No hay luz bajo la nieve

No hay luz bajo la nieve. Jordi Llobregat. Ediciones Destino.

Por Anna Miralles

En 2015 se publicó la primera novela de Jordi Llobregat, El secreto de Vesalio, un excelente thriller ambientado en la Barcelona del siglo XIX. Cuatro años después aparece su segunda novela, No hay luz bajo la nieve, una apasionante historia que mantendrá al lector pegado a sus páginas hasta el desenlace.

En esta ocasión la acción nos sitúa en la zona de los Pirineos donde se está construyendo una nueva estación de esquí que será la infraestructura estrella de la candidatura hispano-francesa para los próximos JJOO de Invierno. En la piscina de una de las instalaciones en obras aparece el cuerpo sin vida de Daniel Latour, un ingeniero y antiguo seminarista. El cuerpo presenta las manos atadas a la espalda y los párpados cosidos con alambre. Este será el primero de una serie de asesinatos que se caracterizarán por el sufrimiento que el asesino inflige a las víctimas hasta que les llega la muerte.

Álex Serra será la subinspectora encargada de descubrir quién o quiénes están tras esta serie de crímenes. Llobregat consigue crear una protagonista que da muchísimo juego -desde el punto de vista literario-, con una vida personal y profesional complicada. Un personaje en horas bajas al que el lector le tomará afecto.

La subinspectora ha sido apartada del cuerpo por disparar a su compañero cuando tenían que detener a un sospechoso. Ella no consigue explicar la razón que la ha llevado a herir gravemente a su colega. A esto hay que añadir que Álex es alguien con un carácter difícil, poco amigable, mordaz, aunque muy buena en lo suyo. Sorprendentemente, el comisario Martí, su superior, quiere que sea ella quien se haga cargo del asesinato de Latour por lo que la investigación de asuntos internos se suspende y ella es readmitida. Martí sabe que conoce el terreno como la palma de su mano porque pasó parte de su infancia en la zona. Álex no tiene más remedio que aceptar el caso, el comisario no le da opción.

Álex Serra carga con un pasado traumático que le pesa como una losa y del que no logra desprenderse. Sabemos que se siente culpable por la desaparición en extrañas circunstancias de Lía, su hermana mayor, cuando tenía 11 años. Sufre constante ataques de ansiedad y depende de los ansiolíticos que la ayudan a no hundirse más de lo que ya está. Su padre dedicó su vida a encontrar a Lía, Álex se sintió desplazada a un segundo plano, y padre e hija se distanciaron de manera que perdieron el contacto durante muchos años. En el momento en que sucede la acción, su padre se está muriendo y ella siente la necesidad de estar cerca de él y recuperar la relación. Necesita perdonar y ser perdonada.

La protagonista de No hay luz bajo la nieve no solo vive situaciones límite en distintos momentos de la novela intentando solucionar el rompecabezas al que se enfrenta, sino que también debe lidiar con sus propios fantasmas cuando percibe la presencia de su hermana desaparecida. Además, es capaz de visualizar cómo han sido los últimos momentos de las víctimas antes de morir. Estas referencias a elementos que se escapan de lo racional resultan inquietantes y hacen de Álex un personaje que despierta la curiosidad del lector y del que nos gustaría saber mucho más.

«Álex se inclinó junto al borde de la piscina y apoyó sus dedos en él. Cerró los ojos. A los pocos segundos, se formó una imagen en su mente. Siempre era del mismo modo, como si estuviera en un sueño. Álex vio el cuerpo dentro del agua, desnudo, con las manos a la espalda, agitándose mientras el frío empezaba a ralentizar sus movimientos. Finos hilos de sangre salían de los ojos. La boca se abría pidiendo una ayuda que no vendría. Unas manos enguantadas le sostenían la cabeza dentro del agua hasta que dejó de sacudirse y la visión se fundió en negro.»

La subinspectora tiene su contrapunto en el teniente francés que la va a ayudar en la investigación, Jean Cassel, una persona afable que transmite la calma que a Álex le falta. La relación entre los dos en un principio es tensa, aunque poco a poco ella reconoce que el teniente le cae bien y disfruta de su compañía.

Los espacios son importantes en esta novela, tanto los interiores como los exteriores. Y especial protagonismo cobra el paisaje agreste por el que se mueven los personajes: una naturaleza hostil a la que deberán hacer frente con la presencia constante de la nieve y las bajas temperaturas. Según se va complicando la trama, el tiempo empeora.

«[…] Lejos de amainar, la situación empeoraba. La temperatura había descendido en picado y, en aquel momento, el viento superaba los ochenta kilómetros por hora. Su padre le había contado muchas veces que cuando se declaraba una ventisca debías buscar refugio de inmediato. Si te hallabas a la intemperie cuando se desataba el viento blanco, la muerte era segura. Álex se estremeció al darse cuenta de que si bajaba del jeep, a pesar de toda su ropa de abrigo, moriría de frío en unos minutos. […]»

Jordi Llobregat viste sus novelas de un trasfondo histórico muy interesante que complementa la trama policial. Ya pasó con El secreto de Vesalio y se repite en No hay luz bajo la nieve. A lo largo de la novela se van intercalando capítulos que nos narran en primera persona la historia de Raquel, un personaje clave a través del cual conocemos la historia de los judíos que huyendo de la persecución nazi cruzaron la frontera entre Francia y España durante la II Guerra Mundial en unas condiciones adversas. También se hablará de la Línea P, una serie de búnkeres construidos por Franco como barrera defensiva para proteger los pasos de montaña hacia España.

El autor trata en la novela otro tema terrible y de gran crudeza como es el de la pederastia, y lo hace a través de un religioso, el padre Guifré, que fue tanto víctima en el pasado como verdugo en el presente de la trama que se desarrolla en la novela.

«[…] Recordó aquellos primeros encuentros con él, llenos de incertidumbre y dolor. También de culpabilidad, no había rezado tanto en toda su vida. El padre Malraux no paraba de decírselo: los niños son una tentación del
diablo, llevan la semilla del pecado. Se estremeció e hizo un esfuerzo para volver a guardar aquellos recuerdos en lo más profundo de la memoria.»

No hay luz bajo la nieve es una novela que está estructurada en siete partes y 88 capítulos, muchos de ellos muy breves. Cada parte lleva el nombre de uno de los siete pecados capitales y son constantes las referencias a Dante y la Divina Comedia. Al principio, los capítulos parecen no tener relación alguna entre sí y es mucha la información que vamos obteniendo hasta el punto que el lector se pregunta a dónde nos llevará el autor con la presentación de tantos personajes y subtramas. Pero hábilmente Jordi Llobregat consigue hacer encajar las piezas de manera que todo acaba por cobrar sentido.

Llobregat es un autor a tener muy en cuenta. Su última novela satisface porque en ella encontramos los ingredientes necesarios para disfrutar con su lectura: personajes muy sólidos y potentes, una trama policial e histórica interesante que se desarrolla a buen ritmo, una ambientación que consigue transmitir el desasosiego que se vive en la historia, temas de gran dureza y un desenlace que bien podría tener continuidad en una nueva entrega protagonizada por Álex Serra. Ojalá.

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Jordi Llobregat (Valencia, 1971) soñó con ser escritor a la edad de doce años tras ver la película Le magnifique, con Jean-Paul Belmondo y Jacqueline Bisset. Ha escrito numerosos relatos publicados en varias antologías, es el autor de la novela El secreto de Vesalio (Destino, 2015), traducida a diecinueve idiomas y vendida a más de cuarenta países. Es creador y director de Valencia Negra, festival internacional de género negro, codirector del festival Torrent Histórica y del ciclo de encuentros culturales XATS en la Fundación Bancaja. Escribe la columna cultural Atasco en la mesita de noche en el diario Las Provincias y colabora con varios medios especializados. Pertenece al grupo literario El cuaderno rojo.