El amigo fiel

El amigo fiel de Oscar Wilde.

Por Marisa Arias @marisalyama1

Quien haya leído a Oscar Wilde sabrá bien que conceptos o valores como la amistad, la conciencia, la hipocresía, el amor y la muerte, entre otros muchos, se interpretan de manera consciente en sus obras. Me remito, por ejemplo, a una de las grandes obras del autor que reúne todos los conceptos antes indicados, como es El retrato de Dorian Gray.

Basándonos en un estilo inconfundible y en la faceta de narrador de cuentos, El amigo fiel se podría describir como una fábula con un valioso mensaje: la verdadera amistad.

El amigo fiel pertenece a la colección que este famoso autor, poeta y dramaturgo irlandés, creó a finales del Siglo XIX dentro de la colección  ‘El Principe feliz y otros cuentos’. El amigo fiel es un pequeño relato construido con un solo material: la imaginación. Con ella, Oscar Wilde puede bucear en el fondo del  género humano y mostrar una enseñanza. Aquí el concepto de la amistad se escribe en mayúsculas aunque en realidad se podría deliberar mucho sobre este relato que, a simple vista, también explora el nexo, junto a la amistad, de la fidelidad.

Oscar Wilde trata en paralelo tanto la injusticia como la  inocencia. En El Amigo fiel termina saliendo de los protagonistas todo lo bueno y malo como sucede entre el molinero, Hugo, y su  pequeño amigo campesino, Hans. Hans es una persona bondadosa, que no pide explicaciones; es noble. Actúa sin interés y con un gran corazón. El molinero, en cambio, que dice ser su amigo, es todo lo contrario. Éste posee muchos elementos que negativizan la condición humana empezando por las diversas, pícaras y crueles, mentiras.

En realidad éste es un segundo cuento dentro del primero que comienza con un diálogo entre una rata de agua y un pajarillo, en concreto de raza Pinzón verde o jilguero.

El cuento es una dura crítica  para los que no valoran el concepto de amistad.

Una reflexión ante la gran pregunta:

¿Hasta dónde estarías dispuesto a llegar por una verdadera amistad? Por desgracia, la vida, es casi siempre injusta. Valorar en la medida la palabra amistad, de divinidad alegórica que comenzó entre griegos y romanos, no es nada fácil.

Como el mismo Oscar Wilde decía:

«Cualquiera puede simpatizar con las penas de un amigo, simpatizar con sus éxitos requiere una naturaleza delicadísima».

***

Oscar Wilde fue un escritor, poeta y dramaturgo británico, famoso por su habitual ingenio y sarcasmo social. Nació en el año 1854 en Dublín, en una familia aristócrata  y siendo el mediano de tres hermanos, falleció en París en 1900.

Alumno destacado del Trinty College en su ciudad natal, Wilde acabó sus estudios en Oxford. Durante ese periodo, el escritor estudió a los clásicos de la literatura griega, convirtiéndose en un experto sobre la materia, incluso ganando varios premios de poesía clásica, como el Premio Newdigate de poesía, el cual tenía mucho prestigio en esa época. Compaginó sus estudios viajando por Europa y publicando sus poemas en periódicos o revistas.

A partir de 1879 decide establecerse en Londres de manera permanente donde años después se casó y tuvo dos hijos. Es en Londres donde empieza a producir sus primeras obras de éxito, como su reconocida novela El retrato de Dorian Gray (1890) o, en teatro, El abanico de Lady Windermer (1892), Salomé (1894) -que fue censurada por retratar personajes bíblicos-, o La importancia de llamarse Ernesto (1895), divertida comedia que ha sido llevada al cine en diversas ocasiones. Entre los años 1887-1889 editó una revista femenina Woman’s World.

Su carrera y su vida tal y como la conocía se derrumba a finales de 1895. Acusado de sodomía por el padre de un íntimo amigo suyo, Wilde es condenado a dos años de trabajos forzados. Durante su estancia en prisión escribiría una larga carta titulada De Profundis, que no sería publicada de manera completa hasta 1909, ya de manera póstuma.

Tras su salida de la cárcel sufre un absoluto ostracismo social y decide abandonar Inglaterra rumbo a Francia, donde viviría en Berneval hasta la muerte de su esposa en 1898. A partir de entonces y, bajo el nombre de Sebastian Melmoth, viajó por Europa para acabar estableciéndose en París, donde murió en noviembre del año 1900 con tan solo 46 años. (Fuente biografía Lecturalia).