La casa intacta

«La casa intacta». Willem Frederik Hermans. Traducción de Catalina Ginard Féron. Epílogo de Cees Nooteboom. Gatopardo Ediciones.

Por Cristina de @abrirunlibro

No es nada nuevo decir que a las guerras las carga el diablo y que los hombres se deshumanizan. Bárbaros que nunca jamás deberían tener descanso por el horror cometido sobre sus semejantes. Pero cuando ya crees que está todo dicho y escrito —en realidad sí estaba escrito ya que el libro se publicó por primera vez en 1951—, te encuentras con lecturas que te sacuden fuerte. Muy fuerte. La casa intacta —ambientada en 1944, segunda Guerra Mundial, en un lugar sin especificar de la Europa del Este—, novela corta de Willem Frederik Hermans, 80 páginas, es una novela que en su momento causó un gran revuelo en Holanda. Gatopardo Ediciones la recupera ahora con traducción de Catalina Ginard Féron y epílogo de Cees Nooteboom.

Europa del Este, 1944. Un soldado holandés que lucha con un grupo de partisanos se refugia en una casa señorial durante un cese de hostilidades. La casa está casi intacta, ajena a los estragos de la batalla, y el partisano se instala en ella como si la guerra nunca hubiese tenido lugar: se baña, se viste con la ropa que encuentra en el armario, come algunos restos de comida. Cuando las fuerzas alemanas recuperan la plaza y unos soldados nazis llaman a la puerta, él decide hacerse pasar por el propietario de la casa. Pero ¿cómo se las arreglará para mantener el engaño?

Así se presenta la sinopsis de La casa intacta, una lectura que primero sorprenderá por los párrafos secos y hasta impersonales que nos llegan de la mano, y en primera persona, del partisano. 

« […] aunque no hubiera nunca guerras, todo el mundo acaba muriendo. ¿Qué diferencia supone la guerra? Basta con imaginarse a alguien que no tenga memoria, que no pueda pensar en otra cosa más que en lo que ve, oye y siente…, para él la guerra no existe. Ve esta colina, el cielo, siente cómo se encogen las membranas secas de su garganta, oye las explosiones de…, necesitaría tener una memoria para saber de qué. Oye explosiones, ve personas esparcidas por el suelo, hace calor, el sol brilla, tres aviones se ejercitan dibujando mensajes publicitarios. No pasa nada. La guerra no existe».

Muy poco después, conoceremos la casa en la que se resguardará el muchacho. La casa le llamará y la sentirá suya nada más entrar. Un extraño reconocimiento casi mutuo entre unos ladrillos y un hombre. Una casa que cobrará vida y que se convertirá en el eje central de la novela para convertirse en una exquisitez tanto física como narrativa en el momento de describir los placeres que encontrará el combatiente en la casa señorial. Unos lujos impensables como es el agua caliente o la comida. Pero la casa esconde un secreto, un cuarto al que no podrá entrar al no encontrar la llave que que lo abre. 

Y a partir de aquí es cuando entra en juego la habilidad de Willem Frederik Hermans para horrorizarnos y para hacernos comprender que en realidad el autor no quiere explicar una novela de buenos o malos; de ganadores o perdedores, sino de hombres o alimañas. Y cada página que iremos leyendo se irá convirtiendo en un golpe y en un pulso entre el espanto y la repulsión. En una guerra abierta entre la conciencia del lector y de los hechos que nos explica el narrador; en el abismo insondable de la incomprensión.

Dura y polémica, La casa intacta invierte el orden de las cosas para crear un caos moral. Una novela de destrucción indispensable.

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Willem Frederik Hermans (1921-1995) fue un prolífico y versátil escritor holandés. Escribió ensayos, estudios científicos, poesía, cuentos y novelas; entre estas últimas cabe destacar El cuarto oscuro de Damocles (1958) y No dormir nunca más (1966). Se le considera uno de los autores más importantes del periodo de posguerra en Holanda. En 1977 obtuvo el Premio de Literatura Holandesa, el galardón literario más prestigioso de los Países Bajos.