Niño anómalo

Niño anómalo. Fede Nieto. Hurtado & Ortega Editores.

Por Anna Miralles

Fede Nieto tuvo que huir de Argentina junto a sus padres y sus dos hermanos escapando del terrorismo de Estado. Tenía 7 años. El 4 de agosto de 1976, paramilitares encapuchados entran en su casa, encañonan al padre y agreden a la madre. Poco después se inicia una huida que les llevará a vivir en la clandestinidad hasta que consiguen abandonar Buenos Aires para vivir en Estrasburgo como exiliados, y unos años más tarde se instalan definitivamente en Barcelona. Este libro es el relato de esta huida y de todo lo que esta conlleva. Es una historia durísima que refleja el sufrimiento emocional del autor.

«Cada vez que llegamos a una nueva casa aprendemos dónde están las salidas, si hay ventanas bajas o puertas traseras. Si hay patio, dejamos una escalera apoyada en una pared para poder huir. […]. No hay días ni noches. Las ventanas quedan cerradas, las persianas bajadas, las cortinas pasadas. No se sale, no hacemos ruido. Existimos como seres atípicos. Nos movemos en penumbra, descalzos, para evitar sonidos innecesarios. Somos el observador y las sombras proyectadas en la pared. Construimos la realidad a partir de esta anomalía».

Así empieza esta novela autobiográfica. Afortunadamente, esa huida lo puso a salvo, pero pagando un precio muy alto: al escapar de Argentina deja toda una vida atrás, no solo la que tuvo hasta sus escasos siete años, sino la que pudo haber sido; también deja atrás su infancia, tiempo que ya no va a recuperar nunca más.

Fede Nieto vive el exilio con rabia, con odio, siente que no pertenece a ninguna parte y experimenta en primera persona el racismo y la xenofobia. Es en estos años que pasa en Estrasburgo, y más tarde en Barcelona, cuando se afianza su alter ego, el niño anómalo va tomando forma y crece en su interior como respuesta a la incomprensión de los demás, al miedo y al desarraigo que siente; es la forma que tiene de manifestar su ira y su rabia, su inconformismo con la vida que le ha tocado vivir. Se convertirá en un niño –y en un adolescente– taciturno, callado, conflictivo, con bruscos cambios de humor, y pésimo estudiante. En Barcelona, decide aprender pronto el catalán y hace desaparecer su acento argentino. No quiere que nadie sepa de dónde viene, no quiere sentirse más un extranjero. Es también en Barcelona cuando deja de llamar a sus padres como papá y mamá: pasarán a ser para él Silvia y Kito. De alguna forma los castiga porque les culpa de todo por lo que están pasando, de saber tanto, cree incluso que ha sido un error y una cobardía dejar Argentina. La relación con ellos será tensa.

«El exilio es un laberinto de paredes invisibles. Un espacio con muy poco margen para el error. Es una herramienta de castigo. El exilio es degradante. En el momento en que entras en ese camino debes saber que eres menos que nada. Es estar desnudo por la calle. Desprotegido. Sin derecho a réplica. El exilio es una herida abierta que no cierra, cicatrizarla no pasa sólo por uno mismo.»

El libro se estructura en capítulos cortos. Es importante leer los títulos de cada uno porque sitúan al lector en un momento determinado de la vida del autor. El relato no es lineal, se alterna el pasado con el presente, pero de manera muy hábil sin que esto provoque confusión. Además, se incluyen fragmentos en cursiva entre algunos capítulos que explican la situación política de Argentina, indispensables para contextualizar el relato.

El presente del autor tampoco va a ser fácil. Nos habla de su depresión, y de su divorcio que será para él una ruptura traumática porque deberá volver a empezar de cero, solo. Pero en este presente hay algo para él importantísimo: el nacimiento de su hija Jana para la que será un padre que estará siempre presente, divertido, y, por supuesto, vigilante.

Su presente también es tiempo de reencuentros anhelados, de viajes a Argentina para volver a ver a la familia que dejó atrás y que tanto ha echado en falta.

«Cuando nos volvemos a ver nos abrazamos con hambre. Hambre de un cariño aplazado. Palabras como mordiscos. Hambrientos por el tiempo que pasa entre encuentro y encuentro. Hambre por los hijos que han nacido, por los que han crecido mientras hemos estado separados, por los padres que han envejecido o fallecido. Voracidad por un pasado común que se nos ha escapado. Dentelladas soltadas al aire como perros silenciosos de las que solo conseguimos más hambre. Un acto de canibalismo extremo por la escasez de tan básico alimento. Apetito de ellos.»

Uno no sale indemne de la lectura de Niño anómalo. Impacta lo que cuenta y cómo lo cuenta, porque lo que narra le sale de las entrañas, de lo más hondo. Conocemos la vida de Fede Nieto que está trágicamente unida al horror que se vivió en Argentina en la década de los 70, y conocer la represión y la violencia que ejerce el Estado desde la perspectiva de un niño de 7 años es lo que nos sacude. Un niño no debería saber lo que es la tortura, no debería saber de la desaparición o muerte de amigos y familiares –especialmente doloroso el capítulo en el que habla de Susana–, no debería vivir con miedo, no debería aprender a odiar, no debería temer por su propia vida y la de los suyos, no debería sentir el rechazo, no debería endurecerse y acabar convertido en “una piedra con forma de niño”… Y es justo todo esto lo que hace que este libro sea tan sobrecogedor, que la historia está contada por un adulto, pero con los recuerdos de un niño al que le han arrebatado su infancia, su inocencia, lo más sagrado. Fede Nieto literalmente se vacía al escribirlo.

Su estilo es extremadamente conciso, austero, utiliza frases cortas para narrar lo que ocurre o cómo se siente, no edulcora lo que quiere expresar, sino todo lo contrario, es duro e incisivo; sin embargo, consigue emocionar con una narración que roza el lirismo en muchísimas ocasiones.

Escribir estas memorias le sirve a Fede Nieto para exorcizar sus demonios, para rendir homenaje a sus desaparecidos y muertos, y agradecer lo que muchas personas hicieron por él y por su familia, aun poniendo en riesgo su propia vida; pero, sobre todo, le sirve para explicarse ante su hija, Jana, y romper con el niño anómalo que ha formado parte de él durante tantos años.

«He de destruirlo, pero le tengo cariño, sólo es un niño que no ha podido madurar. Llegamos a un acuerdo dejando claros dos conceptos: niño sí, anómalo no.»

La lectura de Niño anómalo ayuda a entender el sentir de los migrantes, refugiados y exiliados que tienen que dejarlo todo en busca de un futuro para sus hijos, en busca de oportunidades que les han sido negadas en sus países de origen, que huyen de la muerte para buscar la seguridad en otros lugares. Sirve para dejar de lado los prejuicios. Incluso habrá quién se pueda reconocer en el narrador-protagonista. Acercarse a la vida de Fede Nieto es conocer parte de la historia más oscura de Argentina que lleva a preguntarnos hasta dónde puede llegar la maldad del ser humano, cómo se puede ejercer la violencia de forma tan gratuita y aleatoria y, lo más descorazonador, cómo asimilar que esa violencia la ejerce quien debería proteger.

Niño anómalo es una novela de lectura obligada. Sintetizar unas vivencias con esta carga emocional tan brutal en apenas 138 páginas y conseguir transmitir tanto no es para nada fácil, pero Fede Nieto lo consigue y de qué manera.