Los señores del humo

Los señores del Humo. Claudio Cerdán. Ediciones B.

Por José Manuel López Marañón

Claudio Cerdán (Yecla, 1981), no es un desconocido para los amantes del género negro. Este murciano treintañero ha ganado ya importantes premios como el Novelpol 2012 y el Premio de Novela Ciudad de Santa Cruz. Finalista en otros certámenes, Cerdán deja su impronta en el género desde su primera novela El país de los ciegos (2012), relanzada en edición digital durante 2014. Con Cien años de perdón consigue que El País se fije en ella como una de las mejores novelas negras de 2013. El club de los mejores y La última palabra de Juan Elías (Ediciones B, 2016 y 2017) colocan al prolífico autor en altos niveles de popularidad y ventas. Gracias a su última obra, esta que hoy reseñamos, Cerdán consigue algo complicado: el reconocimiento de sus colegas. Los elogios de Lorenzo Silva, César Pérez Gellida y Paco Gómez Escribano, autores comedidos en sus recomendaciones, así lo atestiguan.

Lo mínimo que puede pedírsele a una novela de 650 páginas, lo único verdaderamente exigible, es que desarrolle intensamente a un personaje; que al terminarla, a ese protagonista lo hayamos conocido como si lo hubiéramos tratado, como si nos hubiera contado su vida compartiendo rondas de cerveza. Y Los señores del humo resulta generosa al respecto. Al leer la última línea del epílogo cerramos el libro con la impresión de habernos acercado no a un desvaído y desdibujado ente de ficción sino, muy al contrario, con la de haber tratado a tres poderosísimas personalidades que, si bien —para nuestra suerte—, no encontraremos jamás en nuestras apacibles vidas, ya no podremos decir que no hayamos conocido. Son las de Paco Faura, Aldo Vargas y Carl Jimenes (CJ).

Francisco José Faura. Hilo conductor de Los señores del humo e indudable protagonista si no fuera porque junto a él caminan dos competidores que, a la larga, no solo no le quitan papel sino que van a realzar sus cometidos. En este sesentón, policía retirado por un infarto y que trabaja como detective sin licencia metiendo horas en su Fiat Marea mientras vigila adulterios con una cámara con teleobjetivo y mea en una botella, en este abuelo, encuentro la dosis de cinismo de la que nacen grandes detectives.

«Experto en oler braguetas, mear en botellas, escarbar en contenedores. La mierda era su maná. Las miserias de los demás lo mantenían activo».

A la mujer de Faura, Susana López, hace 2 años la atropelló un coche y reposa en coma en una clínica privada; Faura, a la espera de un milagro, se niega a desenchufarla. Encontrar a quien le pasó por encima sin detenerse es su misión. Escéptico ante las pesquisas de la policía él mismo lleva una investigación paralela.

Manuel Ruano, concejal de urbanismo de Alcorcón, que compadrea con el antiguo jefe de Faura, es el principal valedor del ex policía, a quien encarga casos que no requieran demasiada acción. Ruano pide a Paco que investigue a todos los dueños de parcelas que van a expropiarse (cuantos más trapos sucios encuentre mejor para negociar apretando) con el fin de edificar en ellas Eurovegas, un macroproyecto de ocio en Alcorcón con 24 casinos, 2.700 mesas de juego, 6.500 máquinas tragaperras y todo ello en 28 km cuadrados.

La aparición de una calavera en el terreno de un expropiable y las indagaciones por parte de Paco Faura de semejante hallazgo (el cráneo procede de un crimen cometido hace 30 años; no tarda en descubrir que él mismo lo investigó dándole carpetazo demasiado pronto) coinciden con la muerte de una prostituta rusa, también decapitada. Faura tiene una corazonada y relaciona ambos crímenes. La dinámica de acción en la que entra el ex policía alcanza extremos poco recomendables para alguien con parte del corazón necrosado. Además, por si esa peligrosa investigación no fuera suficiente, el hallazgo del vehículo que arrolló a Susana lo lleva hasta Coimbra. Allí se entera Paco por Teresinha, madre del homicida, de cómo su hijo, víctima también de un accidente de tráfico, está ingresado en un hospital.

«A Faura le gustaban las cosas simples y eficientes: un Montecristo entre los dientes, micros de la Guerra Fría, su inseparable encendedor zippo. “Que se joda el progreso: los vejestorios aún podemos plantar batalla”».

Aldo Vargas. Este mejicano del cártel de Sinaloa es el segundo lado del protagónico triángulo –equilátero– en Los señores del humo. Huyendo del asesino de su hermano, Aldo llega a Madrid con pasaporte falso. Sobreviviendo a base de dar tirones y de comer kebabs pronto acaba en Soto del Real, donde conoce a Dmitri Vorobiov, un checheno que está encarcelado por dar un navajazo a un rival en el negocio de la prostitución. Convertir en yonquis a las campesinas rusas que le llegan para así prostituirlas mejor es su oficio en la vida civil. Al salir, ya siendo el perro fiel de Dmitri, Aldo chulea a las rusas que le encargan. Así, a Galya Kutnezsova, una pértiga siberiana de 24 añitos y 184 cm a la que un cliente poco caballeroso pone la cara del revés durante un servicio. Sin decirlo ni mucho menos manifestarlo, Aldo se enamora hasta el tuétano de esta chica. Para demostrarlo, a Dmitri y los demás rusos del clan, Aldo tiene sexo con ella sobre un escenario en una escena de vergonzante crudeza. Obsesiones de profundo calado turban el espíritu de este mejicano, complicado y complejo hasta decir basta. En realidad Aldo fue su hermano gemelo, de quien se ha apropiado de su personalidad y de su cartera para poder llegar a Madrid. Al auténtico Aldo Vargas lo decapitó con una motosierra un amigo de ambos, Miguel. Es este un delicado procedimiento del Chapo para quienes le «pierdan» medio kilo de cocaína. Por eso en el capítulo 9 leemos: «Me llamo Aldo. Ya estoy muerto».

«Me asesinaron en Sinaloa. Soy un muerto. Lo grabaron en vídeo. Cada noche lo pongo para recordar que me arrancaron la vida. No siento, no padezco, sólo trato de terminar lo que ellos empezaron».

A pesar de que Dmitri le ha prohibido tener relaciones con la siberiana, el mejicano se la lleva a una casa diminuta. Allí dan rienda suelta a su pasión y deciden que Aldo la chuleará mientras salen adelante. La decapitación de Galya desquicia al mejicano, quien se culpa por no haberla protegido bien. Entre pastillas y cocaína, convencido de su culpabilidad, Aldo prepara una minuciosa venganza. Consigue entrar en el polígono donde tienen su sede los rusos y apunta hacia el proxeneta Dmitri, quien, a pesar de jurar que él no mató a Galya, recibe dos tiros. En paralelo Faura ha descubierto cómo Miguel Herrera Sauceda –tras pasar 4 años en la cárcel de Aranjuez por llevar bolas de coca en el estómago– es ahora Julio Serrano Ortega, un pacífico encofrador redimido en la cárcel por su fe en Jesucristo. Frente a frente Aldo pronto se convence de que su ex amigo Miguel no ha decapitado a Galya. Él jura que no ha matado a nadie en España:

«Cometí muchas barbaridades en Culiacán. El Chapo era implacable, y los que trabajábamos para él también debíamos serlo. No me siento orgulloso».

Pero recordando a su hermano todo esto, para Aldo, son palabras inútiles…

CJ. Tercer lado del regular polígono, a este dominicano veterano de Afganistán se le encomienda la seguridad del proyecto Eurovegas, aunque en realidad Harrelson Levy –«El mormón», el jefe de todo esto– lo quiera para que sea sombra de su hijo Larry Levy (cincuentón con cerebro de mosquito, drogadicto y mujeriego) durante la edificación de los casinos. Por su conocimiento del idioma nativo CJ resulta especialmente capacitado para estas misiones.

«Harrelson Levy no se sorprendió demasiado. El ejército de mercenarios que contrataba como seguridad privada eran todos tipos duros. Comían tornillos y cagaban cristales. CJ entraba en esa categoría».

CJ tiene su propia obsesión: Percy de la Cruz. Tras un año de cautiverio por Al Qaeda y ser condecorado como héroe de guerra por Condoleezza Rice, aquel verdugo yanqui de los talibanes que rebanaba las cabezas de sus compañeros (y a quien CJ debe la vida por ir posponiendo adrede su ejecución) ha viajado a Madrid. Las imágenes de Percy ejecutando soldados americanos no se le van de la cabeza a CJ y le golpean durante toda la novela. Sospechando que ha decapitado a la rusa y enterado de que es heroinómano, CJ, armado, va a la Cañada Real Galiana, el supermercado madrileño de la droga, donde piensa que Percy aparecerá para abastecerse. Al saber que la rusa era prostituta CJ también se disfrazará de turista sexual para patear las zonas calientes de la ciudad (Montera, plaza Cuzco, Vicálvaro y Vallecas). Pero es en el sitio menos pensado donde se topará con Percy…

Las búsquedas de Faura, Aldo y CJ vertebran Los señores del humo. Es cierto que detrás de todas ellas está el afán común de detener al serial killer (¿Miguel? ¿Percy? ¿Un anciano?) que siembra Madrid de cabezas. Pero en el caso de Aldo la implacable persecución del asesino de su hermano viene propulsada por el ansia de una venganza atroz que, –por su ferocidad pura–, nos recuerda a aquella que se desarrollaba en Prótesis: la del Dientes hacia el policía que lo torturó. No menos obsesivos resultan los empeños de Faura para dar con el coche que atropelló a su mujer; mientras su trabajo para descubrir al asesino múltiple está teñido de una profesionalidad ribeteada de eficiencia, a la hora de dar con quién mató a su mujer descubrimos una mente desequilibrada, enfermiza en su encono y que no ceja hasta ponerse frente a quien ha perseguido durante casi 3 años. Las líneas de investigación de Paco Faura están hilvanadas con maestría: complementando sus estratos narrativos, ofrecen al lector un completo retrato de la psicología del ex policía. La desesperada búsqueda de CJ hacia Percy sin embargo no viene motivada por venganza alguna sino por motivos de supervivencia: el decapitador con su potente reguero de sangre salpica a la organización de Eurovegas y CJ debe cortarlo para conservar el importante puesto para el que le ha contratado Harrelson Levy y su propia vida.

Con semejantes especímenes se comprende que los mejores capítulos de Los señores del humo, los más intensos, sean aquellos donde se entrecruzan sus pesquisas. Así, resultan modélicos el 64, donde pese a las torturas que le infringe Aldo Miguel jura no haber matado a Galya… O el 43, que reúne a Faura, Aldo y CJ («El bueno, el feo y el malo»): «Aldo supo que estaba en mitad de una timba de póquer donde se jugaban la propia vida. CJ tenía las armas pero Faura parecía controlar la situación». La idea de colaborar conjuntamente para encontrar al asesino no convence a CJ, quien se resiste a darles el paradero de Percy (lo tiene escondido) y se va de casa de Aldo tras tumbarlos en el suelo y exigir que no se muevan.

Las tramas de Los señores del humo se desarrollan durante 2013: el año que, al mismo tiempo que el Reina Sofía celebraba su gran exposición sobre Dalí, se desvelaba el romance del rey Juan Carlos con Corinna Larsen y estallaba el escándalo de Urdangarín. Harrelson Levy ve unidos la construcción de sus casinos con la celebración de las Olimpiadas en Madrid en 2020: ambos proyectos deben ir de la mano. El COI ha aceptado sobornos y un 63% de sus miembros parecen estar dispuestos a votar por Madrid. En el capítulo 72 Cerdán nos desvela algo que ya sabíamos: Tokio resulta ser la ciudad elegida. La indignación de Levy hacia España no conoce límites: en ese país desligado de la realidad –piensa– la batalla estaba perdida antes de comenzar… La viabilidad de levantar Eurovegas en Madrid (cuyo ayuntamiento tiene una deuda de 7.500 millones de euros) queda reducida a cero. Todo ha sido humo, habrá que buscar otro país.

Los señores del humo es una narración que aprovecha el telón de fondo de aquella sociedad sumergida en una crisis económica imparable –y moralmente degradada– para echar a rodar sus estremecedores personajes, los cuales, poniendo toda la carne en el asador en sus búsquedas logran, al mismo tiempo, desnudarse moralmente. Los lectores, embriagados ante semejantes ejercicios de autoflagelación, no separan sus ojos de este libro.

El autor prefiere capítulos no muy extensos con párrafos no largos en los que abundan frases cortas que sacuden como latigazos. Es una opción acertada para acompasar el ritmo trepidante de las tramas. Cuesta mantener este aliento creativo durante centenares de páginas, pero Claudio Cerdán, en un momento dulce de sólida madurez, lo consigue sin desfallecimientos. Incluso tiempos muertos como los que tienen lugar en un club de armas, en una morgue o en un comedor de beneficencia, cumpliendo esa función de relajo, acaban integrándose en el todo por su contenido de crítica social.

En fin, Los señores del humo es un título con el que acertar esta Navidad entre sus amistades apasionadas por el género negro, pero también para aficionar a quienes no lo conocen o desdeñan. Un acierto pleno, se mire por donde se mire. Y que nadie se asuste por el tamaño del volumen: se devora.

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Claudio Cerdán (Yecla, 1981) es escritor de novela negra. En su palmarés destacan el Premio Novelpol a la Mejor Novela Negra de 2012 y el I Premio de Novela Ciudad de Santa Cruz. Además, ha sido finalista, entre otros, del Silverio Cañada de la Semana Negra de Gijón, el Valencia Negra y el Pata Negra otorgado por la USAL.

Su última novela lleva por título El club de los mejores (Ediciones B, 2016), firmada con el seudónimo Arthur Gunn. Sus libros se han publicado con éxito en España, Argentina, México y Francia. En la actualidad reside en Suecia.