Ladrones de vidas

Ladrones de vidas. Eugenia Tusquets. Editorial Funambulista.

Por José Manuel López Marañón

Reputada pintora que alcanza su madurez en Estados Unidos, donde vivió durante una década y logró varios premios nacionales así como exponer en la galería de artistas contemporáneos del MOMA, la catalana Eugenia Tusquets Trias de Bes es también una notable narradora cuya no corta trayectoria se inicia en 2007 con El cuadro perdido de Picasso. A esta novela siguieron La seducción del gin tonic y nuestra favorita, Tú eres mi asesina (Suma, 2013). En colaboración con Susana Frouchtmann escribe para Circe, en 2015, La pasión de ser mujer, una colección biográfica de ilustres damas que corrían el grave riesgo, pese a su importancia histórica, de caer en el más injusto olvido.

Para su última novela elige su autora uno de esos temas espinosos sobre el que todo el mundo cree conocer algo pero que, a la hora de concretar, nadie da pie con bola. Como acertadamente dice en el prólogo de Ladrones de vidas Soledad Luque Delgado:

«Esta novela no trata exclusivamente de los bebés robados, pero sí centra su historia en ese crimen, uno de los más horrendos que produjo la dictadura franquista, y que la democracia no erradicó. Hablar de bebés robados es adentrarse en uno de los episodios más espeluznantes de nuestra historia reciente, por su extensión en el tiempo, porque se produjo en todos los rincones del Estado, y porque afectó a miles de personas de la manera más cruel imaginada.»

Que Soledad sea la presidenta de Todos los niños robados son también mis niños –y que parte de los beneficios del libro estén destinados a su asociación– coloca a Ladrones de vidas dentro de ese grupo de títulos basados en hechos reales con un plus de denuncia que supera lo estrictamente novelesco. De ahí su innegable valor humano.

Centrados ya en lo literario hay que decir que Eugenia Tusquets estructura Ladrones de vidas siguiendo la misma fórmula que tan excelentes resultados le dio en Tú eres mi asesina: alternar las vidas de sus protagonistas principales durante la narración, acercándolas, hasta conseguir que ambas historias confluyan en unos capítulos finales de gran intensidad. Tu eres mi asesina tenía dos personajes tan extremos y distantes entre sí como resultaban ser Regina («China»), una pintora perteneciente a la alta burguesía barcelonesa, y Lucio, joven que procedía de las chabolas más degradadas del DF mejicano. Ambos regalaban a su autora espectaculares contrastes que marcaban con fuego aquella novela de explosivo desenlace.

Desechando aquella tercera persona utilizada para mostrar las tribulaciones de China y Lucio, en Ladrones de vida los dos protagonistas elegidos airean sus complicadas existencias en primera persona. Valiente opción de la que Eugenia Tusquets sale triunfadora por haber sabido acercar a sus lectores, de tan arriesgada manera, las vicisitudes por las que ahora pasan tanto su investigador madrileño Benicio Latorre como la actriz norteamericana de nombre Emma Goldberg.

Empleado en la agencia Detectives Juárez, el investigador privado Benicio trata de dar con el paradero de la hija de Olga Bari. Esta joven menor de edad, tras quedar embarazada por un polaco que se dio a la fuga, fue internada por su propia abuela en la residencia María Salvadora, una asociación que recogía madres solteras embarazadas. Atendidas con sadismo por la dueña –doña Concepción– y la siniestra ama de llaves –la señorita Alba–, cuando las criaturas llegaban a este mundo en la cercana clínica de San Ramón (el doctor Vela era su ginecólogo), una monja –sor María– era la encargada de distribuirlas entre matrimonios que esperan anhelantes tales «adopciones». A pesar de las evidentes dificultades que ofrece semejante búsqueda, el timorato Benicio acepta el encargo de Olga Bari… Estamos en el Madrid de 1978.

Hay que recordar, aunque hoy parezca algo increíble, que la ley no amparaba ninguna demanda de estas madres solteras. Durante el franquismo –e incluso durante la misma Transición– los testimonios de un cura o una monja tenían importancia capital. Así, cualquier investigador a la búsqueda de bebés chocaba contra un muro infranqueable. Hasta el menor rastro incriminatorio se había esfumado como por arte de magia: los datos del Registro estaban falseados, el nombre del facultativo o bien no aparecía o no se correspondía con ningún afiliado al Colegio de médicos, y aún menos se mencionaba el nombre de clínica alguna. Tampoco existían leyes que ampararan las adopciones –la primera es de 1987–: las escasísimas ordenanzas que había estaban vehiculadas y selladas bajo siete llaves por la AEPA (Agencia Española para la Protección de la Adopción), compañía privada muy relacionada con la Iglesia.

Tras la muerte de su padre en un accidente de moto, Emma Goldberg decide trasladarse a California para estudiar interpretación. Gracias a los buenos oficios de un cazatalentos llamado Danilo obtiene sus primeros papeles como actriz de reparto. En una fiesta conoce a Steve, un productor ejecutivo de series de televisión, y se casa con él. Aunque asciende en su profesión Emma siente la necesidad de ser madre por todos los medios. Esto desespera a su representante Danilo, quien teme que la maternidad suponga un serio retroceso en su meteórica carrera. El hijo, llamado Kyle, da síntomas de padecer algún malestar desde su nacimiento. Y mientras Emma siente estar llegando a la cima de su profesión –llega a rodar una película con Viggo Mortensen– se confirma cómo el bebé tiene una de esas enfermedades «raras»: la de Menkes en su caso, consistente en una mala metabolización del cobre. Alentados los padres por haber sido detectada prontamente y por haber posibilidades de curación, es necesario, eso sí –y al ser las mujeres las portadoras de la enfermedad– analizar no solo a la madre sino también a la abuela española del niño por ser este un gen que muchas veces afecta a dos generaciones… Estamos en el San Francisco de 2010.

Sin abandonar en ningún momento la trama de investigación que, de hecho, vertebra Ladrones de vidas, Eugenia Tusquets apuesta fuerte a la hora de desarrollar las complicadas vidas laborales y sentimentales, tanto de Benicio como de Emma. Habrá quién hubiese preferido más investigación y menos experiencias vitales, pero el talento y la habilidad que se suponen a una escritora de semejante vitalidad sabe acallar bocas desplegándose en los capítulos finales, unos capítulos donde ella integra con solvencia ese collage de historias con las que ha ido atrapándonos. Consigue así hacer de Ladrones de vidas uno de esos libros que dejan poso.

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Eugenia Tusquets, tras licenciarse en la Escola Massana de Barcelona, inicia su carrera artística como pintora y paralelamente se dedica a varias facetas de la escritura. Es autora de las novelas: El cuadro perdido de Picasso (Funambulista, 2007), La seducción del gintonic, Tú eres mi asesina, You Were my Killer, La pasión de ser mujer; a mediados de los años 70 es guionista en la sección de arte del programa Tiempo Libre de TVE; y, durante su estancia en México y Estados Unidos, colabora como articulista y conferenciante en distintos medios culturales promocionando el arte español y latinoamericano. Como pintora, su obra alcanza la madurez en San Francisco, donde reside cerca de una década con su familia: obtiene varios premios nacionales y realiza diversas exposiciones en el país, entre las cuales destaca la de la galería de artistas contemporáneos del MoMA, San Francisco Museum of Modern Art. Además, expone en España, Holanda, Marruecos y México. En 1990, regresa a Barcelona, donde combina la pintura, su principal actividad profesional, con otros trabajos en el mundo literario como escritora, traductora, correctora y editora.