Trampantojo

Trampantojo. Marina Lomar. Ediciones Babylon.

Por José Manuel López Marañón

Criada en Francia aunque nacida en Valencia, donde ahora reside, Marina Lomar ha formado parte de antologías publicadas por diversas editoriales (11 monstruos por encargo, Ins-omnium, Niebla y sangre –de microrrelatos–; De amor y guerra –relatos–). Trampantojo supone su debut en la novela.

Llama la atención este título que hasta ahora yo relacionaba exclusivamente con la arquitectura. La curiosa y sonora palabra trampantojo es otro ejemplo más de nuestra incapacidad para aceptar otros acentos que no sean el propio. El trompe-l’oeil francés acabó reconvertido aquí en el vocablo de marras tras pasar por el literal «trampa ante el ojo». Básicamente, con este término se denomina la habilidad cuyo objetivo principal es engañar al espectador con una ilusión óptica que haga saltar por los aires su percepción.

«Las frases encerraban significados ocultos, la verdad se transformaba en ínfimos granos de arena y se escurría entre los dedos, inalcanzable, mientras el engaño se transparentaba en las miradas anodinas […] ¿Cómo no lo había notado antes? La sinceridad escaseaba, las personas fingían, temerosas de ser engullidas por la realidad que las entregaría al escrutinio y, sobre todo, al juicio ajeno.»

Las líneas citadas vienen interiorizadas por una desengañada Andrea, la protagonista principal de esta obra. A través de ella y sus amigas, Marina Lomar radiografía –con nitidez– el estado actual de la clase media-alta en una gran ciudad. Los personajes son presentados gozando su armonía burguesa: forman familias acomodadas, de empleos solventes, con aficiones cultas y buenos colegios para los hijos… Pero no es complicado descubrir cómo, tras estas apariencias, la autora les ha tendido una trampa que, a ojos del lector, no tarda en ser desmantelada. Este trampantojo «emocional» al que hace referencia el título de la novela, si bien desde fuera resulta poco duradero, tarda en presentar alguna fisura para este grupo protagónico de ficticias mujeres (Andrea, Paula, Carla, Mara, Elda) empeñadas en defender con uñas y dientes el confort de sus ilusas burbujas, unas burbujas edificadas –reconozcámoslo– con los esfuerzos de sus firmes y constantes trabajos.

Andrea, 40 años, tras separarse de su primer marido, Paco, vive con Pedro. La hija de Andrea y Paco, Gisela, adolescente de 17, no soporta a su padrastro. Carla, 50 años, casada durante tres décadas con Evaristo, ahora gravemente enfermo, es la socia de Andrea en el negocio que ambas dirigen: un Café literario. Paula, otra cuarentona, pintora «de sensaciones» («en aquel momento entre perro y lobo en el que dormitan las hadas, Paula pintaba el amor de memoria, de regreso a la claridad») da clases en academias y a particulares, pero en realidad mantiene su alto ritmo de vida gracias a las rentas del negocio familiar. Andrea y Paula acuden a clases de cocina afrodisíaca en el Centro benéfico, unas clases impartidas por Maya, profesora de la que pronto se hacen amigas. Por ahí revolotea Álvaro, el gerente del Centro, el clásico galán otoñal queriendo hacer estragos. La treintañera Elda, competente traductora pero con unos cambios de humor que descolocan, añora a un novio que la dejó; como sus traducciones no bastan para pagar el alquiler mete horas en un supermercado y, sentimentalmente, anda a la que salta.

Llama pronto la atención esa indeterminación geográfico-temporal buscada por la autora. En efecto, tan solo algunas excursiones de varios personajes al parque natural de La Albufera (a 10 km de Valencia) dan pistas de que los principales escenarios de Trampantojo se encuentren en la gran urbe levantina. Marina Lomar divide su novela en 5 partes. La inicia en un mes de octubre y la acaba en julio del año siguiente, así, sin concretar tampoco de qué años nos habla, solo que son correlativos. Sus indeterminaciones son otro acierto: consigue con ellas que estas historias de mujeres de hoy en día se universalicen permitiendo que cada lector las ubique donde habitualmente vive.

Otro aspecto a apuntar es que Trampantojo es una novela de interiores. Marina Lomar sabe sacar chispas tanto al Café literario como al Centro benéfico, metiendo en ellos a sus chicas, que entran, hablan entre ellas, despachan, aprenden a cocinar con chocolate, salen… Interactúan sin parar. Esto queda registrado por el fino oído de la autora, que explota los diálogos para convertir al lector en un regocijado voyeur literario necesitado de su dosis. Disfrutando con este relato intimista se adivina mejor una adaptación teatral suya que cinematográfica, aunque la una no excluiría, desde luego, a la otra.

El diario de la hija adolescente de Andrea –Gisela– dinamita el encanto burgués inicial y, a partir de este hilo, Marina Lomar ata y desata las vidas de sus criaturas. Encontramos ahora matrimonios que se deshacen, amigas que se traicionan, amantes disfrazados tras un bigote y una gabardina que violan, una vez al mes, a sus enamoradas; también maridos inoperantes, muchachas manipuladoras, atropellos, profesores de inglés que no desfallecen en sus requiebros amorosos, anónimos que dañan en lo más íntimo; todo esto –y más– para armar el eficaz collage de la desdicha. Como si el panorama fuera irremediable e inexorablemente negro, acaba por deducir el atribulado lector.

La autora, no obstante, en las partes finales (la IV y la V) parece apiadarse de estas mujeres tan golpeadas. Así, consigue que dos se reconcilien con el mundo queriéndose entre ellas, que personajes-fantasma se corporicen y ofrezcan una felicidad de mayores asideros, que se formen parejas con apariencia de solidez –y hasta que revoltosas adolescentes domen sus maléficos ímpetus–. La llegada de las estaciones calurosas resquebraja las desdichas que han aquejado a los personajes: se asientan romances, se liberan sentimientos atrofiados, se recuperan capacidades amatorias… incluso parejas rotas acuerdan una civilizada amistad.

De este corporativo happy end quedará exenta la «mala» de esta gran novela que es Trampantojo. Una mala de esas que, por su sugerente lucidez, termina dejando poso y de la que se hubiera deseado saber aún más. Marina Lomar, quizá proyectando darle protagonismo en otra obra que consolide su brillante estreno, opta por un drástico mutis por el foro para ella. Acabo con unas palabras de la autora dirigidas a su personaje más conseguido:

«Ella no pudo pensar en la infidelidad. ¿Se trataba de una enfermedad crónica o algunos perdían irremisiblemente el norte a pesar de ataduras previas? Según su experiencia, la mayoría de sus amantes casados eran reincidentes.»

***

Marina Lomar. Tras pasar la infancia y parte de la adolescencia en la banlieue parisina, se traslada a España. Doctorada en Literatura francófona por la Universidad Jaume I de Castellón, ahí imparte clases de Lengua y Cultura Francesas. Compagina su labor docente e investigadora con multitud de actividades culturales alrededor de la literatura: talleres de literatura creativa, traducciones al español de autores francófonos como Louise Dupré, conferencias, colaboraciones en medios de comunicación ―es colaboradora habitual del programa cultural de radio Pegando la Hebra donde tiene un pequeño espacio mensual Enlazadas―, y le han publicado multitud de ensayos y artículos en prestigiosas revistas nacionales e internacionales sobre temas como novela negra, literatura francófona, la mujer en la literatura o sobre violencia y sexualidad en la literatura escrita por mujeres. En 2013 participó en la fundación del festival Valencia Negra.

Su vocación es la narrativa, habiendo publicado relatos en distintas antologías ― No hay dos sin tres (2011); Once monstruos (2013); Del Loco al Mundo (2014); Niebla y Sangre (2015); Relatos de Amor y Guerra (2017) e Insomnium2(2019) ― Aunque la poesía se ha convertido en otra de sus pasiones: Antología poética Ártemis II (2017).

Su primera novela, Trampantojo, aúna la perfección narrativa y el dominio del lenguaje con la precisión y ritmo propios de la poesía, en una historia que muestra su conocimiento de la sociedad actual y sus complejas relaciones.