Mandíbula

Mandíbula. Mónica Ojeda. Candaya.

Por Anna Miralles

Las numerosas citas iniciales que aparecen antes del primer capítulo de Mandíbula ya anuncian que esta novela no será una más: «Estar dentro de la boca de un cocodrilo, eso es la madre» (Lacan); «…la mandíbula de la muerte / de la mandíbula caníbal de la muerte» (Leopoldo María Panero); «El horror ligado a la vida como un árbol a la luz» (George Bataille); «Era la blancura de la ballena lo que me horrorizaba / por encima de todas las cosas» (Herman Melville) … Y terminada la lectura, una llega a la conclusión de que así es. Mandíbula no deja indiferente, sacude al lector como lo hace una buena historia narrada con absoluta maestría.

Una adolescente recobra la conciencia en una cabaña aislada, que se encuentra apartada de la ciudad. Se da cuenta de que tiene las manos y las piernas atadas. Está secuestrada. Su secuestradora está con ella, y sorprendentemente, es su joven profesora de Lengua y Literatura, Miss Clara. Un revólver descansa encima de la mesa que hay en la habitación.

«¿Por qué me ha secuestrado, Miss Clara? ¿Por qué me ha atado y sacado de la ciudad de los charcos de agua puerca, zorra-mal-cogida-de-la-gran-puta? ¿Eh, puta de mierda?»

Los motivos del porqué del secuestro de Fernanda los iremos intuyendo según vamos avanzando en la trama y los conoceremos ya con total certeza en el desenlace del libro.

Otro personaje esencial en la obra será Annelise, protagonista indiscutible sobre el que va a recaer buena parte del peso de la historia. Y alrededor de estas dos “mejores amigas” que serán Fernanda y Annelise, en el argot juvenil BF (best friends), orbitan Ximena, Analía, Natalia y Fiorella que son marionetas que bailan al son que ellas marcan.

La trama se desarrolla a partir de continuos saltos en el tiempo llevados con habilidad por un narrador omnisciente que nos guía para saber el porqué de la situación actual de Fernanda y de los demás personajes. El pasado, y el presente, de las tres protagonistas, Fernanda, Annelise y Clara, está marcado por la relación con sus madres. Las conflictivas relaciones materno-filiales serán uno de los ejes principales en torno al cual se desarrolla la trama de esta novela. La madre de la profesora fue una mujer enferma y obsesiva que despreciaba a su hija; sin embargo, cuando esta muere, Clara se convierte en ella imitándola en todo, en su manera de moverse, de hablar, de vestir y ejerciendo su misma profesión. La relación que Clara mantuvo con su madre, y sigue manteniendo aun estando muerta, tiene mucho de enfermiza. La de Fernanda es una madre distante que evita en todo lo posible a su hija, apenas se relaciona con ella, la rechaza y le tiene miedo. En cuanto a Annelise, esta sufre el maltrato de una progenitora que continuamente la insulta, critica e incluso llega a pegarla.

«Fernanda: Maybe, pero una vez Anne me dijo algo que creo que es verdad y por eso me da mucho miedo: que algún día seremos como nuestras madres. Y yo no quiero ser así. Yo quiero ser como soy ahora para siempre».

En una historia donde casi todos los personajes son adolescentes es inevitable tratar el tema de la amistad, y Mónica Ojeda así lo hace indagando en la naturaleza de las relaciones que se establecen entre las jóvenes. El sexo, la conciencia del propio cuerpo y las relaciones lésbicas estarán muy presentes en la trama.

Mandíbula es, además, una novela sobre el miedo y sus distintas manifestaciones. Se hablará de un miedo atávico, cerval, primigenio, del horror blanco, y se mencionarán a los grandes maestros literarios del género del terror —Stephen King, Lovecraft, Edgar Allan Poe, Mary Shelley, Bram Stoker, Chambers…—, así como a sus obras más emblemáticas. También se tratará el miedo más tangible, cercano, el que nos provocan nuestros semejantes, quienes nos rodean; y seremos testigos del miedo que las alumnas proyectan en Clara, que se verá alimentado por una experiencia traumática que vivió en el antiguo colegio en el que impartía clases y que se traduce en terribles
ataques de pánico que la profesora se esfuerza en mantener a raya, pero sin conseguirlo.

El espacio en el que el horror se hace palpable en la novela es un edificio abandonado en el que el grupo de amigas se reúne para realizar allí lo que no pueden hacer en otras partes, y del que se adueñan. Se convierte en su “secreto de verdad”, en su “guarida”, un lugar “antipadres, antiprofes, antinanas; un espacio de sonidos fantasmales que tenía algo de tétrico y de romántico a la vez”. Allí llevarán a cabo actividades perturbadoras donde se cruzarán líneas que no deberían haberse cruzado —«Tenemos que hacer algo que no podamos hacer en ninguna otra esquina de este mundo»—, se contarán historias de terror (“creepypastas”, relatos breves de terror que están en internet), se realizarán retos cada vez más atrevidos y violentos, y se invocará al Dios Blanco. Annelise será la maestra de ceremonias, quién se convertirá en la líder del grupo, indiscutiblemente. 

Los personajes masculinos que aparecen en Mandíbula son meramente anecdóticos y el papel que se les confiere en la trama es transitorio, sin apenas peso narrativo. Destacaremos al doctor Aguilar, que psicoanaliza a Fernanda, y al grupo de universitarios que invitan a Fer, Anne y a sus amigas a la fiesta. Los capítulos en que se transcribe lo que se habla en las sesiones de psicoanálisis de Fer son importantes para conocer más sobre ella y lo que la atormenta. El narrador ni se toma la molestia en apuntarnos lo que dice el médico. Sus palabras las adivinamos a partir de lo que va contando Fernanda en respuesta a sus preguntas y comentarios. En cuanto a los chicos universitarios, estos son importantes en la trama en tanto que estando las chicas con ellos se produce una situación que marcará un antes y un después en la relación entre las dos amigas protagonistas, Fernanda y Annelise.

El lenguaje en Mandíbula es extremadamente elaborado, poético, plagado de recursos estilísticos y muy rico en imágenes, metáforas y símbolos; por otra parte, aparecen reflejos del habla habitual de los adolescentes, así como vocabulario y expresiones propias de Guayaquil, donde se sitúa la historia.

La escritora ecuatoriana construye una novela magnífica que se sustenta sobre unos personajes femeninos de una gran fuerza, perturbadores e inolvidables, genialmente trazados. Mónica Ojeda demuestra gran dominio de las distintas técnicas narrativas y utiliza una prosa que cautiva, tanto es así que no es de extrañar que nos sorprendamos releyendo pasajes de la narración. La lectura de Mandíbula remueve, intimida, sorprende, inquieta. No hay que dejar pasar la oportunidad de leerla, sería imperdonable.

«Uno entra en el miedo porque ya no puede vivir en el umbral, latiendo de piedra y picaduras, entonces entra en el horror para no tener que seguir esperando a que pase algo. Para hacerlo pasar. Porque es preferible ahogarse en pocos minutos que sentir que te mueres toda la vida».

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Mónica Ojeda (Guayaquil, Ecuador, 1988). Master en Creación Literaria y en Teoría y Crítica de la Cultura, da clases de Literatura en la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil. Actualmente cursa un Doctorado en Humanidades sobre literatura pornoerótica latinoamericana.

Con su primera novela La desfiguración Silva obtuvo el Premio Alba Narrativa 2014 y con su primer libro de poesía El ciclo de las piedras , el Premio Nacional de Poesía Desembarco 2015. En 2017 publicó el relato Canino y otro de sus cuentos fue antologado en Emergencias. Doce cuentos iberoamericanos (Candaya, 2013).

Forma parte de la prestigiosa lista de Bogotá 39-2017, que recoge a los 39 escritores latinoamericanos menores de 40 años con más talento y proyección de la década.