Primeros fríos

Primeros fríos. Xavier Constant Almiñana. La Pajarita Roja Editores.

Por José Manuel López Marañón

Xavier Constant Almiñana (Bellús, Valencia, 1957), catedrático de instituto, ha ejercido la docencia en los institutos de enseñanza secundaria Llombai y  Jaume I, y ha sido también profesor asociado en la Universitat Jaume I de Castellón de la Plana. Además de colaborar en los periódicos Levante de Castellón, Mediterráneo, y Castellón Diario, escribe reportajes para publicaciones como Revista de Burriana y Buris Ana. Autor en 2003 de un libro de ensayos de historia económica (Bellús. Quatre assaigs sobre un nucli rural valencià), la novela Primeros fríos supone su presentación en la narrativa en castellano.

Tres son los personajes principales que articulan las historias de Primeros fríos.

El principal –y voz narradora– es un profesor y doctor en Historia Contemporánea quien, tras cuarenta años de docencia universitaria, decide retirarse a un pueblo llamado Penyaparda, a poca distancia de Llanera de Ranes (en la valenciana comarca de La Costera). Gabriel Ríos pretende escribir allí un tratado para la metodología histórica, pero pronto lo invade el desánimo:

«Me voy a encontrar con pueblos casi desiertos, casonas abandonadas, monumentos descuidados, castillos arruinados. El paisaje de la comarca predispone a la melancolía y aumentará mi abatimiento».

La pensión de Brígida y Onofre no colabora a levantar sus ánimos y así, tras unos intentos por relacionarse con los lugareños, Gabriel recurre al psiquiatra Cornelio, quien le diagnostica «fobia social» y le receta Seropram y Trankimazin, recomendándole posponer la redacción del tratado y obligarse a hablar con la gente. Gabriel se dice a sí mismo: «No padezco ninguna fobia social, lo que ocurre sencillamente es que el género humano es despreciable y no tengo interés en seguir a la manada». El encuentro en Llanera con un ex compañero de universidad –Pere Ulldemolins– y la amistad que hace con el director de la residencia de ancianos en Torrella –Cristo Magaña– parecen motivarlo para acometer su trabajo. El estado civil de Gabriel Ríos es un dato escondido que Constant dosifica durante la novela. Su mujer –la profesora Aure–, aún sin aparecer físicamente, juega su papel, sobre todo al final, en Primeros fríos.

Pere Ulldemolins, ex profesor de universidad ahora cocinero en el restaurante de Llanera y casado con la propietaria, Fabiana Quadrado, representa el carácter de aquel que no renuncia a los ideales de su juventud. Estamos ante un combatiente contra la injusticia social que colabora con un grupo para la recuperación de la memoria histórica. Su ortodoxia militante, dentro de un marxismo trasnochado y cerrado, pronto cansa, aunque hay episodios (así, su decisión de aprender coreano y el posterior viaje a Corea del Norte, de donde regresa precipitadamente porque le han pedido traducir las obras completas del Gran Timonel) como salidos de Big fish, la película de Tim Burton. Es Pere un personaje, eso sí, de una pieza; estancado y sin evolución, caricaturesco, ofrece ágil contrapunto con un Gabriel Ríos cínico y descreído. Pero hasta para polemistas como Ulldemolins llega un momento de ruptura en el que:

«al contrario que los artistas, pensadores y científicos que mudan la energía libidinal por una actividad intelectual creativa, Pere acaba por mutar su labor política y moral en sexual».

Mutación que culmina en boda, luna de miel, y con el nacimiento de sus hijos, a los que va poniendo como nombres Rosa de Luxemburgo, Castro…, en un intento por preservar las quimeras del pasado.

Así como Ulldemolins tiene en el marxismo militante su razón de vida, Cristo Magaña, tras pasar una temporada en Méjico DF con el chamán Alcibíades, pretende evitar el servicio militar a toda costa y para ello se hace primero objetor, luego insumiso y por último desertor. Ello supone disgustar a su padre, guardia civil. Director ya de la residencia de ancianos en Torrella Cristo lucha a brazo partido por seguir recibiendo de los poderes públicos las ayudas y subvenciones que le permitan seguir dando su prestación. Fanático del budismo tibetano, recomienda a Gabriel Ríos, ante sus sinsabores depresivos:

«que te agarres del extremo de un mandala para que sea el destino el que te gire y arrastre».

Por registro lingüístico se entiende la variedad de la lengua que el hablante elige para adaptarse a cada situación comunicativa en la que se encuentre. En estos tres personajes destacados tales registros colaboran decisivamente en su caracterización. Así, el lenguaje del profesor-doctor resulta de un altísimo nivel debiendo, incluso el lector culto, que recurrir –y no pocas veces– al diccionario para averiguar significados de palabras como «acendroplasia» o «acromegalítico». Abundan en boca de Gabriel Ríos latines que si bien en ocasiones puedo inferir su significado, en otras, como «auri sacra fames» o «animus memenisse horret», me dejan en la más espesa oscuridad. Recurrir a enciclopedias de papel o digitales para incrementar su acervo cultural, lejos de crear disgustos, complace a algunos. Pero no puede olvidarse que en estos tiempos de superficialidad la mayoría lectora demanda que el texto venga molido, casi digerido. Todo aquello que no sea acción, que no tenga que ver con «lo que pasa» incomoda. Temo que Primeros fríos suponga para ese lector adocenado un reto del que salga bien parado.

La cacharrería marxista-leninista de los años 70 se adueña del lenguaje de Pere Ulldemolins adaptándose como un guante a su trasnochada manera de analizar la realidad bajo parámetros de una ortodoxia reacia a transformaciones. Ulldemolins se define citando a Gramsci:

«Lo viejo muere y lo nuevo no acaba de nacer, y mientras tanto, todo son fenómenos morbosos».

Otro tanto puede decirse de las frases que Constant pone en boca de Cristo Magaña, otro obsesionado, en este caso con aquello que guarde relación con el budismo y las medicinas alternativas.

Hay indudable mérito a la hora de plantear desde la primera persona una novela de casi 400 páginas con una cantidad estimable de personajes. Pero esas vidas que Xavier Constant alza desde el «yo» en Primeros fríos con acierto solo quedan trazadas durante su primera parte (páginas 11-116). Ya en la segunda (páginas 117-234) su eficacia a duras penas se sostiene, cayendo en el artificio: así Gabriel Ríos –que es quien cuenta Primeros fríos– selecciona con discutible arbitrariedad los contenidos para él relatables de los cuadernos que su amigo Mangaña le ha dejado en prenda. Y durante la última parte (páginas 235-363) la voz en primera persona de Ríos presenta síntomas de desfondamiento, no siendo ya capaz de insuflar el primigenio aliento de aquellas cien hojas iniciales: se perdió la originalidad, el encanto de esa galería humana queda desvaído.

Diré ahora algo sobre la primera y la tercera parte de Primeros fríos, unidas cronológicamente. Dejo para después la segunda, desarrollada entre 1993-1998.

La primera parte, «Penyaparda (Setiembre-octubre, 2010)», es lo mejor de esta ambiciosa pero irregular obra. La llegada de Gabriel Ríos al poblado, a su pensión, viene narrada con una sucesión de aciertos tales que resulta arduo escoger alguno. El tratado que justifica su retiro y que el profesor-doctor no encuentra momento de empezar da un impagable tono kafkiano a esas páginas. Las postergaciones indefinidas eran la especialidad narrativa del autor de El castillo. El extremeño Gonzalo Hidalgo Bayal sabe sacar provecho de semejantes dilataciones en su obra maestra –Paradoja del interventor– y Constant parece querer ponerse a igual altura: la pensión, el paisaje, el paisanaje, incluso el psiquiatra, se conjuran para desolar íntimamente al infructífero Gabriel Ríos, que sólo encuentra consuelo paseándose con un obeso mórbido que atiende al nombre de Rorro. Pero en la tercera parte, «Ecos de la sierra Brusca (Noviembre-diciembre, 2010)», desaparecido como por ensalmo el móvil del traslado a Penyaparda –el tratado que ya ni se nombra ni se acomete– Primeros fríos se amalgama en anécdotas poco atractivas, convirtiéndose entonces en una sosa intrahistoria rural y perdiendo su brío. Las peripecias judiciales que acarrea la negativa de Ulldemolins a la hora de no querer servir en su restaurante a unos políticos a quienes luego injuria deshinchan la primera persona, algo claro de percibir. Esa demanda judicial en la que intervienen abogados y jueces desplaza el protagonismo de Gabriel a Pere pero la trama no atrapa de similar manera, asistiendo el lector a un final de función átono, con regusto a complacencia.

En la segunda parte, «Elegir mi paisaje (1993-1998)», Gabriel Ríos refiere las vidas, durante esos años, de Pere y Cristo. Para Ulldemolins prefiere centrarse en sus años de profesor de instituto en Valencia, donde provocaba desmanes y continuos altercados. De esa época de instituto nace la amistad de Pere con Cristo. Pere, que ha dejado las clases, prepara su tesis doctoral y para despejarse visita con frecuencia a Cristo en Corella. En Llanera conoce el restaurante Quadrado, enamorándose de Fabiana. Estos seis capítulos profundizan en el pasado de tan incómodo personaje iluminando claves que permiten entender mejor su comportamiento durante la primera parte y qué nos espera de él en la tercera. Pero esta función de andamiaje conlleva que la lectura sea reincidente, resultando su incorporación al resto de Primeros fríos accidentada. Esta biografía académica de Ulldemolins se alterna (en otros seis capítulos) con la estancia mejicana de Cristo Magaña, entregado a las enseñanzas del chamán. Cristo vive en su casa con la familia, y se enamora de Aparecida, la hija, y luego de Susa, una chica que conoce en una discoteca. La niebla que cae sobre el DF (y que impide llamarlo ya «La región más transparente») es una metáfora de cómo se siente Cristo. Testigo de un secuestro y haciéndose pasar por vidente logra quedarse con la recompensa… La segunda parte en conjunto, con momentos conseguidos (sobre todo durante los capítulos mejicanos), podría haber jugado un papel de «tiempo muerto», pero su larga extensión (117 páginas) impide cualquier autonomía y obliga a ser leída como parte sustancial de la obra, una lectura esta que pronto desvela cómo la hilazón con la primera y tercera parte no está lograda ni integrada. La ruptura geográfica y narrativa con el resto del texto, con lo que se nos venía contando, resulta excesiva, sobre todo en esos capítulos mejicanos que tan bien podrían haber funcionado fuera de ese lugar. Esta «novela dentro de una novela», extraída de Primeros fríos, podría caminar bien de forma independiente: como colección de relatos, o, mejor aún, como dos novelas cortas.

De Primeros fríos queda una primera parte magistral y un atractivo trazado de personajes. No es poco; es muchísimo para una novela, y más aun tratándose de la irrupción de un novel. Pocos escritores primerizos se libran de añadir más texto de lo estrictamente necesario: la economía narrativa, el saber dónde hay que parar y qué suprimir, solo la da el oficio. Apunto el nombre de Xavier Constant Almiñana desde el convencimiento de que pronto nos dará una obra redonda.