Prohibido fijar cárteles

Prohibido fijar cárteles. Paco Gómez Escribano. Editorial Milenio.

Por José Manuel López Marañón

Lo normal cuando se piensa en «saga» de novela negra es suponer un investigador: policía, detective privado o incluso sujetos ajenos a lo policiaco que se ven involucrados en situaciones que por motivos varios los afectan hasta el extremo de, sin mayor preparación, necesitar resolverlas. Este investigador gracias a su sagacidad y arrojo solventa casos de todo tipo, aunque los asesinatos se lleven la palma. Cualquier saga ha conocido un primer éxito que ha prendido entre los acérrimos al género y que lleva al autor a prolongar en otros títulos las proezas de su héroe, algo que, por lo menos en este país, se estira hasta que el último lector decide volverle su espalda.

Paco Gómez Escribano tiene saga propia. Y, a pesar de saber crear personajes inolvidables (el Torre de Manguis, el Mochuelo, el Elena y el Cuqui de Cuando gritan los muertos o el Tijeras y el Lejía de esta que nos ocupa), los suyos no saltan de un título a otro (la mayoría de las veces porque el propio autor se los carga –de mala manera– sin la menor previsión). Así, esta peculiar saga no vendrá protagonizada por persona física alguna sino por algo tan administrativo como es una división ciudadana: un barrio. El de Canillejas.

Prohibido fijar cárteles es la quinta novela de tan insólito ciclo. Estos «episodios suburbiales», como podría subtitularse el corpus narrativo de Gómez Escribano, retratan ese barrio situado al este de Madrid en diferentes épocas: los años 70 en Manguis; una incursión de peso durante los 90 en Cuando gritan los muertos, que mayoritariamente se desarrollaba en 2007; y en el presente, ahora mismo, en la novela que acabamos de terminar.

Luego hablaremos de personajes, primero quiero explicar el motivo por el cual Canillejas –donde nace y actualmente vive el autor– es el motor de Prohibido fijar cárteles. Porqué sus bares, sus pisos, sus almacenes, la parroquia y hasta los parques no son solamente los escenarios de una acuciante trama; porqué esa tramoya urbana busca, además, envolver a los protagonistas de una manera acogedora, inquietante o terriblemente violenta según cual sea el episodio que estén viviendo.

La iglesia del cura don Pablo, los billares del Chepa, la casa del protagonista –Tijeras, «el Tije»– pero sobre todo el Candil, el infaltable bar de cada entrega, un bar este que no sirve comidas y donde se reúne el Tije con sus amigos, el «Lejía» y «Pipo» (siempre en el palo corto de la ele que forma la barra, cada cliente tiene allí adjudicado su sitio), son localizaciones principales de las que echa mano Paco Gómez Escribano.

En el Candil, bar sin música (Burning y Leño pasaron a mejor vida) habitado por una fiel parroquia tan derrotada como convincente para quien lee, percibimos de nuevo esa sensación tan difícil de lograr como es parar el tiempo narrativo. Las eternas partidas de mus de los jubilados, el grupo de bebedores que recuerdan a un Homer Simpson desdoblado, el Humphrey y la Tacones, dos borrachos que ya solo divagan juntos, y Marga, la viuda de aspecto punk que sopla copazos de ginebra a pelo, siempre sola; todo ese paisanaje, casi siempre aglomerado, da su peculiar y estática configuración al local, a la que decisivamente colabora su dueño y único camarero –el «Chino»– quien no descuida el vaso o copa de ningún cliente y que, entre comanda y comanda, se emplea obsesivamente y sin pausa en pasar un trapo por sus vasos para que reluzcan como el tesoro de la isla. El ambiente apesta a alcohol, a suciedad y a tiempo desperdiciado (el Candil y su gente retrotraen a cualquier tugurio de El borracho, película dirigida por Barbet Schroeder en 1987 basada en las memorias del escritor Charles Bukowski). Sin embargo este bar, para quienes a él acuden, resulta más que un lugar de recogimiento y encuentros: es su centro del mundo, una médula de la que cuesta esfuerzo despegarse.

Tije cohabita con su madre en un piso al que denomina «agujero infecto» y que debe dejar a menudo, casi a la carrera, para que la mujer se solace con el querido. Los recuerdos del padre alcoholizado ya muerto y del hermano psicótico generan en Tije una inseguridad que rebota en esas familiares paredes. Es este un ámbito decididamente tétrico que, sin embargo, él y sus amigos usan no pocas veces para importantes cometidos.

La iglesia y sacristía del cura don Pablo, ambientes hostiles en principio para Tije, acaban mostrándole un inopinado apoyo que termina por salvarle la vida.

El almacén del malo malísimo de esta novela –el «Ruso»– y sus bestiales sicarios, cuartel general del cártel rumano de la droga establecido en el barrio y que, para aumentar sus ingresos, da préstamos con intereses leoninos (los impagos generan crueles torturas), resulta escenario ideal para sórdidos acuerdos y las más espeluznantes ejecuciones.

Por fin los billares, y sobre todo los parques, donde los protagonistas se sientan a descansar para ver pasar la vida y donde desde un banco descubrimos, con ellos, que por Canillejas «abundan gitanos, rumanos y musulmanes» y «que ya no hay jeringuillas por el suelo», o que «se escucha merengue en vez de rock y que de ACDC se pasó a Bisbal» (¡toma posmodernidad!). Esos parques de barrio son también apropiados para charletas filosóficas, acompañadas con latas de cerveza barata y tabaco, y en los que se acuñan desesperanzadas sentencias:

«El alma del barrio era negra, más negra que cada una de las historias tristes que habían ocurrido, negra como el color de la miseria, pesada como todas y cada una de las partículas de desesperanza que formaban una masa granulosa invisible, pero que se colaba por cada poro de la piel».

Los protagonistas de Prohibido fijar cárteles son un alcohólico (Tijeras), un licenciado de la Legión bastante colgado (Lejía) y un ex yonqui terminal que ha salido de la cárcel para morir en su casa (Pipo). Tijeras, que cuenta la novela en primera persona, es un amargado a quien sólo atemperan las copas de chinchón y tragos largos de DYC. Su carácter queda reflejado en ácidas cavilaciones: «Si algo tenía claro en esta vida es que siempre te tropezarás con algún hijo de puta en cualquiera de sus variantes: hijo puta, hijo de la gran puta, hijo de su puta madre, hijo de mala madre o hideputa vulgar y corriente». Se nota que el chico lee a Bukowski y a Thompson. Al Tijeras le dan ataques de delirium tremens en plena calle y manadas de ratas buscan devorarle los pies.

En muchas ocasiones requiere ser ingresado. Lejía regresa al barrio después de un largo periplo como legionario (que incluye paradas en Irak y Afganistán), y enseguida reanuda su trato con Tije. Tiene el cerebro que le falta a su alcoholizado colega y planifica con pericia, además de ser un experto en el manejo de armas y en tunear pistolones de juguete. Por su parte Pipo es un enfermo terminal al que quedan dos telediarios. Para este ex politoxicómano ya no hay labor de riesgo que pueda asustarle. «Mejor morir tiroteado que en la UVI» es su mantra.

Para saldar una deuda de 50.000 euros con el Ruso al Lejía se le ocurre atracar simultáneamente tres bancos de pueblo. Cada uno, con su coche prestado, despluma sin problema una entidad bancaria. Pero tras el pago, el Ruso y sus sicarios lejos de dejarlos en paz se convertirán en la permanente pesadilla de los tres amigos. A partir de este momento la novela se arroja a un trapecio sin red logrando Gómez Escribano sintetizar –magistralmente y en la línea del Borges de Hombre de la esquina rosada– enquistadas inquinas personales con orgullo de barrio, ese orgullo que renace de sus cenizas para enfilar a quienes vienen a territorio ajeno para extorsionar y matar impunemente.

Esta frase del capítulo 16 resume a la perfección el espíritu de Prohibido fijar cárteles:

«Vivíamos en el mismo agujero que habíamos nacido, pero, qué coño, era nuestro agujero, y nadie tenía derecho a echarnos más mierda encima, y más un tipo que era de fuera, de muy lejos, y que tenía a medio barrio acojonado».

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Paco Gómez Escribano es Ingeniero Técnico Industrial en la rama de Electrónica. Ha publicado siete novelas: El círculo alquímico (2011) y Al otro lado (2012), ambas con la editorial Ledoria; Yonqui (2014, edit. Erein), Lumpen (2015, edit. Pan de Letras), escrita a cuatro manos con Luis Gutiérrez Maluenda, Manguis (2016, Premio Novelpol, edit. Erein), #MadridPrisión (2017, edit. Black & Noir) y Cuando gritan los muertos (2018, edit. Alrevés). Con Yonqui entra de lleno en el género negro. Junto a Lumpen, Manguis, #MadridPrisión y Cuando gritan los muertos, las novelas comprenden un viaje físico y literario por distintas épocas del barrio del propio autor, Canillejas, situado al este de Madrid. Actualmente imparte clases de Formación Profesional en un instituto público de Madrid.