El camino de Sherlock

«El camino de Sherlock». Andrea Ferrari. Loqueleo, Santillana.

By PacoMan

Esta novela vio la luz en diciembre de 2007 de la mano de Alfaguara y valió el Premio Jaén de Narrativa Juvenil 2007, de ahí que yo haya conocido esta obra enmarcada en literatura juvenil, en la edición de agosto de 2016 de loqueleo (Santillana). Innegablemente es una recomendable lectura para imberbes, pero los que ya pintamos canas en la barba no salimos expelidos por la melaza como suelen destilar ese tipo de textos y que, evidentemente, aquí no es el caso.

Hablo de El camino de Sherlock. Tras acabar su lectura (de una sola sentada) el retrogusto en boca me evocó a Yo, robot (I, Robot, 1950) de Isaac Asimov que tuve la suerte de leer extremadamente joven y que aún pago sus consecuencias: seguir siendo un furibundo fanático de la Ciencia Ficción. También soy un gran aficionado Holmesiano, pero a ese redil llegué por la serie británica de la BBC sobre Holmes protagonizada por Peter Cushing de 1965-68. En stricto sensu esta novela no es un pastiche, no son personajes de ella ni Sherlock, ni Watson, ni Moriarty, ni Irene Adler, tampoco es mitología creativa que diría el holmesiano de pro Alberto López Aroca. Pero la novela transpira amor, respeto y devoción por Sherlock en el mismo sentido que lo transmite la imprescindible Las violetas del Círculo Holmes (2012) de Mariano F. Urresti.

Se trata de la historia de un joven inteligente de 14 años (¿cómo no iba a ser inteligente si es el trasunto de Sherlock?), del barrio de Belgrano en Buenos Aires donde se narran los problemas de un crío brillante con sus compañeros zoquetes de clase. (Es fácil imaginar la identificación de un joven lector con el protagonista, no en vano leer ya es todo un logro y más entre nuestros jóvenes aunque ¡qué locura de alternativas atractivas con las que cuentan! El coste de oportunidad de leer es brutalmente alto. Mucho mayor del que yo asumí cuando leía de joven. Es cierto que tomamos muchas decisiones con el velo de racionalidad limitada[1] bajado, pero con nuestro ocio somos exquisitos. La lectura está muerta, al menos la que nosotros conocemos; tiene demasiados competidores, demasiado contundentes, demasiado estimulantes. Los jóvenes que leen hoy son héroes, qué digo héroes, son superhéroes).

Volviendo al Sherlock bonaerense, para granjearse la estima de sus compañeros se apunta a un concurso televisivo de cultura general cuyo premio es el viaje colectivo de toda la clase del ganador. También sufre la presión de su madre que espera de él cosas muy grandes, dado su alto coeficiente intelectual. Mientras se nos narra esta cuestión: bajo la perfecta olla a presión social y emocional sobre nuestro adolescente Sherlock, comienza la investigación de la serie de asesinatos aparentemente inconexos acaecidos en su barrio, casi como válvula de escape de su situación personal.

El equilibrio entre la cuestión policial y la senda del héroe por la que transita el protagonista es bueno; el libro se lee con facilidad pasmosa. Al igual que Sherlock el protagonista es imperfecto: tiene dudas, es derrotado en la final del concurso por Violeta, sin duda su Irene Adler. Hace tiempo que los héroes monolíticos tipo Superman (un remedo de Dios), fueron derrotados (en la atención del público), por imperfectos Spidermans, más humanos, más cercanos, más fácilmente identificables con ellos. Sherlock es un superhéroe, no lleva capa pero sí chapelina. No lleva un antifaz, pero se viste con su gorra deerstalker. No tiene vehículos especiales pero su lupa y pipa son casi temibles. Su superpoder es la deducción, la inteligencia en suma. Y aunque siendo adolescentes nos costó aceptarlo, la inteligencia es sexy si se reviste de cierto halo de misterio. Sherlock puede y debe ser mutado, transformado, cambiado de sexo, raza o religión, todo es lícito en los pastiches. Lo único que no puede dejar de hacer es resolver el misterio. Eso es Sherlock Holmes y Ferrari lo sabe: el misterio de El camino de Sherlock lo resuelve Sherlock con la ayuda de su amigo de clase apodado Watson. Sherlock es el motor de la resolución y no su mera presencia, la que genera osmótica necesidad de confesar sus delitos a los criminales, como ocurre con demasiada frecuencia en los pastiches de nuevo cuño.

Al final de la novela la cotidianidad ha sido restablecida, el mundo puede proseguir con sus quehaceres; Sherlock vela por nuestra seguridad. O al menos así me gustaría que fuera. Y mientras llega el día en que así sea, seguiré leyendo por si encuentro otras novelas como El camino de Sherlock de Andrea Ferrari. De ser así, las comentaré por este mismo canal. Hasta entonces reciba mi cordial último saludo.

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Andrea Ferrari nació en Buenos Aires. Es escritora y periodista. Se graduó como traductora literaria en el Instituto Superior en Lenguas Vivas “J.R. Fernández”. Como periodista, trabajó en la revista El Porteño y fue miembro del staff del diario Página/12 durante más de quince años. Sus libros son Las ideas de Lía (2001), El complot de Las Flores (2003), Café solo (2004), La rebelión de las palabras (Ediciones Santillana, 2004), El hombre que quería recordar (2005), Aunque diga fresas (2006) y También las estatuas tienen miedo (Alfaguara, 2006). Fue finalista del concurso Norma Fundalectura en 2002 con Café solo y en 2003 recibió, en España, el Premio Internacional Barco de Vapor por El complot de las Flores, que fue traducido al portugués y al coreano. Su novela El hombre que quería recordar fue incluida en la selección White Ravens 2006 de la Internationale Jugendbibliothek de Munich (Biblioteca Internacional de la Juventud). La novela El camino de Sherlock ganó la vigésimo tercera edición del Premio Jaén de Narrativa Infantil y Juvenil.

[1] En economía se usa para explicar ciertas decisiones de consumo que se toman a vuelapié y casi automáticamente, cuestión que saben aprovechar los departamentos de marketing de las grandes empresas. Consultado el 3 de febrero de 2020.