Dos mujeres, una condesa

Dos mujeres, una condesa

Por Liliana Souza.

El primer día del año 1898, nace en Francia quien sería escritora y artista plástica asociada a un importante movimiento estético cultural: el surrealismo. Este acercamiento le posibilita relacionarse con Paul Éluard, Max Ernst, Joan Miró, Luis Buñuel, Salvador Dalí, entre otros popes de la época. Hablo de Valentine Penrose, la que tuvo decisión y una fuerte perspectiva de su propio destino. Educada en la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes de París, adquiere conocimientos como una marea de nuevas experiencias unida a cierta idea de libertad. Edita poemas, novelas y artículos periodísticos, haciendo visible temas recurrentes: el tarot, la astrología, el esoterismo. Su hoja de ruta certifica que muere en Inglaterra, el 7 de agosto de 1978.

Corría 1962 cuando publica un relato histórico, para el cual le fue imprescindible indagar y recopilar documentos y relaciones referidos a una mujer inaudita, pero real. Debe cuestionar mitos y descorrer velos para invitar muda y fantasmalmente a una serie de ceremonias furtivas. El texto alcanza un éxito absoluto y admiración de sus pares surrealistas.

La sensación de que algo siniestro se inicia, aunque no pueda adivinarse qué, se repite como un eslogan o como un mantra desde el principio. El modo en que Valentine Penrose cuenta, no sólo trata del lenguaje, sino también de lo que éste intenta nombrar, de las escenas que suscitan esas palabras. El personaje en cuestión es una condesa, nacida el 7 de agosto de 1560 en el seno de una familia aristocrática de Hungría. Su nombre, Erzébet Báthory. Su mote, la condesa sangrienta.

«El canon de belleza es el conjunto de aquellas características que una sociedad considera atractivo. Históricamente es variable y no es común a diferentes culturas», enuncia el diccionario. Pero a pesar de los tiempos y la geografía, la juventud resulta un componente primordial, y la condesa padece esa obsesión de alejarse a cualquier precio de la vejez y para preservar su lozanía, le aconsejan tomar baños de sangre humana. Con este propósito, tortura hasta la muerte en su castillo de Csejthe a seiscientas cincuenta muchachas, doncellas todas.

Erzébet Báthory fallece el 21 de agosto de 1614, luciendo una imagen acorde a la de una mujer de 54 años. En 1936, en un abril parecido a este abril, en el día 29, nace nuestra escritora de culto. Es unánime que lleva su palabra a un nivel superior en la literatura. La llaman Flora, la nombran Buma, pero Alejandra será el punto de partida de su rara excelencia. Es poeta, y esa es la marca de su virtud, legitimada por sus recomendables libros. A saber, “La última inocencia”, “Las aventuras perdidas”, “Árbol de Diana”, “Los trabajos y las noches”, “Extracción de la piedra de la locura”, “El infierno musical”. Es merecedora de premios, como el Premio Municipal de Poesía, en 1965; la Beca Guggenheim, en 1969; la Beca Fulbright, en 1971. Entre los años 1960 y 1964, emprende un viaje a París, que le permite desarrollar la actividad de traductora de escritos de Antonin Artaud, Henri Michaux, Aimé Césaire, Yves Bonnefoy, entre otros. Alejandra Pizarnik se suicida en Buenos Aires, en absoluta soledad a los 36 años y en su departamento de la calle Montevideo 980. A modo de adiós, deja escritos unos últimos versos:

«no quiero ir

nada más

que hasta el fondo»

Este pensamiento indica demandas insatisfechas a flor de piel. O la dimensión de la angustia, del fracaso, el hecho de que todo lo que prometen esas palabras, será cumplido. Ya no hay espacio para un mínimo de esperanza, aunque las consecuencias parezcan inciertas. La muerte sucede un lunes, un 25 de setiembre, en 1972. Dos mujeres, una condesa. Dos mujeres entrelazadas por una condesa y por la escritura, como si la propia tinta fuera el verdadero mensaje.

En un extremo, Valentine Penrose, quien escribe “La condesa sangrienta” porque no solo aspira a narrar, sino también a hacer visible una historia, volverla nítida.

En el otro extremo, Alejandra Pizarnik, que lee y se enamora de esta biografía. Lee buscando una clave, una explicación, un secreto. Cada palabra le parece estar agazapada, a la espera del momento en que su ojo la descubra, para desplegar parte del relato inquietante. Tanto la atrapa que escribe su propia versión, y en 1966, bajo el mismo título, la publica en la revista Testigo.

Según opinión de Cristina Piña, estudiosa de vida y obra de Alejandra, “La condesa sangrienta”, es un hipotético ensayo sobre Erzébet Báthory, que supera ampliamente la discursividad propia del género para consagrarse como una de las obras centradas en la articulación de sexualidad y muerte más sobrecogedora de nuestra literatura.

«El camino está nevado, y la sombría dama arrebujada en sus pieles dentro de la carroza se hastía. De repente formula el nombre de alguna muchacha de su séquito. Traen a la nombrada: la condesa la muerde frenética y le clava agujas. Poco después el cortejo abandona en la nieve a una joven herida y continúa viaje. Pero como vuelve a detenerse, la niña herida huye, es perseguida, apresada y reintroducida en la carroza, que prosigue andando aun cuando vuelve a detenerse pues la condesa acaba de pedir agua helada. Ahora la muchacha está desnuda y parada en la nieve. Es de noche. La rodea un círculo de antorchas sostenidas por lacayos impasibles. Vierten el agua sobre su cuerpo y el agua se vuelve hielo. (La condesa contempla desde el interior de la carroza). Hay un leve gesto final de la muchacha por acercarse más a las antorchas, de donde emana el único calor. Le arrojan más agua y ya se queda, para siempre de pie, erguida, muerta.»

La de Alejandra Pizarnik, es una novela corta, una miniatura deslumbrante. Su escritura es precisa, de un ascetismo que linda con la sequedad. Un pacto entre lo bello y sus monstruos ocultos. Abordar estas páginas, brinda la posibilidad de habitar un tiempo, una vida, un lenguaje. Como asomarse a universos inesperados y acostumbrarse a irrumpir lo imaginario. “La condesa sangrienta”, sería un desliz no leerla.

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Liliana Souza nació en 1958,  en Avellaneda. Actualmente reside en Don Bosco, Quilmes, Pcia. Buenos Aires, Argentina y donde coordina un Taller Literario.

Como poeta obtuvo 19 primeros premios nacionales,  y  reconocimientos en España y EE.UU.

Sus trabajos se incluyen en antologías, diarios, revistas y sitios web. También en libros publicados en Méjico y España.

Difundió poesía editando los espacios “Quilmespoesía”,  “poemás”  y  “poemás o menos”,  con el auspicio de la Universidad Nacional de Quilmes y Biblioteca Pública José Manuel Estrada.

Colabora con Agenda del Sur, Diga 33,  Paloma y La palabra que sana,  escribiendo artículos sobre literatura.

En 2010 publicó “esa otra forma”.

En 2012 “cuarto de costura”.

En 2015 “la doliente”.