Los seres transparentes

Los seres transparentes. Víctor Frías Jiménez. Ediciones Azimut. 

Por José Manuel López Marañón

En El último suspiro (Plaza&Janés,1982), –su entretenidísima autobiografía–, Luis Buñuel define así a Pepín Bello: «Buenazo, imprevisible, aragonés de Huesca, estudiante de medicina que nunca aprobó un examen, hijo del director de la Compañía de Aguas de Madrid, ni pintor, ni poeta, Pepín Bello no fue nada más que nuestro amigo inseparable». Por su parte Enrique Vila-Matas en Bartleby y compañía (Anagrama, 2000) apunta: «Por mucho que se le diga a Pepín Bello que en los libros que tratan de la Generación del 27 resuena su nombre, por mucho que se le diga que él fue el cerebro en la sombra de la generación literaria más brillante de la España de ese siglo, por mucho que se le insista en todo esto, él siempre dice que no es nadie». Pepín Bello ha quedado como el arquetipo genial del artista hispano sin obras: «No soy nadie. No he escrito nunca con ánimo de publicar. Lo hice para los amigos, para reírnos, por pitorreo».

En Los seres transparentes Víctor Frías Jiménez (Málaga, 1975) se ocupa de personas como Pepín Bello, unas personas que –además de en el campo del arte– juegan importantes papeles pasando desapercibidos en la sociedad, las empresas, los grupos de amigos… «Si nos fijamos bien en todas esas agrupaciones hay una persona pequeña e insignificante que, si desaparece de nuestras vidas, nada vuelve a ser igual», asegura el autor antes de dedicar el poemario a todos esos seres transparentes. El modo de mirar de esta poesía va más allá de lo cotidiano, porque, para aprehender bien a su nómina de personajes, resulta necesaria una mirada curtida y metafísica que descubra pliegues y repliegues del alma muy imperceptibles para los no iniciados.

Alzar desde lo profundo la invisibilidad de estos seres para dotarlos de una vida «nueva» que pueda ser sentida por el lector cuidadoso es lo que se ha propuesto –con éxito indudable– Víctor Frías; y es que dar existencia a lo tenido hasta ese momento por inexistente es la función mayéutica de la poesía. Los seres transparentes desborda la realidad que a primera vista parece plantear y eso es síntoma de cómo aquí hay Poesía con mayúsculas, porque lo poético es, de una u otra manera, el suplemento del sentido.

También hay que afirmar cómo este poemario transmite conocimiento a través de una sinceridad última e irreversible; cómo engrana vida y pensamiento con un lenguaje que no cierra el paso a nadie. Eso sí, la condición que el autor impone es que a su poesía se la busque con el corazón limpio: se la niega al vulgo, no al pueblo.

Los diecisiete poemas vienen acompañados por pequeñas introducciones con las que el autor, en una sugerente prosa, guía someramente a su lector. Haciendo un loable esfuerzo para no verme influenciado en mi tarea –que pretendo sea original– las he saltado nada más verlas para atender su contenido cuando esta reseña esté ya enviada a Abrir un libro.

Resulta complicado agrupar el transparente bestiario de Víctor Frías Jiménez… Las mujeres son percibidas bien desde el amor, un amor que prefiere los dones imperecederos –como la mirada y la sonrisa– a los físicos (en «Lo efímero y lo constante»), o bien desde la total desaprobación del sexo como previo paso hacia la invisibilidad («Nunca más»); también lo son desde la desazón causada por los otros («No llores») o desde la angustia por el paso del tiempo, algo que se materializa en esas niñas que nos hacen preguntar si su inocencia podrá preservarse («La niña eterna»).

El conjunto más amplio lo protagoniza el propio autor en su afán por revelar a sus lectores cómo conseguir y/o mantener la invisibilidad. En «Todo es mentira» previene contra el dios de la lujuria, agente de la Gran Mentira. En «Mundo minúsculo», el poeta, transfigurado en ser transparente crea un micro universo en el que da rienda suelta a sus deseos de un mundo sin fronteras. En «A veces pasa» el deber burgués para con los demás impide alcanzar la transparencia. En «Hombre tristeza» el transparente, en su agonía, busca ser besado. En «El recuerdo arrepentido» los excesos de palabra y proximidad de un personaje corpóreo –y demasiado real– son sublimados por el recuerdo. En «Papeles mojados» se descubren los deseos sin materialización soñados por un transparente. En «Septiembre» el poeta abre y cierra puertas en una alegoría del sueño y la vigilia, del hartazgo y la recuperación, que definen cualquier vida. En «Sueños desde la pajarera» el rebelde sueño del ser transparente logra separarlo de la convencionalidad. Y, por último, en «Silencio» el autor, absoluto dueño de su transparencia, se muestra partidario del silencio, de las cosas dichas a medias, del susurro, temiendo concretar sueños, deseos y esperanzas… porque todo eso mata.

El tercer grupo define –con el mayor rigor posible– al transparente. En «Tabú» se advierte de los peligros que corre el ser invisible que decide hacerse corpóreo: el enfado de quienes lo han rodeado apareja inexorablemente su ninguneo. En «Los soñadores frente al espejo» –el poema más largo y decisivo de Los seres transparentes– Víctor Frías, tomando como punto de partida la confrontación entre «cronopios» y «famas» que en su día ideó Julio Cortázar, contrapone la estandarizada existencia de los no soñadores con la de los transparentes soñadores, atreviéndose éstos, por fin, a unirse fraternalmente bajo anhelos de libertad y traspaso de límites interiores. El último poema «El ser transparente», completa las señas de identidad de estos particulares personajes: son observadores, oyentes, hablan cuando procede, no se ocultan, se mueven por las emociones, recuerdan y olvidan, y están presentes y ausentes a la vez.

«Tal vez debiéramos dejar / De señalarnos con el dedo / Romper los espejos / Que nos convierten en inversos / Olvidar el odio que han sembrado / En nuestras almas / Ese que escuece, que duele / Que atormenta nuestras noches / Alimentando nuestras pesadillas / Convirtiendo aquellos sueños / En heridas / Que no sanan / Que nos sirven sed de venganza.»

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Por Cristina de @abrirunlibro

Conozco a Víctor Frías de las redes sociales desde hace ya algunos años y aunque sólo hemos mantenido el contacto que ofrecen estos lugares, tengo constancia del mimo y cuidado que ha tenido el autor hacia su poemario narrativo Los seres transparentes. Leída la composición pero no reseñada por mí ante mi incapacidad para describir el pensamiento ajeno —eso sí, intentado en varias ocasiones con un escaso éxito y con notables deficiencias—, encomendé al compañero José Manuel López Marañón la lectura y posterior crítica. Fue un alivio recibir esta reseña positiva —Manu es l’enfant terrible de Abrir un libro—, y debo reconocer que respiré aliviada ya que a mí me había encantado Los seres transparentes. Enhorabuena, Víctor.

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Víctor Frías Jiménez. Nacido en Málaga en 1.975, he desarrollado mi vida personal, académica y profesional en esta ciudad. Actualmente, escribo y soy uno de los administradores de la web de viajes www.espaciomasinstante.com
He colaborado como columnista en el periódico digital www.alhaurin.com
Participé en las revistas literarias Bib Azahar, El Torreón, así como en la revista G2000. Durante la temporada 2003-2004 coordiné el espacio “Tertulia Cultural” emitido por Lauro Málaga radio.
Como escritor, mi trabajo se mueve en un equilibrio entre la sólida estructura de la narrativa y la pasión liberada de la poesía, una combinación indisoluble de ambas en la que me muevo con naturalidad, en una mezcla que las complementa. Ambas nacen de mi forma de entender la vida. La narrativa es el reflejo del economista que soy y la poesía es la manifestación apasionada de mi lado creativo.
En una lectura a mi trabajo se comprueba cómo en la prosa se cuelan párrafos dotados de la musicalidad de la poesía, incluso frases que riman. Si hablamos de poesía, mis poemarios se construyen a través del hilo conductor de la narrativa, contando una historia a la largo de cada poema, incluyendo fragmentos narrativos entre ellos, que lo conectan todo generando un conjunto único que da razón de ser al poemario. Mis influencias no provienen exclusivamente de la literatura, sino que también beben del cine y de la música. Probablemente, todas ellas me influyen en la misma medida, marcando mi forma de escribir.
Me gustan las historias bien contadas, donde cada cosa que se cuenta aporta algo a la historia. Si tengo que dar nombres; Edgar Allan Poe, Agatha Christie y Stephen King, fueron los autores de mi adolescencia.