«Proyecto de futuro» de J. D. Martín Bartolomé, un cuento de fantasmas para esta Navidad

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Llega otra Nochebuena y para cumplir con la tradición de las «ghost stories», J. D. Martín Bartolomé nos obsequia, nuevamente, con un cuento inédito de fantasmas. Tengan o no tengan chimenea, árbol de Navidad, o cualquier otro artilugio tradicional, antes de leer este cuento, busquen cobijo.  

Proyecto de futuro

Por J. D. Martín Bartolomé @lojuroxtatuaje

Por fortuna para mí, Mari Carmen nunca dio importancia a las historias de fantasmas ni a las imposiciones de su familia.

Procedía de una de esas viejas castas burguesas de Barcelona, acostumbradas a relacionarse y casarse con gentes de igual condición y pareja fortuna, muy superior a la mía.

Yo era propietario de una pequeña librería en la calle del Pont Vell, en Besalú, situada muy cerca del centro, en uno de esos locales de piedra medieval que tanto encanto proporciona a nuestro pueblo. Vivía en la pequeña casa de dos plantas situada sobre el local, y mía era también la casa encantada, en las afueras del municipio.

Muchas generaciones de mi familia habían vivido en ella, cultivando cebada en las tierras cercanas o disfrutando de las rentas que les pagaban los aparceros. Poco a poco, los campos fueron malvendiéndose o dividiéndose entre los herederos y el patrimonio familiar se redujo generación tras generación, aunque la leyenda que empañó la memoria de nuestra familia nació en la guerra de los Matiners, o Segunda Guerra Carlista si se prefiere, en la que mis antepasados eligieron el bando perdedor, siendo el dueño de la casa encantada capitán de caballería en la contienda.

A su regreso, tras la derrota de 1849, hubo de enfrentar problemas políticos y económicos, además del repudio de una esposa que le despreciaba por el fracaso de la causa y por haberse convertido en un tullido al perder el uso de su brazo izquierdo en la contienda, según me contaba mi abuelo en mi niñez, mientras cruzábamos la judería o paseábamos por las que antes fueron nuestras tierras.

Mejor le habría ido a mi antepasado huir a Francia, como tantos otros hicieron, que quedarse en una casa donde era despreciado. Su esposa acabó por amancebarse con uno de los aparceros, más por odio a él que por amor al campesino, y tras ser sorprendidos en el dormitorio por aquél, se produjo una escena de vergonzosa violencia. Mi abuelo me contaba que los dos hombres pelearon y que el capitán amenazó con repudiar a la esposa y echarla de la casa, amenaza de la que ella se rió en su cara, pues todo pertenecía a su familia. El soldado atravesó al campesino con su espada, que cuelga ahora sobre la chimenea y bajo el retrato de mis abuelos, dirigiéndose después a la mujer para culminar su venganza. Entre risas crueles, ella le dejó claro que su muerte le convertiría en un paria, en un proscrito sin futuro. Al parecer, sólo la riqueza de su familia y las buenas relaciones que éstos tenían con los vencedores protegían al capitán de las represalias que su idealista intervención en la guerra provocarían.

Comiéndose la vergüenza, él cedió finalmente. 

Imagino la infelicidad de aquél matrimonio, cómplice en la muerte del aparcero, odiándose cada uno de los días compartidos, conviviendo sólo por esas convenciones sociales que tanta desdicha provocan. Desde ese día, ella se negó a abandonar la propiedad, ni siquiera para pasear por las calles de Besalú, temerosa tal vez de que el capitán encontrase una forma de impedirle volver, y él acabó por buscar la muerte en la Guerra de África, diez años después, donde consiguió alistarse pese al brazo inútil y sus antecedentes políticos.

Con el paso del tiempo, anciana y amargada, falleció ella entre las paredes de nuestra casa, las que consideró suyas con toda la rabia de la demencia, dejando a sus herederos más pobres y avergonzados por las locuras de sus últimos años; mal mirados por los vecinos del pueblo.

La familia acabó por trasladarse al casco urbano y desde entonces vivimos en el domicilio de Pont Vell. En ocasiones, las tierras y la casa solariega se han alquilado, pero pocas veces durante mucho tiempo. La casa parece rechazar a sus inquilinos, que hablan de corrientes frías y ruidos extraños, de la risa macabra que se escucha por las noches, y de leyendas de pueblerinos que cuentan que el aparcero, enterrado por el matrimonio en nuestras tierras, pasea aún por ellas en busca de venganza.

Mari Carmen sonreía cuando yo le contaba los antiguos cuentos de Besalú, las historias familiares o los mitos de la judería, de la espada de San Martín y todos los que adornan nuestra tradición. Quiso pronto conocer la casa, y allí pasamos nuestra primera noche juntos, abrigados por el calor de la vieja chimenea y el que nuestros cuerpos ansiosos producían al rozarse. Paseábamos por la propiedad y ella fantaseaba entre risas con el lugar de entierro del pobre campesino, aunque yo me empeñaba, sonriendo con ella, en que aquello no era más que habladurías que mi abuelo me había contado siendo niño, y que también me había explicado toda la verdad sobre la historia familiar.

Ella se encogía de hombros y me besaba despacio, susurrándome que la única verdad importante éramos nosotros.

Su familia, como ya he dejado dicho, gozaba de una fortuna que me convertía, en comparación, en un pobre de solemnidad. Al saber que yo era dueño de una librería, y además que estaba terminando mi primera novela basada en la historia de Besalú, pasaron a considerarme un idealista sin fortuna, un soñador carente del temperamento práctico que deseaban para el marido de su hija, e hicieron lo posible por acabar con nuestra relación. Sin embargo ella luchó por nosotros, y aunque a punto estuvo de romper completamente con su familia, Mari Carmen siempre conseguía salirse con la suya.

Nos casamos en primavera, en Sant Martí, la preciosa iglesia románica de Besalú, y aunque los suyos mostraron más conformismo que entusiasmo, las cosas nos fueron bien. Arreglamos la vieja casa porque Mari Carmen quiso vivir allí. Se había enamorado de los antiguos muros y de la paz que se respiraba en cada rincón, pese a que muchos vecinos seguían contando versiones más o menos deformadas de la leyenda, y no pocos le confesaron entre sonrojadas risas que, de niños, jugaban a ver quién era más valiente, visitando la propiedad de noche.

Pero ni los ruidos, ni los puntos fríos, ni siquiera el día en que la comida del frigorífico apareció estropeada pese a que el aparato no tenía ninguna avería, hicieron que Mari Carmen perdiese un ápice de su entusiasmo por la casona. Nos trasladamos definitivamente a ella a principios de junio, coincidiendo con la fecha en que mi viejo pariente regresó a casa, tras la amnistía gubernamental a los carlistas, tantas décadas antes.

Por esa época yo había terminado mi novela y esperaba la respuesta de alguna editorial. Llegó en la primera semana de julio, y concerté una cita en Barcelona con el editor. Mari Carmen estuvo de acuerdo en que viajase solo, y reservé habitación en el hostal Martina, un acogedor edificio Art Nouveau a sólo diez minutos del Paseo de Gracia. Justo antes de partir sorprendí a mi esposa regalándole el antiguo anillo que reservaba para una ocasión especial.

Ante su sorpresa, le expliqué que la joya había pertenecido a mi familia desde tiempos inmemoriales, adornando siempre la mano de la señora de la casa, pasando de madre a hija y simbolizando en gran medida la estabilidad y felicidad de mi linaje. Con un nudo en la garganta le dije que ella era el símbolo de esa estabilidad y la fuerza de mi futuro y mi fortuna, y tras ponérselo, me abrazó con tal pasión que acabamos haciendo el amor en el salón de la casa.

Pasé dos noches en Barcelona, aprovechando para hacer algo de turismo y visitar a viejos amigos antes de mi cita con el editor, dejando mi coche en un parking y usando el transporte público siempre que  me era posible. No descuidé guardar cada ticket, cada entrada a museos o los resguardos de mi tarjeta de crédito, que usé con preferencia al efectivo. La primera noche llamé a Mari Carmen y hablamos durante casi una hora. Ella estaba eufórica, convencida de que el viaje culminaría en éxito y yo lograría mi sueño. No pude estar más de acuerdo.

Nos despedimos bromeando sobre los viejos fantasmas que eran su única compañía aquella noche, y comentando lo fresco que era el tiempo en Besalú para aquella época del año, y me acosté con un nudo de nervios que me impidió conciliar el sueño.

Al día siguiente me reuní con el editor, representante de una pequeña editorial muy centrada en la novela histórica que crecía lenta pero constantemente, y tras una agradable cena seguida de algunas copas en locales del centro, me retiré a mi pensión con un pre-acuerdo verbal del todo satisfactorio. No olvidé pagar algunas consumiciones con mi tarjeta de crédito ni llamar a Mari Carmen cuando volví al hotel, y aunque ella no contestó a la llamada, envié varios mensajes durante la noche contándole mis sensaciones positivas tras la reunión y excusándome por llamar tan tarde, diciendo cosas como “supongo que ya estarás dormida”, “estoy deseando verte y contarte cómo ha ido todo” y demás parlamentos que cabe esperar de un marido enamorado. Aquella noche dormí de un tirón, seguro de que mi fortuna y mi futuro estaban garantizados.

Todas las llamadas, uso de las tarjetas, resguardos y testigos me resultaron muy útiles al día siguiente, cuando los Mossos se pusieron en contacto conmigo para comunicarme el fallecimiento de Mari Carmen.

Sus padres, que habían acudido a visitarla aquella mañana, fueron quienes encontraron el cadáver atravesado por la vieja espada que colgaba sobre la chimenea. Ni ellos ni los agentes pudieron albergar ninguna duda sobre mi inocencia, ya que me sobraban testigos y justificaciones, y el asesinato quedó por siempre sin resolver, siendo imposible encontrar al autor ni el antiguo anillo de oro que se habían llevado junto al dedo amputado de Mari Carmen.

Ni la familia ni los agentes sabían, como sabía yo por las historias de mi abuelo, que el anillo perteneció a la antigua y loca señora de la casa, y que había permanecido todo aquél tiempo en su mano muerta, enterrado con ella en nuestras tierras. Abrir la tumba y arrancarlo de aquella mano fue un acto de valor que apenas pude afrontar, pero también era la mejor manera de invocar a la vieja dama para que, deseosa de reclamar de nuevo como suya la antigua casa, volviese del Más Allá y acabase con Mari Carmen mientras yo tenía una coartada sólida, dejándome rico y libre para abandonar la maldita hacienda en cuyos pasillos tantas veces la había visto caminar, etérea y soberbia; de cuyas estancias había echado a tantos huéspedes y arrendatarios, dispuesta siempre a defender su propiedad.

Mi plan, por loco que pudiese parecer, había salido a la perfección. Por suerte, yo sí doy importancia a las historias de fantasmas.

 


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J. D. Martín Bartolomé lleva escribiendo desde que descubrió que la literatura es el mejor de los exorcismos. Publicó algunos artículos sobre historia local, literatura y juegos de rol en publicaciones comarcales de baja tirada, y como se cree gracioso, ha colado algunos artículos en la revista de humor El Jueves. Es posible, aunque no necesario, encontrar sus relatos y reseñas en la app Bablum, en Tus Relatos, y en Fantasía Austral, además de en su blog, Lo juro por mi tatuaje, donde seguirá escribiendo mientras queden ángeles y demonios que mantener a raya.