Carvalho. Problemas de identidad

Carvalho. Problemas de identidad. Carlos Zanón. Planeta.

Por Rafael Guerrero 

Al final resulta que Pepe Carvalho era poeta. Uno maldito —¿y cuál no lo es?—, cínico, gastado, roto, cabreado, escéptico, más viejo, más enfermo, más fuera de lugar que nunca porque nunca estuvo dentro de nada y de pocos nadies, pasado de moda, pasado de frenada, vomitando sangre, dando hostias, recibiéndolas, torturando dialécticamente a su sufrido fetillo Biscúter, vacilando a la sociedad contemporánea y a la posmoderna del iPhone todopoderoso, a rancios fachas castizos e indepes nazarenos de la nueva religión catalana, preso en su código ético y en su escala de valores, preso sobre todo de sí mismo, de quien fue, de quien en realidad fue, de quien le escribió, de quien le escribe ahora y de quien dejó de ser. No recuerda cuándo ni por qué pese a preguntárselo continuamente en monólogos interiores con olor a cuadrilátero de boxeo. Un púgil solitario que se arrea puñetazos y lingotazos en el estómago, que cocina de madrugada suculentos manjares para tirarlos a la basura directamente desde la sartén, que se enamora de una Novia Zombi cuando ya ni dios se enamora de sus criaturas. O sea, un poeta. Que esta faceta no la detectáramos antes solo es culpa nuestra.

Carlos Zanón ha escrito en “Carvalho. Problemas de identidad” la novela que le ha dado la gana y que debe coincidir bastante con la que le pedían los higadillos. El reto, o el experimento, aconsejaba lo contrario: si te vas a suicidar en público hazlo al gusto del público. Pues no. Ha sido, pues, infiel a lo convencional y leal al protagonista que se propuso revivir. Suele ocurrir eso cuando los experimentos van más allá de la gaseosa y se convierten en buenos libros.

Suceder a Manuel Vázquez-Montalbán en la saga negra de su personaje fetiche, por encargo editorial, por placer o por locura manifiesta, requiere de esa valentía literaria que solo ostentan los cobardes confesos. Decía el autor, Zanón, en una entrevista que no deseaba ser recordado por el que resucitó a Carvalho, por el que añadió un título a la serie una vez muerto el creador original. Ignoro si le recordarán por ese motivo u otros, pero desde luego ha insuflado suficiente sangre, sudor y lágrimas  al investigador privado de apellido galegoportugués (Larios de segundo), a su corte de los milagros —y parada de los monstruos—   y hasta al propio dios Montalbán. Sin duda, Carlos Zanón es otro poeta y eso explica el primer párrafo de esta reseña y el resultado de la obra.

Obra u oda, una oda a la huida hacia delante, del escritor vivo, del perecido en el aeropuerto de Bangkok (verso perfecto este), de los personajes y de las propias tramas. “Esto no es moverse sino que nos muevan”, sabía premonición del que firmó las anteriores entregas y ya no está para valorar esta. Él también fue poeta, claro.

Y a pesar de estas licencias literarias y personales más o menos apegadas al modelo, también están presentes las marcas de la casa (lo que se esperaba de), reconocibles y perfectamente combinadas con la novedad (maridadas, apostillarían Biscúter o el abogado Subirats). Los casos que encargan al sabueso crepuscular, los palos de ciego y la intuición ganadora para sacar partido de estos, las descripciones urbanísticas, antropológicas, sociales y políticas cargadas de acidez , tristeza y lucidez trasnochada, las radiografías de lo sucio, de lo que no aparece en los folletos promotores del parque temático barcelonés, la otra Barcelona “del periodo de entreguerras, da igual qué guerras” ya moribunda, asediada por apartamentos turísticos, movimientos ciudadanos emergentes que nada mueven, especuladores, corruptos y muertos de hambre, banderitas de colores, urnas fantasmas, proclamas utópicas, perdedores con raigambre pero sin historia, pijos y pijas que se hacen fotos en los bajos fondos para su Instagram, delincuentes de poca monta, polis malos y polis no tan malos, asesinos listos y oligofrénicos, periodistas buitres, las tapas españolas de los bares chinos, la ausencia dolorosa de la Charo —aquella novia puta que se largó a Andorra y después volvió—, la chimenea, la chimenea ardiendo con las páginas de los clásicos, la casa en Vallvidrera, el despacho en el Raval, las referencias culturetas, los ajustes de cuentas solapados —de la ficción y de la realidad­— y el ocaso de un tipo que no termina de morirse, que se soporta mal para justificar que se gusta lo suficiente, que no va cambiar ya y aún menos recién rehabilitado. Que le hubieran dejado descansar en paz si pretendían que no tocara las pelotas a acólitos y detractores.

Mención aparte y destacada a los diálogos. Brutales, breves, ingeniosos, secos, divertidos, irónicos, demoledores, metafísicos, metafóricos, soberbios incluso cuando rozan lo inverosímil (no es humano disparar tan rápida y certeramente una frase detrás de otra). Compensan por sí solos sumergirse en la historia, hablar como lo hacen en ella. También a los tiernos y merecidos cameos. El del fantasma de Manuel Vázquez-Montalbán, alias el Escritor. El de Paco Camarasa, librero estandarte en el mundillo patrio del noir, fallecido recientemente, dueño de la mítica y desgraciadamente liquidada Negra y Criminal, y el de un tal Guerrero, un detective de Madrid que colabora con el protagonista en un expediente y que de algo me suena.

Problemas de identidad. Y quién en su sano juicio no los padece.

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Carlos Zanón (Barcelona, 1966) es autor de los libros de poemas El sabor de tu boca borracha (Nínfula, 1989, mención especial Premio Anthropos), Ilusiones y sueños de 10 000 maletas (Ed. Libertarias-Prodhufi, 1996), En el parque de los osos (Ayuntamiento de Málaga, 2001, finalista del Premio Nacional de Poesía Ciudad de Irún), Algunas maneras de olvidar a Gengis Khan (Ed. Hiperión, 2004, Premio Valencia de Poesía), Tictac tictac (Ed. Carena, 2010), la antología Yo vivía aquí (1989-2012) (Playa de Ákaba, 2012), Rock’n’roll (66rpm, 2014) y Banco de sangre (Espasa, 2017). En el ámbito narrativo es autor de las novelas Nadie ama a un hombre bueno(Ed.Quadrivium, 2008, Sigueleyendo, 2012), Tarde, mal y nunca (Saymon, 2009, RBA Serie Negra, 2010), premio Brigada Mejor Primera Novela del año, finalista del Premio Memorial Silverio Cañada, Giallo e dell Noir (Italia) y Violeta Negra (Francia), No llames a casa (RBA, 2012, 6.ª ed.) premio Valencia Negra a mejor novela del año,Yo fui Johnny Thunders (RBA, 6ª ed), premio Salamanca Negra mejor Novela del Año 2014, premio Novelpol 2015 y premio Dashiell Hammet 2015, y del libro de relatos Marley estaba muerto (RBA, octubre 2015) y su última novela Taxi (Salamandra, octubre 2017). Su narrativa ha sido traducida y publicada en Estados Unidos, Alemania, Francia, Holanda e Italia. 

Colabora como articulista, crítico musical o literario con periódicos, revistas y suplementos culturales.