Un día en la vida de un editor

Un día en la vida de un editor. Jorge Herralde. Anagrama.

Por José Manuel López Marañón

En 1967 Jorge Herralde (Barcelona, 1935), ingeniero titulado, abandona la empresa metalúrgica de su familia. Un año de tuberculosis lo mantiene confinado y aprovecha para leer mucho. Ahí toma la decisión de fundar una editorial. En lugar de escribir sus memorias, Herralde ha venido recopilando artículos en libros que, impresos por distintas editoriales –nunca, hasta ahora, en la suya– forman un curioso conjunto, una especie de autobiografía fragmentada. Opiniones mohicanas (El Acantilado, 2000), Flashes sobre escritores (Ediciones del Ermitaño, Méjico, 2003) y El observatorio editorial (Adriana Hidalgo editora, Argentina, 2004) preceden a este Un día en la vida de un editor, publicado por fin en Anagrama.

En su prólogo Silvia Sesé, actual directora editorial de Anagrama, afirma que Jorge Herralde «mantiene la excelencia con provocación, el riesgo sin gravedad y la diversión con inteligencia». Para añadir después otras cualidades: «La intuición, el olfato para percibir lo que sucede, sí, pero antes de que le suceda a todo el mundo; un radar que además actúa en el largo plazo, con una maniática perseverancia en la política de autor». Por su parte Herralde en su nota previa, a modo de sarcástico contrapunto, advierte: «Los libros sobre editores o sobre la edición interesan muchísimo a poquísimas personas, una regla que carece casi de excepciones».

Ante los agoreros presagios hacia el mundo del libro –corroborados por el cierre de tantas editoriales– el editor pronostica:

«Sin embargo, hay más vocaciones editoriales que nunca, y esto también es un fenómeno global; mientras, los editores independientes veteranos siguen al pie del cañón. Editores todos ellos que practican la edición, que publican en busca de la excelencia, esta es su única brújula, sin olvidar, claro está, la supervivencia. No desaparecerán, la pulsión editorial persistirá y los encontraremos diseminados aquí y allá en tantas naciones, una secta orgullosa e irreductible, sísifos felices, quizá».

Como los títulos citados, Un día en la vida de un editor viene plagado de homenajes a amigos de Jorge Herralde (así, su compañero de colegio Luis Goytisolo, miembros de la Escuela de Cine de Barcelona como Jacinto Esteva y Joaquín Jordá, o colegas como los Lara, padre e hijo), pero predominan más los elogios a autores de su editorial –elogios a veces desmesurados que resultan de un paternalismo algo cargante–. Iniciados con los dedicados a los treinta primeros autores de Panorama de Narrativas (así, Patricia Highsmith o John Kennedy Toole –justos en ambos casos–), no podemos olvidar que gracias a ellos la «peste amarilla» (como denominaba un envidioso José Manuel Lara a la golosa colección) lideró el imparable despegue de Anagrama.

La fundación, a finales de los años sesenta, coincide con el desembarco en Barcelona de los autores del boom. Comienzan los premios Biblioteca Breve y Formentor, y nacen también Tusquets y la Escuela de cine. De aquellos ensayos políticos minoritarios, de tiradas cortas (mayoritariamente trataban sobre la revolución cubana, la China de Mao, el Mayo francés, la guerrilla urbana y la Guerra Civil española, sufriendo en sus carnes la dura censura franquista) el tortuoso alumbramiento de Anagrama cede el paso, ya tras la llegada de la democracia –y el consiguiente desencanto hacia lo político– a la narrativa con sus dos colecciones de grandes tiradas sin censura alguna.

Con motivo de los treinta años de Anagrama se crea el lema: «No vendemos libros (o no solo eso) sino que publicamos autores». La palpable satisfacción de Herralde por su «British Dream Team» desconoce límites: los valores literarios y comerciales de Ian McEwan, Martin Amis, Julian Barnes y Kazuo Ishiguro quedan suficientemente enmarcados. La creación, en 1983, de la colección Narrativas Hispánicas aporta numerosas figuras patrias y latinoamericanas a la editorial: Carmen Martín Gaite, Álvaro Pombo, Ricardo Piglia y Roberto Bolaño, entre otros. Como dice el propio editor: «El autor es la estrella absoluta, sin discusión. Los editores podemos intentar que luzca su mejor perfil, buscarle los mejores compañeros de escudería, sosegar los alborotos de su ego, etcétera». Para, más tarde, sentenciar: «El tipo de editor que me interesa juega el papel de siempre: escoger, fabricar y promocionar los libros de la mejor forma posible».

Otro bloque de artículos lo conforma los viajes profesionales de Herralde por el mundo: en Méjico consigue introducir Anagrama en ese mercado mediante una distribución sensata que, a cambio, conlleva añadir autores mejicanos al catálogo editorial: Augusto Monterroso, Juan Villoro y Daniel Sada, entre otros; en la feria de Guadalajara de 2002 Jorge Herralde recibe un premio y la ocasión es aprovechada para mostrar al mundo las nuevas joyas de la corona Anagrama: Raymond Carver, Paul Auster, Antonio Tabucchi y Enrique Vila-Matas; en Argentina –donde descubre y se deslumbra con Jorge Luis Borges– incorpora a los primeros autores argentinos: José Bianco, Rodolfo Wilcock y Óscar Masseta (más tarde llegarán Jorge Piglia, Alan Pauls y Martín Kohan); en Estados Unidos conoce a Thelma, madre de John Kennedy Toole y absoluta responsable –tras el suicidio de su hijo– de la publicación de La conjura de los necios, el mayor longseller de Anagrama. También almuerza Herralde con Kurt Vonnegut, autor de otro título de extenso recorrido: Matadero cinco.

En varias entrevistas el editor se luce. De su ingenio y experiencias provienen opiniones e imborrables frases. Así, en el artículo «Opiniones mohicanas»: «Los problemas con los autores provienen a menudo de sus expectativas: quienes venden mucho y creen que podrían vender más, quienes venden poco y les parece inaceptable. Y no falla: el culpable es el editor». De «Las divas pueden matar de aburrimiento a sus amigos y editores»: «Siempre ha habido un índice de mortalidad elevado entre las nuevas editoriales. Mantenerse es cuestión de vocación, perseverancia, mucho trabajo e ilusión, y todo ello acompañado por la benévola música del azar, es decir, la suerte». En esta misma entrevista de 2013 el editor se despacha a gusto contra aquella iniciativa del Partido Popular que pretendió modificar el precio fijo de los libros, algo que supondría, con el precio libre, bajar los precios y arruinar a las pocas librerías que quedaban. También se queja de Amazon por destruir el tejido librero y editorial. No puede bajar el precio fijo, pero inventa cosas como la entrega gratis en veinticuatro horas. Herralde pensaba que Amazon en España no tendría éxito al no existir aquí la cultura –tan norteamericana– de la compra por correo. Habría que preguntárselo hoy…

En 2009 el catálogo de Anagrama tiene 3.000 títulos y Jorge Herralde ha puesto sus antenas en determinadas literaturas: española, catalana, latinoamericana, francesa, italiana, angloindia…

En 2018, ante el asfixiante duopolio ejercido por Penguin Random House y Planeta, sólo subsisten editoriales independientes veteranas como Pre-Textos, Siruela, Salamandra (recién absorbida por Penguin) o Acantilado. En este año, cuando se produce la venta a la editorial Feltrinelli, Anagrama cuenta con 7.000 títulos. Según Jorge Herralde la operación es debida a una mezcla de «mitomanía, amistad, complicidad y confianza». Y es que las décadas de amistad con Inge Feltrinelli (hasta su fallecimiento) viabilizan que Anagrama acabe en la editorial italiana. Al no tener hijos con Lali Gubern Jorge Herralde propone a Carlo Feltrinelli la venta. Para él la transición «ha sido anormalmente fluida, con muy escasas fricciones y dejando total libertad a Anagrama». Tras la absorción, Patrick Modiano e Ishiguro –autores de la casa– ganan el Nobel. Oriol Castanys y Silvia Sesé, una vez superada con muy buena nota el examen de Italia, se convierten, sucesivamente, en los nuevos directores editoriales. Carlo Feltrinelli, dueño de más de 1.000 librerías, opina: «En un mundo en el que todo el mundo está enganchado veinticuatro horas al día a la pantalla, leer es revolucionario y el libro es el instrumento más sofisticado para la propiedad intelectual». Algo bien apostillado por Herralde:

«Como bien sabemos atravesamos unos tiempos en los que todo conspira contra la lectura, contra la edición, contra las librerías (esos oasis ciudadanos). Unos tiempos de enormes complejidades e incertidumbres en tantos ámbitos sociales, políticos, culturales. Concentración editorial cada vez más concentrada, drásticos cambios, en esta inesperada sociedad del algoritmo».

Podría dar por finalizada esta ya extensa reseña, pero aprovechando la manga ancha que la administradora de Abrir un libro suele tener conmigo, le enjareto un apéndice que llevaría como título: ¿Qué pasa con los manuscritos que llegan a Anagrama?

Y es que somos muchos, quizá hasta demasiados, los noveles que mandamos manuscritos para jamás recibir contestación. Conocer qué sucede con ellos en una editorial importante podría resultar bastante ilustrador para todos.

1) Recepción y lectura. Jorge Herralde se reúne cada mañana (de forma breve) con una lectora de confianza, Susana Lijtmaer, para que ella le cuente las novedades –«¿Ha sido detectada alguna nueva joya?»–. Los escasos manuscritos que pasan esta primera y severa criba se envían a los lectores de la editorial, pocos y de contrastado prestigio. Ya en los fines de semana, con todo el tiempo por delante, Herralde lee manuscritos seleccionados bolígrafo en mano.

2) Dificultad de los jóvenes por hacerse un hueco. Anagrama siempre busca nuevos valores (como Kiko Amat o Berta Marsé). Pero estos autores compiten por un espacio editorial exiguo ya que los escritores de la casa ocupan mucho lugar. La idea es ir incorporando nuevos autores cada año, lo cual implica que otros que han ido publicando deben dejar el catálogo.

3) Voces rompedoras. Lo que Anagrama busca es una voz nueva, alguien que escriba de manera distinta. No rompedor por rompedor. Cuando hay una voz propia se nota enseguida. En una o dos páginas lo ven –«Aquí tenemos un escritor»–. Otra cosa es que se consiga sostener tal hallazgo durante la trama, hasta el final.

4) Edición literaria vs Edición comercial. Con todos los escritores, incluso los consagrados y buenos, hay detalles menores que pueden mejorarse. Anagrama lo hace y como el autor es inteligente ve que el libro queda mejor. Con los escritores primerizos se meten más a fondo, marcan aspectos disfuncionales o personajes que no están desarrollados. La edición comercial acepta manuscritos informes de calidad regular para trabajarlos junto al autor en una labor de ingeniería literaria destinada a fabricar un bestseller, algo que –desde luego– Anagrama ha descartado hacer desde sus mismos orígenes.

5) No publicación y denegación. Una cosa es no publicar un libro y otra decirle al autor que su libro es una porquería. En Anagrama escriben cartas corteses, a veces estándar, a veces más razonadas, explicando por qué el autor no entra. En la carta estándar se asegura que tienen el cupo de contratos lleno, algo que a menudo es incierto, o que no entra en ninguna de sus colecciones. Si es más personalizada se cumple con el penoso deber de explicar en textos razonados y con ejemplos lo que les ha parecido valioso y qué partes no: los motivos reales de la denegación.