Telefónica

Telefónica. lsa Barea-Kulcsar. Traducción de Pilar Mantilla. Hoja de Lata.

Por José Manuel López Marañón

Una gran novela ve la luz. Por las fechas en las que salga publicada esta reseña de Telefónica en Abrir un Libro se cumplirán 83 años desde que a Madrid le cupiera el doloroso honor de ser la primera gran ciudad atacada de forma masiva en una guerra aérea.

Las bombas incendiarias de 100 kg arrojadas por los bombarderos alemanes (Junkers) e italianos (Caproni) que hoy, tras los estragos creados por las que se lanzaron durante la Segunda Guerra Mundial parecen inocuas, no lo fueron, ya que causaron la muerte a más de 1.500 personas y produjeron unos 3.000 heridos, además de destruir casi 1.000 edificios. Sin apenas defensa antiaérea y con el precario apoyo de los cazas soviéticos, la República no podía impedir que la aviación enemiga alcanzase el centro de Madrid y que dominara, también por aire, el voluntarioso inicio de su plan de conquista.

80 años se cumplen de Telefónica, cuyo manuscrito Ilsa Barea (Viena, 1902-1973) ultimó en Puckeridge, Inglaterra, eligiendo para ello una fecha simbólica: el 31 de marzo de 1939 –final de la Guerra Civil–. Una novela que, hasta que Hoja de Lata ha decidido editar –lo que dice mucho de la desidia cultural e histórica en que vivimos–, sólo se había publicado en 1949, por entregas, en un periódico socialista austríaco: Arbeiter-Zeitung.

Hay que congratularse por esta edición de Telefónica, obra de Georg Pichler (a él corresponde el epílogo donde se biografía a Ilse Winhelmine Elfriede Pollack Kulcsar de Barea), así como por la traducción de Pilar Mantilla. Y hay que agradecer a la Cancillería Federal de Austria su ayuda para esta versión al español. Entre todos han conseguido que tengamos la que, en mi opinión es –junto a La llama de Arturo Barea y San Camilo, 1936 de Camilo José Cela– la mejor novela sobre nuestra guerra.

Por supuesto que para los lectores (no tantos como debiera) de esa imprescindible trilogía que es La forja de un rebelde (La forja y La ruta preceden a La llama), escrita por el marido de Ilsa –su jefe de carne y hueso en la Telefónica–, para esos afortunados, digo, disponer de un ejemplar de Telefónica y conocer de primera mano cómo ella vio –y padeció– lo que pasaba en el edificio durante aquellas jornadas acaba convirtiéndose en uno de esos raros milagros que nos regala una vida sin apenas sucesos literarios.

La ciudad y la guerra. A este Madrid de finales del otoño de 1936 (la novela se desarrolla entre el 16 y el 19 de diciembre), que es al que llega la protagonista de Telefónica, la alemana Anita Adam (alter ego de Ilsa Barea), lo sitia un ejército de 20.000 hombres bien equipados y con una artillería que lanza, sin descanso, obuses y granadas sobre la capital. Desde la Gran Vía donde se alza el edificio de la Telefónica hasta el frente apenas hay 1 kilómetro de separación:

«Afuera resuena la guerra. Ametralladoras, fusiles, artillería. Por encima del frente flota un banco de niebla negruzco, se divisa más allá de los tejados».

El gobierno, temiendo la inminente ocupación, ha huido a Valencia, algo que disgusta a quienes se han quedado: «El pueblo, abandonado por sus dirigentes, se bate en Madrid por sus ideales». La Ciudad Universitaria, la Casa de Campo y el parque del Oeste son escenarios de cruentas batallas. Así, nos enteramos de cómo los franquistas han entrado en la Ciudad Universitaria, donde Buenaventura Durruti y su columna anarquista reemplazan las continuas bajas producidas entre los batallones marxistas.

El avance por la Casa de Campo hace temer lo peor y provoca nuevas desbandadas. Muchos periodistas deciden marcharse. La muerte de Durruti ha provocado el caos en las líneas republicanas, mantenidas a esas alturas solo por la efectividad de las Brigadas Internacionales, las cuales, formadas por unos 3.000 hombres, estaban organizadas militarmente y disponían de oficiales bien formados. Los brigadistas acabaron convirtiéndose en la única respuesta útil del movimiento obrero internacional a la política de No Intervención de los gobiernos democráticos.

Transformar en ejército unas indisciplinadas milicias como las españolas requería tiempo. Además, su congénita desconfianza hacia cualquier militar de carrera, comprensible a la vista de la conjura de los generales, resultaba letal para el espíritu castrense… Pese a todo, cuando Telefónica termina, los corresponsales dan fe de cómo el edificio permanece en pie a pesar de los bombardeos. Con esta prueba de optimismo, y sabiendo que Franco es dueño de Madrid aunque… ¡tres años más tarde de lo previsto!, rubrica Ilsa su novela.

El edificio más alto de España hasta 1953. De casi 90 metros y construido durante la dictadura de Primo de Rivera por Ignacio de Cárdenas en la Gran Vía madrileña (hoy, número 28), el rascacielos de la Telefónica descrito por Ilsa Barea era un hormiguero humano en el que destacaban –repartidos por sus 13 pisos y 2 sótanos– una decena de corresponsales de varios países, los administradores militares y civiles del edificio, los responsables de la censura y la vigilancia, y abundantes directivos políticos.

Mayor protagonismo cobran el cuarto y quinto piso. En el cuarto estaban los periodistas de la prensa extranjera, y en el quinto, la censura de prensa, el departamento del Ministerio de Asuntos Exteriores y la censura de teléfonos. El primer y segundo piso alojaban a los familiares de los empleados de Telefónica. Pero en los sótanos se hacinaban más de 600 refugiados provenientes de suburbios y pueblos, familias a las que se prestaba escasa atención y para las que la comida empieza a escasear. En el piso 13 tenía su puesto de observación el Estado Mayor, que disponía de un telémetro.

En esta novela coral que es Telefónica encontramos asimismo, repartidos por otros pisos, a obreros, policías, milicianos, gente de primeros auxilios, oficiales de observación del Estado Mayor, la oficina militar del comandante, etcétera. ¿Por qué tenía tanta importancia el edificio para la República y fue blanco predilecto para los franquistas? Porque era el principal nudo de telecomunicaciones, de las líneas tanto nacionales como internacionales. Además desde allí los corresponsales extranjeros ponían sus telegramas y hacían sus llamadas. Inutilizando la Telefónica los franquistas sabían que amordazaban a la República.

La censura según Anita Adam. En la Telefónica se requerían personas que manejaran idiomas con tan alto nivel como para detectar las trampas de los corresponsales a la hora de servir su información. El derrotismo, con los franquistas a las puertas de Madrid, estaba a la orden del día. Y en estas circunstancias el comandante Agustín Sánchez (alter ego de Arturo Barea), jefe de Censura, se encuentra desbordado por las órdenes que le llegan del Ministerio de Estado, de la Junta de Defensa y del Comisariado de Guerra.

Una mujer que dominara 5 idiomas (entre ellos inglés, lengua oficial para la prensa extranjera), de trato afable, que no fuera coqueta ni llevara zapatos de tacón, y que mantuviera la compostura durante los bombardeos para el comandante Sánchez era un sueño… Y el 16 de diciembre de 1936 se materializó llegando desde Valencia Anita Adam para hacerse cargo del turno de noche de censura extranjera.

Sin embargo, y ante las generalizadas sospechas de espionaje y sabotaje divulgadas por los paranoicos empleados de la Telefónica, la alemana, de entrada, no es bien recibida ni siquiera por Agustín (que también tiene a su cargo la administración militar del edificio). Ante el interrogatorio al que le somete el comandante, Anita, muy sorprendida, se defiende:

«Naturalmente que estoy aquí como todos nosotros, como socialista o antifranquista, como quiera llamarlo. En cualquier caso, como camarada que quiere ayudar».

Comunistas y, sobre todo, anarquistas no tardan en mostrarle desconfianza («ese marimacho extranjero que no se sabe si es amiga o enemiga») debido a los recelos que en ellos crea el enfoque mucho más periodístico y propagandístico que Adam ha empezado a dar a la censura de prensa:

«Las noticias de los bombardeos son muy importantes para hacer propaganda a nuestro favor, en esto hay que prestar todo nuestro apoyo a la prensa».

Más tarde escribe:

«La defensa de Madrid es la experiencia más importante, la historia más importante, de nuestra generación. Y eso no hay porqué ocultarlo. Tampoco se puede reducir a frases tópicas».

Las normas de la censura, tanto para la prensa española como para la extranjera, venían dictadas por la Junta de Defensa, y los censores estaban sometidos a la ley marcial. Anita Adam, –jugándose el tipo–, logra su flexibilización gracias al grado de tolerancia que consigue arrancar del Comisariado de Guerra y también del corresponsal de Pravda, el comunista Kolstov. Sánchez, seducido por la capacidad de trabajo de la mujer, pronto empieza a cubrirla, y no solo por motivos personales, también por convicción. Tan lejos de su país y de su marido, se siente sola e incomprendida en la fría habitación del Hotel Gran Vía, donde duerme vestida por si hay que evacuarlo.

Anita no para de censurar comunicados de prensa, informes de franceses e ingleses sobre la situación, radiotelegramas para Hispanoamérica y hasta llamadas telefónicas. En el fondo siente cómo en sus informes al exterior no llega absolutamente nada del aire real que se respira en Madrid, nada de la tensión y la esperanza, del trabajo o del miedo:

«Esta censura es de idiotas. Tachar lo que le podría servir de referencia al enemigo; eliminar noticias tendenciosas sobre el pánico. No dejar que se filtre una sola mención a derrotas o a discrepancias internas. Eso es lo esencial de sus instrucciones.»

Los enfrentamientos entre Anita Adam y Agustín son frecuentes. Él la amonesta por sus comunicados de prensa, que tan mala impresión ofrecen de la situación en Madrid, por consentir tanto a los periodistas («a mí lo que me interesa informar es de lo nuevo que surge en medio de la sangre y la suciedad», le responde, airada, la alemana). Tras acusarla de arbitraria e imprudente (ella le llama «burócrata y miedoso») Sánchez le ruega que regrese a Valencia. Pero se mantendrá firme en la Telefónica.

«Ser tacaño con uno mismo no tiene sentido porque solo el que da su vida recibe vida» (de una canción compuesta por Anita Adam).

El acoso anarquista hacia Anita se personifica en el fiero Valentín, dispuesto a darle «el paseo». En el capítulo más estremecedor del libro (el IX de la Tercera Parte) asistimos a la arbitraria detención de la censora para ser interrogada por el Servicio de Inteligencia Militar. Gracias a una decidida intervención del comandante Sánchez se libra de salir del edificio por la protección que le brinda un sargento. Tras este episodio Anita Adam logra la confianza y se le considera, por fin, una buena revolucionaria que mantiene la disciplina. Hasta la CNT reconoce su error con la censora.

Cuesta creer que estemos ante una opera prima porque este texto de multitud de perspectivas y enfoques opuestos refleja la endiablada habilidad de una periodista muy dotada para dibujar secuencias, armar diálogos y barajar con depurada técnica diversos estratos narrativos. Ilsa Barea demostró tener madera de novelista y es una lástima que no insistiera con el género.

Telefónica acaba en un ambiente generalizado de evacuación dentro de la Sala Internacional de Prensa. Pocos creen que Madrid resista…, entre ellos el nuevo corresponsal americano, Macklin… Y, en efecto, la guerra aún se prolongará…, pero esa ya es otra historia. 

«La Telefónica era la atalaya y el símbolo de Madrid en aquellos primeros meses de sitio, cuando la gente, sobreponiéndose a sus pequeños miedos y a los pequeños actos de valor de sus vidas individuales, se convirtió en un solo pueblo en lucha. Este destino común de vida y muerte al que nadie podía sustraerse creó una cálida unión en el interior de los elevados muros de hormigón de la Telefónica, porque los que trabajaban y vivían allí se sentían como la avanzadilla de la muerte. Y sin embargo nadie murió durante esos meses en la Telefónica de Madrid, y el edificio sobrevivió con cientos de impactos de granadas en el cuerpo». Ilsa Barea.

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lsa Barea-Kulcsar (Viena, 1902-1973), fue una periodista y socialista austriaca. Bajo el gobierno protofascista del canciller Dollfuß, ella y su primer marido, Leopold Kulcsar, organizaron la resistencia clandestina.

A finales de 1936, Ilsa continuó de forma activa en la lucha contra el fascismo, como periodista en la Guerra Civil española. La asignaron a la oficina de censura de prensa extranjera dirigida por Arturo Barea, quien se convertiría en su segundo marido. A los cinco días de casados, lograron salir de España camino a París.

En la capital francesa Ilsa escribió gran parte de Telefónica y Arturo comenzó a trabajar en su célebre trilogía La forja de un rebelde. A finales de febrero de 1939 ambos partieron hacia su exilio definitivo: Gran Bretaña.

Bajo el título de In der Telefonica (En la Telefónica) Ilsa puso fin a su manuscrito en un día señalado de la guerra de España, «31st March, 1939».

Telefónica se publicó en 70 entregas en el periódico socialista austriaco Arbeiter-Zeitungentre el 13 de marzo y el 4 de junio de 1949.