Una piedra en el camino

«Una piedra en el camino» de J. D. Martín Bartolomé, un cuento de fantasmas para esta Navidad

Llega otra Nochebuena y para seguir con la tradición de las «ghost stories» o cuentos de fantasmas, J. D. Martín Bartolomé nos obsequia de nuevo —gracias, gracias, gracias—, con un cuento inédito de fantasmas contemporáneo —¿o quizás no?—. Disfruten de este relato.

«Una piedra en el camino»

Por J. D. Martín Bartolomé @lojuroxtatuaje

Cristóbal mantuvo sus ojos fijos en los de la calavera, esforzándose en no parecer asustado, en no caer bajo el influjo de aquél vacío de piedra fría.

El resto del grupo, a su alrededor, escuchaba con deleite la leyenda que la meiga les narraba con su ronca voz, rica en matices y capaz de hipnotizar a las dos docenas de turistas sin esfuerzo visible.

Él no tenía pensado apuntarse a aquél “tour del Misterio” durante su visita a Santiago de Compostela, pero se encontró con ellos al salir del Museo Catedralicio e inmediatamente se sintió atraído por la guía que, vestida con un negro manto cuya capucha sumergía en un parcial misterio su rostro, congregaba a los turistas. Preguntó a uno de ellos qué era aquello y la meiga, sonriendo con amabilidad, clavó en él sus chispeantes ojos verdes y le dijo:

—Es una visita por la otra Santiago, la de las sombras y los fantasmas. Una visita para valientes, que sólo te costará lo que quieras pagar al final del recorrido. ¿Tienes la audacia necesaria para acompañarnos?

Cristóbal sonrió, algo incómodo al ser de repente el centro de atención del grupo, y asintió. De repente le avergonzaba la posibilidad de quedar como un cobarde delante de todos aquellos desconocidos, por absurdo que resultase. De esa manera tan sencilla se unió al viaje que recorrió las calles de Santiago mientras la meiga desgranaba su crónica más secreta, la que reposa bajo el viejo empedrado del casco antiguo.

En la plaza de Quintana, la guía les contó la historia de los amores prohibidos entre cierta monja de San Pelayo y un clérigo de la catedral; él recorría cada noche un oscuro túnel situado bajo las escaleras de la plaza, cuyos respiraderos aún son visibles, para encontrarse con su amada. Hasta que un día decidieron fugarse juntos. A medianoche, él la esperaría en la esquina de Quintana de Mortos, vestido de peregrino, y comenzarían una nueva vida.

Sin embargo, ella no apareció nunca, sin que conozcamos los motivos, y la historia de amor quedó truncada en su raíz.

Aún hoy es posible ver la sombra del sacerdote cuando la noche cae sobre la plaza, y cuentan que allí seguirá hasta el final de los tiempos, esperando siempre como esperan los verdaderos enamorados. 

Aunque Cristóbal no era hombre de supersticiones, ni siquiera aficionado a las historias de terror, la ronca cadencia de la voz de la meiga le atraía, haciendo que disfrutase de aquellas leyendas, para él absurdas, y que se dejase arrastrar por el ritmo lento y dramático de su narración. Escuchó la historia de los autos de fe en la plaza de Cervantes, sintiendo cada vez más que la meiga le narraba a él, y sólo a él, los viejos cuentos. Como si el resto de los turistas fuesen simples figurantes. Como si ella, con sus ojos casi dorados clavados en Cristóbal, le dedicase cada palabra.

..

Se detuvieron junto a un cruceiro, una cruz de piedra de casi tres metros de alto que parecía fuera de lugar en la esquina de dos calles cualquiera, en las que no había iglesias ni edificios religiosos.

—¿Alguien puede decirme qué es esto? —preguntó la joven meiga, paseando su mirada por los excursionistas.

Un tipo calvo y barbudo, completamente vestido de negro, levantó la mano como el listillo de la clase y respondió:

—Es un cruceiro. Sirve para protegerse de la Santa Compaña.

La meiga le regaló una sonrisa radiante mientras asentía, y Cristóbal sintió que odiaba a aquél desconocido, que los celos le mordían con fuerza.

—Muy bien —dijo ella—. El cruceiro nos ayuda a protegernos de la Santa Compaña, una de nuestras tradiciones más antiguas y particulares. La Santa Compaña es una comitiva de muertos que recorren las calles y los caminos de Galicia, anunciando la muerte cercana. Cuentan que las almas van precedidas de un hombre vivo que lleva en las manos una cruz y un caldero con agua, y podemos notar su presencia por el olor a cera quemada de las velas que portan, y por el viento frío que se levanta a su paso.

La meiga se acercó con pasos lentos y sensuales al cruceiro, apoyando las manos en su fuste y abrazándolo lentamente mientras continuaba hablando.

—Si un vivo se cruza con la comitiva de los fallecidos, el hombre que la precede le pasará la cruz y el caldero, condenándole a preceder a la Santa Compaña hasta que pueda entregar estos objetos a otro hombre vivo. Pero si cuando encontramos a la Santa Compaña estamos cerca de un cruceiro, podemos abrazarlo como hago yo y así, librarnos de la maldición.

Mientras hablaba, la joven acariciaba la piedra de arriba a abajo, lentamente, y Cristóbal sintió el calor de la lujuria naciendo en su estómago. Ella pareció darse cuenta, pues sus ojos no se separaron de los de él y una leve sonrisa pícara curvó sus labios.

—Y, si nos los encontramos lejos de un cruceiro, debemos trazar un círculo en el suelo y tumbarnos dentro, boca abajo y con las manos en cruz. No olvidéis esto —dijo con voz terrible—, porque las meigas sabemos bien que la Santa Compaña aún camina por nuestra tierra.

Guiñó un ojo a la concurrencia, que rió aliviada, aunque incómoda. La voz de la meiga tenía mucho de juguetón y mucho de solemne, y era difícil saber hasta qué punto hablaba en serio.

Pero Cristóbal no compartió las tímidas risas. Su rostro estaba encendido y su boca seca, y le costaba pensar en otra cosa que en aquellos ojos chispeantes.

Para cuando llegaron a la Rua das Carretas, que señalaría el final del recorrido, Cristóbal había tomado la decisión de invitarla a cenar tras la excursión. No fue un impulso racional, ni se detuvo en pensarlo. Simplemente lo decidió así.

Tal vez buscaba una manera de aligerar la melancolía de aquellas viejas calles, empedradas de recuerdos, tan diferentes ahora que conocía en persona a sus tristes fantasmas. Por la mañana habían sido sólo lugares curiosos, animados por turistas y peregrinos, plenos de los olores a pulpo y gambas, de las voces de mil países y las sonrisas, cansadas pero orgullosas, de quienes habían completado el Camino. Ahora se le antojaban lugares nostálgicos, oscuros y algo amenazantes; lugares que volvían a la vida en la chispa dorada de los ojos de la meiga. No quería perder de vista aquellos ojos, y mientras ella se detenía en el lateral de la iglesia de San Fructuoso para desgranar la siguiente historia, él empujó con disimulo al barbudo vestido de negro, que no dejaba de tomar notas en una libreta, para acercarse todo lo posible a la mujer.

—La iglesia está coronada por cuatro figuras que representan las Virtudes, pero son conocidas popularmente como las sotas de la baraja. En su flanco, escondida a simple vista, hay una placa de piedra que representa el Árbol del Bien y del Mal, por cuyo tronco desciende la Serpiente que tentó a Eva en el Paraíso. Las raíces del árbol se pierden en una gran calavera bajo la cual hay varios huesos, y una inscripción en latín dice «Como te ves, me vi; como me ves, te verás».

—Este relieve —explicó señalando la placa, a casi tres metros de altura—, es un recordatorio de la muerte que, como ya veis, está muy presente en la psicología gallega. El pequeño parque que hay a vuestra espalda fue, mucho tiempo atrás, lugar de enterramiento. Porque el actual parador de los Reyes Católicos en la plaza del Obradoiro, donde ha empezado nuestro viaje, fue hospital de pobres y peregrinos. Podéis imaginar que muchos de ellos morían por las privaciones y esfuerzos del viaje, o porque ya estaban enfermos al comenzar la peregrinación, con la que buscaban el perdón de sus pecados o la curación milagrosa.

Todos miraron alrededor, como si de repente fueran conscientes de la presencia de cientos de almas olvidadas, y un murmullo de inquietud recorrió al grupo.

—Esta calle de las Carretas recibe su nombre —continuó— porque por aquí bajaban del hospital las carretas con los muertos, sí, con los muertos. Con los pobres de solemnidad que no tenían dónde ser enterrados y que eran traídos aquí para descansar por siempre. Por eso esta parcela no está urbanizada, aunque podéis imaginar su valor, tan cerca de la catedral. El gallego cree que donde hubo mal, lo habrá de nuevo, y nadie querría vivir en un lugar de enterramiento, aunque ahora casi todos los cuerpos hayan sido trasladados. Sí —remarcó, disfrutando el momento—, casi todos.

La meiga bajó entonces el tono de su voz, inclinándose un poco hacia delante, de forma que la capucha cubrió su rostro. Apoyada en la escoba, algo encorvada y envuelta en sombras pareció envejecer un siglo en un segundo. Su postura y su voz incitaron al grupo a acercarse más, cerrándose en torno a ella, como un aquelarre atento, y en esa intimidad que sólo la luna contemplaba, la meiga narró la leyenda de las monjas enamoradas.

—Cuenta esta leyenda que, siglos atrás, una congregación de monjas atendía a los peregrinos en el hospital, viviendo por lo demás una vida de clausura y oración. Entre estas hermanas había dos jóvenes de muy distinta extracción social que, pese a ello, mantenían una estrecha amistad. Se llamaban Asunción y Caridad; la primera, hija menor de una familia noble, había renunciado a la vida mundana e ingresado en la orden a instancias de sus progenitores, que entregaron una generosa dote para su soporte. De todas las riquezas familiares, Asunción sólo conservó un pequeño pero valioso camafeo de marfil en el que atesoraba el retrato de sus padres; la segunda fue niña de hospicio, destinada a una vida de pobreza y privaciones, y tomó los hábitos para esquivar el hambre. Ambas eran de parecida edad, ambas eran hermosas e inquietas, ambas vivían alejadas del mundo pero no de sus tentaciones.

El amor llegó. Sáfico, prohibido, oculto a ese mundo, pero intenso y puro como es siempre el verdadero amor. Asunción y Caridad lo vivieron con la emoción de la primera vez y la fuerza de lo inevitable, aún sabiendo que debían ocultarlo, y así lo hicieron durante algún tiempo.

Pero el amor, sol de las vidas que ilumina y quema, no puede ocultarse siempre tras las nubes de la discreción, y sor Candelaria, otra de las hermanas, acabó por descubrirlo. No era esta monja el cordero más puro del rebaño, sino que había tomado los votos para congraciarse con la Inquisición, que en su ya lejana juventud la investigó y a punto estuvo de condenarla, cosa que habrían hecho si fueran conscientes de su verdadera naturaleza y lo profundo de sus conocimientos sobre el Maligno. Ahora, empero, actuaba como confidente para el Santo Tribunal, y su vigilancia sobre peregrinos y compostelanos había llevado a más de una mujer a las brasas que ardieron en la actual plaza de Cervantes.

Eso le reportaba sus buenos dineros, ya que la Inquisición expropiaba legalmente las pertenencias de los condenados y era generosa con sus confidentes. De ahí que Candelaria, al saber de la relación entre sus dos hermanas, tratase de inculparlas y llevarlas a juicio, en la esperanza de que la familia de Asunción aflojase la bolsa para conseguir el perdón. Pero el inquisidor general sabía bien que aquel era un linaje demasiado poderoso, con buenas conexiones entre los nobles y aún con la realeza, y no se atrevió a dar el paso, obligando a la oscura monja a guardar silencio y advirtiéndola de que cualquier acción contra las amantes sería castigada con severidad.

El odio de Candelaria creció y determinó tomar otro camino, más siniestro y recóndito. Haciendo uso de conocimientos antiguos y de una fe muy distinta a la cristiana, Candelaria invocó a la Santa Compaña, trazando un hechizo de ligazón que llevaría a los espectros hasta el camafeo que Asunción llevaba siempre al cuello, para que arrastrasen a la joven al mundo de las sombras.

Jurando ante los poderes oscuros que no descansaría hasta que ambas hubiesen perdido su alma, Candelaria selló el pacto con la sangre de un nonato, que obtuvo asesinando a una hospiciana embarazada del hospital, y la tierra de la tumba de un asesino, sacada de aquél cementerio junto a la calle Carretas en que la meiga estaba narrando la historia. Pocas noches después, la ronda encontró el cuerpo inerte de Caridad en esa misma calle, junto a la iglesia. Su bello rostro mostraba un gesto de inenarrable terror, y sus manos crispadas aferraban el camafeo de marfil que, en prenda de amor, Asunción le había regalado.

Aunque no era el resultado que esperaba, la hechicera se sintió satisfecha, pensando que la noble monja recuperaría su joya familiar, cayendo así bajo el hechizo. Sin embargo, Asunción abandonó el convento al poco tiempo, sin que nada más allá de la honda pena por el amor perdido la perturbase, y fue ella quien donó a la iglesia la placa con la calavera y la inscripción que adornaba su muro; se hizo cargo también del cuerpo de su amada, pero la historia no registra dónde quedó enterrado, ni cuál fue el destino del camafeo hechizado. La leyenda cuenta que, frustrados sus planes y ligada a su promesa, la hechicera vive aún, condenada por su propio conjuro, atormentada cada noche por los espectros de la Santa Compaña, que la visitan para reclamar el alma prometida.

Tan convincente era el tono de la meiga que Cristóbal incluso creyó sentir el helado viento y el olor a cera quemada que acompaña a esas almas perdidas mientras sus ojos se mantenían fijos en los de la calavera de piedra. Al acabar la narración, el grupo quedó sumergido en un silencio fascinado, que se rompió en un aplauso espontáneo. La joven guía, apartándose la capucha, se lo agradeció con una inclinación de cabeza y una sonrisa mientras abría un saquillo de tela negra para recoger el pago por su trabajo.

—Ha sido fascinante —dijo Cristóbal mientras introducía veinte euros en el saquillo—, me ha gustado mucho.

—Gracias. Me alegra de verdad que hayas disfrutado.

El grupo de turistas se había disuelto ya, buscando un lugar donde cenar o tomar una copa, y Cristóbal se envalentonó al ver que la meiga y él se quedaban solos.

—Me gustaría, si tienes tiempo, invitarte a tomar algo —dijo con su sonrisa más seductora—, tal vez a cenar…

Ella sonrió y sus ojos dorados chispearon. Un leve rubor tiñó sus pómulos.

—Me encantaría. Pero no con esta pinta de meiga. ¿Qué te parece si quedamos aquí mismo, dentro de media hora, y voy a casa a cambiarme?

—Claro. Perfecto. Aunque puedo acompañarte hasta tu casa si quieres…

La risa de ella fue suave, ronca y seductora.

—Tal vez más tarde. Te veo en media hora.

Se fue entre juguetones revoloteos de su manto, y Cristóbal se quedó allí, sonriendo como un tonto, aspirando el fresco aire que venía del antiguo cementerio, aún teñido del olor a cera quemada que el relato de la meiga había invocado. Su mirada volvió a la placa, atraída por la calavera.

Un cuerpo que jamás se había encontrado, un camafeo perdido, un alma vagando… Qué cosas se cree la gente, se dijo. Cuánta ingenuidad. Pero…

Antes de darse cuenta de lo que hacía, Cristóbal se encontró empujando un contenedor de basura hacia el muro, hasta colocarlo bajo la placa. Algo avergonzado, miró a su alrededor, asegurándose de que nadie le veía. Después subió al contenedor, diciéndose que sólo deseaba ver la placa más de cerca. Encendió la linterna de su móvil y recorrió con los dedos los viejos relieves. La piedra estaba fría y suavizada por el paso de los años, por la constante erosión. Acariciar a la serpiente le provocó una extraña sensación de realidad, como si fuese un verdadero reptil.

Sus dedos, casi sin intervención de su voluntad, se posaron en las vacías cuencas oculares. Introdujo el índice y el corazón y apretó, sintiendo que sus gestos eran instintivos, como dirigidos por un recuerdo o una voluntad diferente.

Un chasquido de piedra contra piedra, un suave ruido de deslizamiento, y la placa resbaló hacia abajo con lentitud, dejando al descubierto un pequeño nicho. Boquiabierto, Cristóbal iluminó el interior y vio el esqueleto, aún vestido con los jirones de un viejo hábito, situado en posición fetal. Entre sus manos atesoraba el camafeo de marfil, que Cristóbal tomó con una mezcla de expectación y pánico. No pensó que acababa de descubrir un secreto de siglos, ni en la relevancia que tendría para la gente de la ciudad; sólo sintió una pena inmensa, una presión en el corazón y más adentro, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Una añoranza inenarrable y una nostalgia incontenible hicieron que sus rodillas se doblasen y a punto estuvo de caerse del contenedor.

Bajó con cuidado, sin apartar los ojos del camafeo, sin percibir nada de lo que había a su alrededor hasta que el olor a cera quemada y el frío viento le hicieron levantar la cabeza.

—La querías mucho, ¿verdad?

Miró a la meiga sin que su garganta, cerrada por la pena, le permitiese responder. Llevaba el mismo manto negro, la misma escoba, y sus ojos destellaban en el mismo tono dorado verdoso; pero todo ello era más viejo, más antiguo, como visto a través de un filtro o una leve telaraña.

—La querías tanto que aún a través del tiempo y las encarnaciones tenías que volver a ella. Esa ha sido mi esperanza durante siglos, Asunción, y sólo por esa esperanza he podido soportar el tormento. Esta noche terminará para ambas.

Cristóbal quiso responder, pedir una explicación, pero la bruma que surgía del pequeño parque dejaba ya ver las prietas filas de espectros avanzando hacia él, ella, sujetando cirios encendidos en sus manos muertas, guiados por el camafeo que la vieja bruja maldijo centurias atrás, cuando él habitaba otro cuerpo y amaba de otra manera.

***

J. D. Martín Bartolomé lleva escribiendo desde que descubrió que la literatura es el mejor de los exorcismos. Publicó algunos artículos sobre historia local, literatura y juegos de rol en publicaciones comarcales de baja tirada, y como se cree gracioso, ha colado algunos artículos en la revista de humor El Jueves. Es posible, aunque no necesario, encontrar sus relatos y reseñas en la app Tentacle Pulp, en Tus Relatos, y en Fantasía Austral, además de en su blog, Lo juro por mi tatuaje, donde seguirá escribiendo mientras queden ángeles y demonios que mantener a raya. Es escritor independiente y ha publicados varios libros de misterio y fantasía.