respiración artifi cial, La ciudad ausente,Plata quemada (llevada al cine por Marcelo Piñeyro), Blanco nocturno El camino de Ida; los cuentos de Nombre falso, La invasión Prisión perpetua; y los textos de Formas breves, Crítica y ficción, Elúltimo lector Antología personal, que pueden ser leídos como los primeros ensayos y tentativas de una autobiografía futura, que cristaliza en Los diariosde Emilio Renzi, esperadísima obra dividida en tres volúmenes, de los que se publicó en 2015 el primero, Años de formación, y ahora aparece el segundo. La acogida crítica de Piglia en España ha sido realmente excepcional: «Espectacular desembarco» (Ignacio Echevarría, El País); «Una de las cabezas más lúcidas del actual panorama latino hispanoamericano, no sólo argentino» (Joaquín Marco, El Cultural); «Hay pocos escritores necesarios que estén demostrando, hoy día, la vitalidad de sus propuestas intelectuales» (Jordi Carrión, Avui); «Ricardo Piglia, el clásico rebelde» (J. A. Masoliver Ródenas, La Vanguardia). A los numerosos reconocimientos recibidos (Premio de la Crítica, Premio Rómulo Gallegos, Premio Bartolomé March, Premio Casa de las Américas, Premio José Donoso) se suma en 2015 el Premio Formentor de las Letras en reconocimiento a su trayectoria, como «autor de una obra narrativa que se desenvuelve armónicamente entre la originalidad y la cultura popular, y la tradición más exigente», en palabras del jurado.