… no tiene quien le escriba

… no tiene quien le escriba

Por Liliana Souza.

Estimado coronel, estoy abocada a escribir sobre usted para conquistar nuevos lectores. Para convencerlos de que abrir un libro es apenas un par de horas de inmersión en una atmósfera irreal, que les permita luego volver a su universo, con la seguridad de que se han asomado a un texto, de que lo han leído, disfrutado y aún esperan encontrar algo que de seguro no está allí. Porque su historia coronel, es absolutamente querible y mi objetivo es evitar miradas frías o distantes.

«El coronel destapó el tarro de café y comprobó que no había más que una cucharadita. Retiró la olla del fogón, vertió la mitad del agua en el piso de tierra, y con un cuchillo raspó el interior del tarro sobre la olla hasta cuando se desprendieron las últimas raspaduras del polvo de café revueltas con óxido de lata. Mientras esperaba a que hirviera la infusión, sentado junto a la hornilla de barro cocido en una actitud de confiada e inocente expectativa, el coronel experimentó la sensación de que nacían hongos y lirios venenosos en sus tripas. Era octubre. Una mañana difícil de sortear, aun para un hombre como él que había sobrevivido a tantas mañanas como esa. Durante cincuenta y seis años —desde cuando terminó la última guerra civil— el coronel no había hecho nada distinto de esperar. Octubre era una de las pocas cosas que llegaban. Su esposa levantó el mosquitero cuando lo vio entrar al dormitorio con el café. Esa noche había sufrido una crisis de asma y ahora atravesaba por un estado de sopor. Pero se incorporó para recibir la taza.

—Y tú –dijo.

—Ya tomé –mintió el coronel–. Todavía quedaba una cucharada grande.»

Las palabras sirven para darle cuerpo a una leyenda siempre viva, la suya coronel. Como trazando un mapamundi, alguien escribió esta novela breve, pero de amplias ambiciones. Fue en París, y se decide su publicación en 1961. Desde entonces, múltiples ediciones confirman que el libro no genera una conversación masiva, sino muchas conversaciones pequeñas, quizás como ésta que intento mantener con usted para desarmar ideas cristalizadas en letras de molde.

«Hacía cada cosa como si fuera un acto trascendental. Los huesos de sus manos estaban forrados por un pellejo lúcido y tenso, manchado de carate como la piel del cuello. Antes de ponerse los botines de charol raspó el barro incrustado en la costura. Su esposa lo vio en ese instante, vestido como el día de su matrimonio. Sólo entonces advirtió cuánto había envejecido su esposo.

—Estás como para un acontecimiento –dijo.

—Este entierro es un acontecimiento –dijo el coronel–. Es el primer muerto de muerte natural que tenemos en muchos años.»

La literatura coronel, narra lo invisible desde las emociones y los pensamientos. Pertenece a un orden íntimo, no previsible. Marca su propio ritmo, o acepta la cadencia del autor que configura esa historia que no deja de contarse, tal vez porque no deja de ocurrir. Esa historia que circunda mientras se cumpla la misión en estado de inquietud. Dije autor coronel, y debí nombrarlo: Gabriel García Márquez. El hombre que llega al mundo a las nueve de la mañana del domingo 6 de marzo de 1927, en Aracataca, un pequeño pueblo del departamento de Magdalena, en Colombia. Hijo de Gabriel Eligio García y de Luisa Santiaga Márquez. El que publica varias novelas. La primera, “La hojarasca” en 1955. La impactante, “Cien años de soledad” en 1967. Cuatrocientas setenta y una páginas para consagrarlo internacionalmente con sólo crear el devenir de varias generaciones de la familia Buendía. Y la última, “Memoria de mis putas tristes” en 2004. El que recibe innumerables reconocimientos, el más importante, en 1982 el Premio Nobel de Literatura. El que el 6 de marzo de 2014, en la puerta de su casa en las afueras de México DF, sale a saludar a los periodistas que hacían guardia por su cumpleaños, siendo ésta su última aparición pública. El que muere un mes más tarde, el 17 de abril, con 87 años muy bien vividos.

«La última fue la lancha del correo. El coronel la vio atracar con una angustiosa desazón. En el techo, amarrado a los tubos del vapor y protegido con tela encerada, descubrió el saco del correo. Quince años de espera habían agudizado su ansiedad. Desde el instante en que el administrador de correos subió a la lancha, desató el saco y se lo echó a la espalda, el coronel lo tuvo a la vista. Lo persiguió por la calle paralela al puerto, un laberinto de almacenes y barracas con mercancías de colores en exhibición. Cada vez que lo hacía, el coronel experimentaba una ansiedad muy distinta pero tan apremiante como el terror. Mientras el administrador distribuyó el correo entre los destinatarios presentes, el coronel observó la casilla que le correspondía en el alfabeto. Una carta aérea de bordes azules aumentó la tensión de sus nervios. El administrador no levantó la cabeza:

—Nada para el coronel –dijo.

El coronel se sintió avergonzado.

—No esperaba nada –mintió.»

Estimado coronel, extiendo hilos, tenso nudos y en una búsqueda de retazos, lo observo. Sumido en el desasosiego, con la esperanza y la resignación por igual explorando rectas de continuidad y de fuga. Lo intuyo a la luz de un nuevo viernes y una nueva lancha que vaticinen un futuro distinto, mejor. La riqueza de una carta habita en su contenido, pero la visión del simple sobre la vuelve más que valiosa. Quince años al aguardo de ese instante, de noticias que no llegan y que deberían confirmar un acto de justicia: la merecida pensión por los servicios prestados a la patria. Estimado, la novela “el coronel no tiene quien le escriba”, le ha permitido gozar de un extraño privilegio, ser considerado uno de los personajes más entrañables de la literatura hispanoamericana del siglo XX. Es válido quedarse a mirar desde la orilla cualquier crónica, pero mucho más válido es mojarse los pies. En esas aguas, estimado coronel, esa traza húmeda y fugaz, brillante como el rastro del caracol, verifico la cercanía y la distancia que se nos impone.

Estoy abocada a escribir sobre usted para conquistar nuevos lectores, cuidándome de silenciar las miserias, el asma, Agustín, el gallo, y demás particularidades.

Estimado coronel, estoy escribiéndole a usted una carta, o algo así. Porque su historia, es absolutamente querible y mi objetivo es evitar miradas frías y distantes.

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Liliana Souza nació en 1958,  en Avellaneda. Actualmente reside en Don Bosco, Quilmes, Pcia. Buenos Aires, Argentina y donde coordina un Taller Literario.

Como poeta obtuvo 19 primeros premios nacionales,  y  reconocimientos en España y EE.UU.

Sus trabajos se incluyen en antologías, diarios, revistas y sitios web. También en libros publicados en Méjico y España.

Difundió poesía editando los espacios “Quilmespoesía”,  “poemás”  y  “poemás o menos”,  con el auspicio de la Universidad Nacional de Quilmes y Biblioteca Pública José Manuel Estrada.

Colabora con Agenda del Sur, Diga 33,  Paloma y La palabra que sana,  escribiendo artículos sobre literatura.

En 2010 publicó “esa otra forma”.

En 2012 “cuarto de costura”.

En 2015 “la doliente”.